Anakreón
El Colmillo Público, núm. 60, 30 de octubre de 1904, pág. 694-695.

Los generales fronterizos

Hemos recibido una carta de un apreciable fronterizo, relativa a las apreciaciones que hemos hecho sobre la actitud pasiva que han asumido los generales Lázaro Garza Ayala, Gerónimo Treviño y Francisco Naranjo, durante los diecinueve años de tiranía reyista.

Dice al apreciable corresponsal que los generales mencionados lucharon como buenos en época lejana, y que cumplida su misión, no puede exigírseles ninguna otra obligación.

En efecto, esos generales lucharon como buenos, pero esa circunstancia en lugar de eximirlos de la obligación que tienen de velar por la integridad de las instituciones democráticas, los pone en el caso de seguir siendo fieles al liberalismo y de oponer su influencia a los desmanes de los gobernantes. De lo contrario es de presumir que dichos señores lucharon mientras no poseían tierras, ni riquezas, pero que una vez conseguidas éstas y aquéllas, han permitido que el Gobierno los postergue, han permitido que sobre sus glorias se levantara insolente el poderío de un hombre que, como Bernardo Reyes, no encuentra en su anémica hoja de servicios hazañas épicas que dan lustre a la Patria, como las gloriosas jornadas de Santa Gertrudis y Santa Isabel1.

El general Díaz también luchó por la Patria contra el enemigo extranjero, y sin embargo, tiene disgustado al Partido Liberal, porque como gobernante no ha respetado los principios liberales, y a ningún hombre honrado se le ha ocurrido eximirlo de la obligación que tiene de velar por la integridad de las instituciones republicanas. Al contrario, todos los liberales hemos visto con desagrado la política clerical del Presidente y hemos reprobado siempre su conducta antidemocrática. Al general Díaz no le han servido sus hazañas de otro tiempo para salvarlo de que se le exija hoy una labor liberal, y como no la ejecuta, surgen las protestas de los hombres honrados.

Igual cosa pasa con los generales fronterizos. Lucharon como liberales; se distinguieron en cien batallas; pero no terminó ahí su deber de liberales ni dieron fin entonces sus obligaciones de patriotas.

El deber del liberal no es de un día, ni de un mes, ni de un año. El deber del liberal dura mientras tenga vida.
Veintisiete años hace que en la República no impera la ley. Veintisiete años hace que las conquistas de nuestros padres quedaron falseadas. ¿Qué han hecho los generales fronterizos en esos veintisiete años?

Se han hecho ricos.

En sus tierras se pueden fundar Estados.

Pero no han hecho labor liberal.

Han permitido que se amordace a la prensa; han contemplado sin inmutarse, la serie interminable de reelecciones; han visto a la República cada día más cargada de deudas infructuosas e inútiles; han visto prosperar al extranjero con detrimento de los mexicanos; han visto defraudadas sus ambiciones de Poder; han sufrido ellos mismos el yugo sin manifestar dolor, sin protestar, sumisos como víctimas de rastro que se conforman con volver los ojos al cielo en demanda de misericordia.

Estaba convenido que el general Treviño sería Presidente de la República después de la escandalosa administración de Manuel González, y Treviño fue postergado.

Estaba convenido que el general Naranjo también fuese Presidente y Naranjo fue postergado.

Estaba convenido que el general Garza Ayala volviese a saborear las dulzuras del Gobierno de Nuevo León, y Garza Ayala quedó postergado.

Los tres personajes han sufrido pacientemente golpe tras de golpe. Ni como senadores han podido figurar desde que se les postergó.

Es que no son púgiles.

Sin embargo el pueblo ha esperado mucho de ellos. El pueblo ha creído que esos hombres, formidables ayer, serían después los Mesías que habrían de redimirlo. Las esperanzas del pueblo se estrellaron ante la impasibilidad de esos luchadores vencidos cuyas ambiciones, cuyos ímpetus todos, cuyos anhelos de libertad roncan pesadamente bajo los títulos de sus tierras adquiridas en cambio de sus convicciones.

El general Díaz no confiaba mucho en la sumisión de los generales fronterizos. Estaba satisfecho, porque había desvirtuado la obra de la Reforma sin la oposición de los generales; pero como éstos conservaban aún su influencia en la frontera del Norte, y el general Díaz ha visto con horror cualquiera influencia que no sea la suya, envió a Bernardo Reyes para probar la sumisión de los antiguos luchadores.

La sumisión no ha podido ser más completa. Diecinueve años de tiranía reyista han comprobado que el pueblo nada tiene que esperar de Treviño, Naranjo y Garza Ayala.

Como si Bernardo Reyes hubiese estado gobernando en el interior del África y por lo mismo nada tuviesen que resentir los generales citados, así han transcurrido esos diecinueve años de luto y de lágrimas.

Delante de los generales se ha aplicado la Ley Fuga. Delante de los generales han hecho alarde de violencia y de horror las Acordadas. Delante de los generales han caído acribillados a balazos los ciudadanos el 2 de Abril de 1903. Delante de los generales se han cerrado detrás de los hombres honrados las puertas de la Penitenciaría de Monterrey.

Delante de los generales se rió Bernardo Reyes de la justicia en su última amnistía2. Delante de los generales, Bernardo Reyes ha sido el dueño, el señor feudal de la frontera.

¡Y de los labios de los generales no ha brotado una palabra de protesta!

Los generales, pues, no han cumplido con su deber de liberales.

Llenos de un incomprensible candor han solicitado del general Díaz que los libre de la presencia de Bernardo Reyes, sin pensar que al general Díaz le interesa que Reyes los tenga sometidos.

No es suplicando como se triunfa.

¿Por qué esos generales no han llamado a la ley en su auxilio y no han esgrimido el derecho en pugna cívicas? ¿Por qué en lugar de haberse puesto ellos al frente de la Convención Electoral Nuevoleonesa, pusieron a un hombre sin entereza ciudadana como Francisco E. Reyes? ¿Por qué en lugar de atenerse a su propio esfuerzo han buscado refugio en el funesto grupo "científico"?

El pueblo no debe esperar su salvación de los que no luchan. Los generales fronterizos supieron desposarse con la gloria en otras épocas, pero hoy se han divorciado de ella.

Su deber era luchar; no atesorar dinero.

Su deber ante las desgracias del pueblo mexicano hubiera sido el de oponer la ley a los desmanes del Gobierno.

Su silencio ha significado que aceptan la labor antiliberal del general Díaz y consienten las tropelías de Bernardo Reyes.

– – – – NOTAS – – – –

1 Refiérese a las acciones bélicas que tuvieron lugar en esas poblaciones de Tamaulipas y Coahuila, respectivamente. En la primera, se enfrentaron el 16 de junio de 1866, las tropas del general liberal Mariano Escobedo y una columna de soldados franceses y confederados norteamericanos, al mando del general Olvera. En la segunda, las tropas liberales de Andrés S. Viesca, Francisco Naranjo y Jerónimo Treviño derrotaron, el 1º de marzo de 1866, a las fuerzas imperialistas del comandante De Brian, en la hacienda de Santa Isabel, cercana a Parras, Coah.

2 Posible referencia al decreto de amnistía del 12 de diciembre de 1903, a favor de los participantes en la manifestación del 2 de abril de 1903 en Monterrey.