Anakreón
El Colmillo Público, núm. 61, 6 de noviembre de 1904, pág. 706-707.

El crédito del país

El porvenir de la Patria, tan incierto, tan lleno de sombras, tan cargado de dudas y de inquietudes, acaba de hacerse más incierto y más sombrío.
La enorme deuda nacional del mil cuatrocientos millones ha sido aumentada con cien millones más que arrojan los cuarenta millones de pesos oro negociados últimamente con la casa Speyer de Nueva York y el Banco Alemán.

Hay que hacer constar que se necesitaron más de dos años para conseguir el nuevo empréstito, lo que prueba que el crédito de la Nación desciende rápidamente.

En efecto, hace dos años que el Congreso autorizó al Ejecutivo para que contratara el empréstito y durante esos dos años ni un minuto descansó el Gobierno en su empeño de conseguir dinero prestado. Las casas millonarias y los Bancos extranjeros se vieron continuamente infestadas de solicitudes de préstamo por parte de nuestro Gobierno, sin que se lograra reunir la deseada suma de cuarenta millones de pesos oro.
El hecho de rehusarse las casas extranjeras a prestar esos cuarenta millones de pesos oro, no es un hecho vulgar y sin significación. Ese hecho significa la poca o ninguna confianza que se tiene en nuestra solvencia y en nuestro porvenir político.

Bastarían los mil cuatrocientos millones de deuda que pesan sobre la Nación, deuda que en lugar de disminuir aumenta sin cesar porque no podemos pagar ni los enormes réditos que devenga anualmente, para comprobar que México se encuentra en el último grado de indigencia financiera.

Eso tomaron en consideración las casas extranjeras y de ahí que se rehusaran a cubrir el nuevo empréstito.

Pero han visto más las casas extranjeras. Ellas han estudiado nuestro medio político y sacado de él consecuencias tristísimas para nosotros.

A pesar de los esfuerzos del Gobierno para ocultar la verdad amarga que mal se encubre con la vestidura de una democracia de oropel, los extranjeros atentos a todos nuestros actos han podido descubrir que en México no hay vida política, y sabido es que, un pueblo muerto para la política, no ofrece garantías de ninguna clase para su futuro.

Para los extranjeros el futuro de México es tan incierto como para los mexicanos.

Los extranjeros no ven la existencia de partidos políticos con amplios y prácticos programas de gobierno, porque la política personalista actual, llevada hasta el absurdo ha impedido la acción legítima de los partidos. La voluntad férrea, inconmovible, avasalladora, irresistible del general Díaz ha dado fin a toda manifestación de vida pública, y el resultado ha sido la imposición de su Gobierno sobre un pueblo sin partidos organizados, sin anhelos políticos, sin vida democrática.

Esa acción férrea del Gobierno, tan loada por la caterva servil formada de personas que buscan en el favor oficial el calor que les niega la carencia de convicciones, es lo que ha dado por resultado que en nuestra Patria la vida política se caracterice por su temperatura polar, y que sólo se manifieste de vez en vez y precisamente en su aspecto más odioso, cuando las ambiciones famélicas del reyismo se exacerban ante el abundante y perpetuo festín del cientificismo.

Este modo de ser político es lo que induce a los extranjeros a desconfiar de nuestro porvenir y a ocultar su oro, cuando sobre las mesas de lo banqueros caen las solicitudes de préstamo que hace nuestro gobierno.

Es penoso consignar que en veintisiete años de paz, no se haya logrado colocar a México en un puesto culminante entre las naciones civilizadas del mundo, y que en esos veintisiete años no se hubiera podido crear el crédito de la Nación.

Los veintisiete años de paz sólo han servido para herir de muerte el espíritu democrático de la Nación, para desorganizar al partido liberal, para poner al pueblo en condiciones de no comprender su desastroso destino y para pagar los criminales servicios de una prensa venal que avergüenza y que indigna.

Es natural que los extranjeros se nieguen a prestar dinero a la Nación, cuando ven que no hay partidos organizados que respondan por el futuro de la Patria, y que, en lugar de esos partidos se yergue el personalismo asolador, destructor, sin responsabilidad.

Cuarenta millones de pesos oro forman una cantidad insignificante para una Nación, y sólo es preciso que los prestamistas prevean las dificultades del reembolso, para negarse a prestar tan pequeña suma.

En el caso del último empréstito se ha necesitado que una nube de agentes trabajara dos años consecutivos para obtener tan miserable suma.
La desconfianza del capital extranjero es natural. Se nos ve cargados de una deuda fabulosa; se nos ve pobres, monumentalmente pobres, sin industrias, con pocas y malas vías de comunicación, sin agua para nutrir nuestras tierras sedientas; se nos ve flagelados por el cacique, faltos de educación cívica y carentes de actividad democrática.

El Gobierno ha hecho nacer esa desconfianza, porque el general Díaz no ha permitido que se discutan sus actos; y, para el efecto, tuvo que maniatar a los partidos. Al liberal con cadenas de hierro, al clerical con lazos de oro y plata.

En esas condiciones los partidos no han querido luchar, no han podido disputarse la supremacía, no han podido despertar las adormecidas energías cívicas del pueblo, no han podido por medio de su acción natural preparar el porvenir político de la Patria.

De ahí la desconfianza y la zozobra; de ahí los sobresaltos y de ahí las negaciones rotundas, aplastantes de los capitales extranjeros a subscribir el último empréstito de cuarenta millones de pesos oro.

Se decía, antes de que ocurrieran las bochornosas negaciones de los prestamistas extranjeros, que el crédito de la República estaba asegurado. Bien pronto se comprobó lo contrario.

Una nación verdaderamente acreditada obtiene no cuarenta, sino cien millones cuando los solicita, sin necesidad de pasarse más de dos años para ver subscrito un préstamo miserable.

Es bueno desengañarse. Las obligaciones de los gobiernos populares inspiran confianza, porque esas obligaciones han sido contraídas con consentimiento de la Nación. Antes de que un gobierno popular se obligue, ha habido deliberación popular, se han pesado las ventajas y las desventajas de la obligación, ha habido lucha, ha habido discusión. En las obligaciones de los gobiernos personales, nada de eso hay. La voluntad del gobernante se impone y la obligación se contrae sin discusión, sin responsabilidad.

Lo que ha irritado más a las personas honradas en el asunto del último empréstito, es el descaro llevado hasta el cinismo de la prensa venal. Se enronquecen los periódicos gobiernistas haciendo alarde del crédito, que según ellos, tiene la Nación. The Mexican Herald1, el periódico norteamericano que paga espléndidamente nuestro Gobierno para que lo ensalce, dice: "México, ahora, cuando lo necesita, pide dinero prestado al 4 por ciento y sin más garantías que la buena fe de la Nación".

El Gobierno necesitaba el dinero desde hace dos años y no lo consiguió cuando lo pidió. Por lo que respecta a que no se dio para el último empréstito más garantía que la buena fe de la Nación, precisa ser muy candoroso para creer que cuando se nos exija el pago de la deuda, a pesar de no haber quedado en garantía más que la buena fe de la Nación, vamos a continuar viviendo tranquilos sin que se nos obligue a que nuestras rentas sufran la inspección de la intervención de los acreedores.

Por todo lo expuesto se comprenderá que nuestra situación no es la que se empeña en presentarnos la prensa gobiernista. Caminamos al desastre, a la bancarrota. Sin crédito, sin instituciones, sin civismo, pobres, azotados por la arbitrariedad, esclavizados por los extranjeros, parias en nuestra propia Patria, vamos camino a la ruina y a la vergüenza.

– – – – NOTAS – – – –

1. The Mexican Herald (1895-1915). México, D. F. Dirs: Wallace Thompson; Paul Hudson. Prop. Edward Bell.