Anakreón
El Colmillo Público,núm. 62, 13 de noviembre de 1904, pág. 722-723

Los arrebatos del reyismo

Cuando el mandatario pasa sobre la ley estrangulándola para salvar un prestigio político que se desmorona, no hay conciencia honrada que no se estremezca, ni sentido moral, por rudimentario que sea, que no se sienta lastimado.

La campaña que hemos sostenido contra el gobernador de Nuevo León, Bernardo Reyes, ha sido una campaña de salud, de moralidad, de orden, de democracia, de libertad.

Bernardo Reyes tiene en las páginas de su historia política, muchas manchas negras que no ha podido borrar, muchos lugares obscuros que no ha podido aclarar, y esas manchas negras y esos lugares obscuros, hacen que surjan las acusaciones de la honradez, y que los índices se tiendan hacia el hombre que pesa sobre un pueblo digno de mejor suerte, para advertir a los incautos los riesgos de la catástrofe indefectible si Bernardo Reyes ocupase veinticuatro horas la Presidencia de la República.

Denunciar ante la Nación a un hombre peligroso para el progreso y bienestar del país, es obra patriótica que, si no merece el aplauso, sí amerita la atención y el respeto de los gobernantes.

Pero nuestro infortunado país se encuentra en un periodo asfixiante en el que sólo pueden trabajar los que adulan, los que se despojan de sus atributos viriles para humillarse, los eunucos. Sobre los caracteres soberbios cae siempre el anatema oficial; sobre los ciudadanos de temple cae siempre el envilecido bastón de los gendarmes.

La propaganda benéfica de las ideas democráticas, es interrumpida por el Gobierno que necesita gobernar esclavos para ser libre. De lo contrario, esto es, si el Gobierno permitiera el ejercicio de la democracia, el pueblo sería el amo.

Los hombres que a pesar del medio antidemocrático no nos hemos corrompido, sufrimos de mil maneras las consecuencias de nuestra altivez de espíritu. El medio es propicio para generar ilotas, no hombres libres.

Por esa razón nuestra campaña ha alzado ámpulas. Nuestros ataques, por ser justos, han provocado las indignaciones de los que pesaban tranquilamente sobre un pueblo narcotizado por las exhalaciones ponzoñosas de la prensa mercenaria. Nuestros razonamientos han caído como golpes de puño sobre cien reputaciones postizas y han exhibido las lamentables carnes de los prestigios de oropel.

Una labor así, sana, robusta como el espíritu patriótico que la informa, debía los enconos de los funcionarios que no cumplen con su deber. Los miasmas deben sufrir indignación ante el fumigador.

Bernardo Reyes ha sido uno de tantos funcionarios exhibidos por nuestro periódico. Consideramos que Bernardo Reyes es un hombre que ha dejado por todas partes las huellas de su acción antiliberal, y como Bernardo Reyes abriga la ambición inmensa de ocupar la Primera Magistratura de la Nación, creemos justo, creemos honrado y saludable, denunciar los manejos públicos del gobernante que ha consternado a la frontera del Norte en diecinueve años de un gobierno, cuya historia pasará a nuestros postreros cargada de crespones y de lágrimas.

Todas esas consideraciones las hacemos para que la Nación sepa a qué obedece la resolución tomada por Bernardo Reyes para destruir nuestro periódico.

La semana pasada Bernardo Reyes ordenó al Alcalde 1º de Monterrey, un tal Pedro C. Martínez -cuyo nombre parece que ha adquirido cierta celebridad desde la hecatombe del 2 de Abril de 1903- que recogiese los ejemplares de nuestro periódico que obrasen en poder de nuestro agente el Sr. Manuel Mier y García.

Pedro C. Martínez, obediente y sumiso, cumplió la orden sin reflexionar si era justificada o era arbitraria.

El hecho reviste suma gravedad, porque constituye un ultraje manifiesto a la libertad de pensar.

Bernardo Reyes, como lo ha hecho siempre, se ha dejado arrastrar una vez más por su naturaleza irreflexiva, que tantas amarguras le ha producido.
Está desprestigiado ante la opinión pública; su nombre se asocia sin querer a sus desaciertos y sus fracasos políticos.

Un estadista susceptible de regeneración, en las circunstancias de Bernardo Reyes, habría procurado modificar sus impulsos, habría adoptado una terapéutica moral que atemperara sus pasiones, se habría impuesto una disciplina psicológica que sanease su ánimo, para conformar sus actos con las funciones elevadas que desempeña.

Bernardo Reyes nada de eso ha hecho. Sus legendarios arrebatos no han aprovechado las severas lecciones que ha recibido en sus fracasos. Antes bien, parece que los descalabros políticos le producen fiebre, lo enferman al grado de no ver la ley y de pasar sobre ella empujado por su emotividad irritable.

Los gobernantes deben estar desprovistos de nervios. Las dolencias nerviosas estarán saturadas de poesía y serán vistas bajo un aspecto encantador por las naturalezas románticas, pero nunca serán aptas para gobernar pueblos.

El gobernante que no sufre con paciencia los ataques originados por su mal gobierno, debe retirarse, debe renunciar y dejar el puesto a personas que sepan recibir con calma los reproches y que conserven inmutable su ecuanimidad.

Bernardo Reyes, al mandar recoger el número 60 de nuestro semanario, se ha hecho reo de un delito oficial, ha violado los artículos 6º y 7º de la Constitución, ha lastimado el derecho de nuestro Agente de expender sus periódicos y se ha exhibido una vez más como el gobernante que no obedece la ley y que marcha guiado por su capricho y su irreflexión.

Contra el atentado llevado a cabo por Pedro C. Martínez en obsequio de Bernardo Reyes, protestamos enérgicamente.

Nuestro deber es denunciar a los malos gobernantes, exhibirlos para que el pueblo se convenza de su infortunio y aprenda que es necesario cumplir con los deberes cívicos, si se quiere llevar a la Patria a la altura que para ella reclama nuestro cariño.

El atentado a que nos referimos quedará impune, eso lo sabemos bien; pero eso no obsta para que nuestra voz se levante en son de protesta contra el atropello a la Constitución efectuado por Bernardo Reyes en Monterrey.

Por la vía del escándalo no podrá llegar el reyismo al puesto que desea.