Anakreón
El Colmillo Público, núm. 122, 7 de enero de 1906, p. 2

¿A dónde vamos?

Para todos los que nos preocupamos por el porvenir de la patria, el aumento incesante de la deuda extranjera es motivo de justa indignación, porque sabemos que no podremos pagar esa deuda sin sacrificar nuestra nacionalidad, y esto, en cuanto a los males lejanos que por lo que respecta a los inmediatos, todos lo palpamos y sobre todos pesan: los originados por el alza y la injusticia de los impuestos.

            La miseria ocasionada por la enormidad de los impuestos es sentida en toda la república. La dictadura necesita oro para sus favoritos y contrata empréstitos en condiciones ruinosas; pero hay que pagar los réditos de la deuda y como los recursos con que cuenta el Erario de la nación son pequeños en comparación con el derroche que se hace de ellos en subvenciones a periódicos, en proteger eunucos, en mil despilfarros más, es preciso aumentar los impuestos, cobrándolos, además, con ferocidad, como el agiotista cae sobre sus deudores. La miseria es el resultado de esa exacción, miseria que se ceba en todos los que viven de su trabajo.

            Pero el gobierno no se apiada de los pobres. Si la criminalidad aumenta por causa del hambre, cuenta la dictadura con presidios y con gendarmes; si los ciudadanos protestan, cuenta la tiranía con los cuarteles donde van a parar los “díscolos”, los “levantiscos,” todos los hombres que tienen dignidad y saben cerrar los puños ante la injusticia.

            El gobierno va a contratar un nuevo empréstito de cuarenta millones de pesos oro, sin dar siquiera un pretexto plausible. Las cacareadas mejoras materiales son nuevamente el pretexto para echar sobre la nación un nuevo fardo. ¡Y el valor de esas obras representa menos de lo que cuestan!

            ¿A dónde vamos? Hay que decirlo virilmente: ¡a la catástrofe! A la más vergonzosa catástrofe. Miserables y envilecidos pasaremos a ser el rebaño de un despotismo extranjero ya que no tuvimos la entereza de poner un dique a la desbordante tiranía interior.

            Estamos palpando los males que nos causa la autocracia, y nos deslumbramos cuando El Imparcial nos habla de los “sobrantes” que año tras año resultan en nuestro tesoro. ¿Dónde están esos sobrantes de la nación? Es que esos “sobrantes” y el floreciente estado financiero de la nación no existen. Al hombre más idiota no se le ocurriría teniendo dinero de sobra, pedir prestado para sostenerse.

            Se nos engaña como a imbéciles y estamos muy conformes con el engaño, sin que nuestros cerebros perezosos se tomen la pena de formular un juicio, quedando tranquilizados cuando el más inmundo, el más abyecto periódico que haya deshonrado el intelecto nacional, El Imparcial nos habla de progreso, de grandes conquistas y de crédito exterior.

            ¿Qué haremos cuando las escuadras extranjeras vengan a exigirnos lo que debemos a los banqueros? ¿Pagaremos? ¿Y con qué pagar? Empobrecido todavía más el pueblo, no tendrá otra cosa que oponer a la invasión que su noble pecho desnudo, mientras todos los que han obtenido ventajas de la actual corrupción pondrán a salvo su dinero y sus vidas.

            Ese es el porvenir que nos espera. Los que hemos sufrido la tiranía seremos los únicos que sepamos defender la dignidad nacional, mientras nuestros amos, riéndose de nuestra estupidez por no haber sabido detener a tiempo el mal, se marcharán a otros países o tenderán las manos al invasor para que les asegure sus bienes y les perdone sus vidas.

            No habrá uno sólo de nuestros verdugos que toman el fusil para defender la integridad nacional. Será el pueblo siempre generoso y siempre abnegado, el que pague con su sangre lo que otros han aprovechado; el que deja a su familia en la orfandad después de una vida de privaciones, de penalidades y de tiranía.

            Ante tal porvenir las conciencias honradas se estremecen de indignación, y sólo los potervos a cuya cabeza figura El Imparcial, pueden sentirse dichosos ante lo que se llama nuestro “floreciente” estado financiero.

            Nos dirigimos a los ciegos, a los que son víctimas de un embaucamiento infame para que abran los ojos y vean el porvenir. La verdad nos quemaría los labios si conociéndola la callásemos por temer a las iras de los poderosos.

            Esperamos que nuestros conciudadanos no echarán en el olvido lo que decimos y que se harán el firme propósito de preparar el porvenir de la patria adhiriéndose al Partido Liberal que será organizado. Ya no es tiempo de permanecer inactivos esperándolo todo del acaso. Sumemos nuestras voluntades; sumemos nuestras fuerzas y lograremos con el vigor de nuestro Partido poner un freno a la tiranía para evitar la catástrofe.