Anakreón
El Colmillo Público,núm. 122, 7 de enero de 1906, p. 6

¡Despertemos!

Sin rumbo fijo, como embarcación que ha perdido la brújula bajo un cielo negro, así marchan nuestras clases proletarias sin ver en el horizonte hostil un puerto salvador hacia el cual dirigir un barco juguete de los fuertes y de los audaces.

¡Al trabajo! ¡Al trabajo! Eso es lo único que en su prolongada noche oyen nuestros menestrales; pero en sus oídos fatigados por el estruendo de las máquinas no resuena una voz de consuelo y de esperanza. Apenas, de tarde en tarde, los pontífices del servilismo que borrajean periódicos sostenidos por la dictadura para envilecer a las masas, cantan como las sirenas para halagar la vanidad de los obreros y hacerles olvidar los sueños de redención que confusamente, quizá, se esbozan en sus cerebros y que no toman una forma definitiva como nubes batidas por el viento.

Poetas enclenques y oradores sietemesinos siguen el programa de los periódicos de la dictadura. Halagan la vanidad de los trabajadores; procuran que estos se envanezcan llamándolos: soportes de la sociedad; cimiento del progreso; héroes de la civilización, atributos ciertos todos, pero que no obstan para que el obrero perezca de hambre y se le rechace cuando con sus manos encallecidas llama a las puertas de la ley en demanda de justicia. ¡Ah; sabido es que para los pobres no hay justicia!

En efecto; los obreros son las columnas del progreso; no habría palacios, ni habría ferrocarriles, ni existirían los barcos, ni habría pan, si esos sufridos e ignorados héroes no existieran, y por lo mismo que ellos son los que procuran por su esfuerzo la vida de la sociedad, deberán tener derecho a ser felices y a ser tratados como hombres y no como esclavos.

El trabajador en nuestra patria es doblemente esclavo. Sobre él pesa la codicia de los ricos y la arbitrariedad de los caciques y en su eterna miseria política y social, no encuentra un apoyo que lo saque a flote del mar en que fracasan sus ilusiones embrionarias de un porvenir mejor de mayor justicia y de mayor libertad. Y mientras en todos los países civilizados del mundo el obrero adquiere paulatinamente ventajas, en nuestra república vegeta miserable y despreciado, convertido en carne de presidio y de cuartel, cuando no pasa la vida encorvado en la dura faena hasta que su salud quebrantada por el exceso de trabajo lo empuja al hospital para morir bajo los cuidados mercenarios de personas indiferentes.

Ese es el porvenir de nuestros obreros; esa es la triste realidad para ellos. Trabajar sin descanso ¡muchas veces bajo la infamia del látigo! por un jornal que más parece limosna que retribución al trabajador; esa es la existencia de nuestros proletarios a quienes no les queda una hora para cultivar su inteligencia, ni un centavo que ahorrar de sus míseros salarios.

Las naciones se hacen grandes cuando sus ciudadanos son felices. ¿Cómo podrá ser feliz la patria y cómo podrá ser grande si sobre sus hijos pesa la injusticia?

Los obreros deben pensar en el porvenir. Es preciso que dejen de creer que su situación miserable se debe a la fatalidad y que si sufren se debe a que no les tocó en suerte nacer en telas de seda. El que trabaja tiene derecho a que se le pague bien, a que no se le robe en las tiendas de raya, a ocupar un lugar decente en la sociedad. Nuestros obreros deben tomar ejemplo de los obreros yanquis que han sabido hacerse respetar, por lo que gozan un bienestar con que aquí no se sueña.

Es que aquellos obreros se han hecho poderosos fundando uniones que les dan fuerza contra las exigencias del capital; es que aquellos obreros practican el derecho a huelga que hace temblar a los tacaños; es que aquellos obreros cobran fuertes indemnizaciones cuando se inutilizan en el trabajo.

Indudablemente que se necesita un medio de libertad y de justicia para llegar a obtener ese resultado, y que bajo la actual tiranía el derecho de huelga sería tomado por subversión, la demanda de indemnización contra los favoritos del gobierno que son los ricos sería ilusoria, ¿pero por qué no trabajan entonces por la formación de ese medio de libertad? Si es preciso como indudablemente lo es, que haya libertad para que el obrero pueda reclamar con éxito el derecho a la felicidad que le corresponde, no hay que titubear, sino que hay que trabajar empeñosamente porque la haya.

Todos los mexicanos debemos luchar por la libertad. El obrero, el estudiante, el profesionista, el empleado, el militar, el comerciante, el agricultor, el industrial, el periodista. La dictadura pesa sobre todos los gremios sociales. El obrero es un esclavo; el estudiante una fuerza agarrotada por reglamentos duros hasta para presidios; el profesionista necesita ser un perfecto eunuco para prosperar; el empleado de las oficinas públicas y el militar deben aprender primero a sonreír a los jefes antes que la táctica o la confección de minutas; el comerciante, el agricultor y el industrial deben ser lacayos para obtener que se les reduzcan los impuestos o se les releve del pago de ellos; el periodista… ¡ah; nadie ignora que el periodista necesita hoy envilecerse par comprar con su honra una patente de impunidad!

Unámonos todos contra el enemigo común. Pongamos cada cual nuestro contingente de energía y de buena voluntad, para que desaparezcan las cadenas que ahora nos atan al afortunado soldado que, en su orgullo, sólo ha sabido comprometer el porvenir nacional creando la casta de escogidos que lo rodean y que pesan sobre la patria extenuada.

Abstenerse de luchar contra la tiranía es consentir en la abyección, es decidirse a ser siervo.