Anakreón
El Colmillo Público,núm. 123, 14 de enero de 1906, p. 22

Los representantes de la dictadura

Se habla en los círculos oficiales de remover al general Francisco Rincón Gallardo1 de su puesto de ministro plenipotenciario de México en el Reino Unido, y de sustituirlo con nuestro flamante aristócrata Guillermo de Landa y Escandón2. La noticia es recibida por el pueblo con la mayor indiferencia. Un gobierno malo como el nuestro, tiene que nombrar malos funcionarios. Lo admirable sería que los nombrase buenos.

En efecto; la dictadura no se preocupa porque nuestro país esté representado dignamente en el extranjero. Las carteras de ministro plenipotenciario, de encargado de negocios o de cónsul, son entregadas a personas ignorantes del Derecho Internacional. Para llegar a ocupar un puesto diplomático o consular bajo el actual régimen, no se necesita que el candidato haya pasado por la escuela, si puede presentar un certificado que lo acredite como hombre de sangre azul. El mérito para esos funcionarios no estriba en los estudios; basta que hayan arrastrado sus interminables ocios por los hipódromos o pasado una buena parte de su vida en la frivolidad irritante de los salones aristocráticos. Sin embargo, no todos esos funcionarios son de sangre azul; los hay de sangre plebeya que, en cuanto a intelectualidades, en nada difieren de sus dorados colegas.

Realmente, la dictadura no necesita que la representen lumbreras en el extranjero, ni habría lumbreras que consintieran en representarla. El talento, por regla general, es altivo, con la noble altivez de su superioridad, y nuestro gobierno necesita hombres de sesos anémicos que no sepan otra cosa que obedecer. Ninguna iniciativa se concederá a nuestros diplomáticos como no sea la de organizar bailes y comilonas en que se gasta sin fruto el dinero que tantos sudores, tantas fatigas y tantos sacrificios le cuesta ganar al pueblo para entregarlo a los cuestores.

El papel de nuestros ministros y cónsules se reduce al de propagandistas de la dictadura. Ellos son los que proporcionan a los periódicos mercenarios del extranjero artículos en que se habla de la llamada magna obra de reconstrucción de Porfirio Díaz y en los que se denigra al pueblo acusado de turbulento…

¡Ah; si fuera turbulento, nuestros próceres no tendrían el estómago satisfecho y las carteras repletas de billetes de banco! ¡Irritante es tildar de turbulento a un pueblo que se deja oprimir treinta años!

Y esos artículos en que se denigra al pueblo, le cuestan a éste centenares de miles de pesos cada año. Las mentiras son siempre las mejor pagadas.
Por todo esto, el pueblo se muestra indiferente cuando oye hablar de que será removido el plenipotenciario X, cuyo puesto será ocupado por el diplomático Z. Landa y Escandón o Rincón Gallardo. X o Z, para el pueblo nada significan. Ningún provecho práctico puede esperarse de los ministros o de los cónsules de la dictadura y si en un momento dado cesasen de funcionar esos empleados, el pueblo sería tan desgraciado como lo es hoy, con la diferencia de que ya no habría quien pagase artículos que pregonasen nuestra turbulencia y batiesen palmas a la mano de hierro que nos estrangula.

Nuestros funcionarios diplomáticos y consulares están muy distantes de representar el papel que debieran para que el río de oro que se gasta en sostenerlos no fuera un lamentable derroche de la riqueza pública. Hay funcionarios de esos tan ignorantes de su país que no saben si el estado de Guerrero, por ejemplo, está al Norte o al Sur de la república. Hay cónsules de México en Europa que son extranjeros y que, cuando se les piden informes sobre el clima de la república, dan los detalles más absurdos. Los cónsules de origen mexicano no son menos ignorantes, pues para ser cónsul no se necesita más que tener quien les apoye cerca del dictador y desempeñar el papel de policía del gobierno en el extranjero.

Inútil es decir que si el ciudadano mexicano no tiene garantías dentro de la patria, porque las garantías solamente existen para los favoritos del gobierno, menos tiene fuera de ella. Conocida es la odiosidad que el pueblo del Sur de los Estados Unidos siente por los hombres de nuestra raza. Diariamente se registran atropellos de los que son víctimas nuestros compatriotas. Un americano puede lícitamente arrancarle la vida a un mexicano, las más de las veces sin que medie riña. Hay desalmados que ensayan el tiro al blanco… sobre los mexicanos. Hay otros que roban su trabajo a los mexicanos, cuando no pueden arrebatarles alguna propiedad. Nuestros compatriotas son víctimas, en la citada región de los Estados Unidos, de mil vejaciones sin que nuestro embajador, ni nuestros cónsules hagan algo en favor de ellos; pero sí saben cobrar los enormes sueldos que salen del dinero del pueblo.

Cuando las destempladas trompetas de El Imparcial anunciaron que Joaquín D. Casassús, a quien los científicos atribuyen un talento que está lejos de poseer, y que no pasa de ser una de las gárrulas medianías que se han enriquecido a la sombra del César, algunos, los candorosos creyeron que algo bueno había que esperar del nuevo embajador, tanto así fue el bombo con que se le anunció. Pero el pueblo, como siempre que se trata de representantes de la dictadura en el extranjero, permaneció indiferente. Bien sabe el pueblo que con Casassús o sin Casassús cerca de la Casa Blanca, la riqueza de México seguirá pasando a poder de los millonarios americanos y que la presencia de nuestro embajador en Washington no significa otra cosa que el derroche que se hace del dinero de la nación en verdaderas canonjías.

De nada sirve nuestro embajador. Los americanos continúan y continuarán abusando de nuestro pueblo tanto en la patria como en el Sur de Estados Unidos. En nuestra patria sabemos bien que no hay ley para los americanos que explotan a los trabajadores. Las autoridades se hincan servilmente enfrente del sajón, a quien conceden todo derecho y nuestro embajador en los Estados Unidos no atiende las quejas de los mexicanos, porque la Secretaría de Relaciones ha dado la orden de que no se atienda a los compatriotas que sufren atropellos en la Unión Americana. La tiranía se granjea de ese modo la benevolencia de Roosevelt3. Ya que la dictadura no cuenta con el apoyo del pueblo mexicano, busca el amparo o la influencia moral del gobierno de Washington, y para ello, hay que preferir al extranjero sobre el mexicano, y sostener una embajada inútil, costosa y sin la que el pueblo sería igualmente desgraciado.

– – – – NOTAS – – – –

1 Francisco Rincón Gallardo. Aristócrata y militar jalisciense. Miembro fundador del Jockey Club Mexicano. Integrante de una familia de hacendados en el centro y occidente del país, emparentada con Poririo Díaz.

2 Guillermo de Landa y Escandón (1848-1927). Político y aristócrata capitalino. Senador a partir de 1878; presidente del Ayuntamiento de la Ciudad de México (1900-1901) y gobernador del Distrito Federal de 1903 a1911. Tras la caída de Porfirio Díaz abandonó el país. Murió en el exilio.

3 Theodore Roosevelt (1858-1918). Militar y político norteamericano. Subsecretario de Marina al estallar la guerra de Cuba, 1898, al término de la cual fue electo gobernador de Nueva York y posteriormente (1900), vicepresidente de la república con McKinley. Asesinado éste en 1901, asumió la presidencia, ratificada por el voto en 1906. Durante su gobierno se inició la construcción del canal de Panamá, intervino en las negociaciones de la guerra ruso japonesa. Obtuvo el premio Nobel de la Paz en 1906. Derrotado en las elecciones de 1909, se dedicó a la cacería.