Anakreón
El Colmillo Público,núm. 124, 21 de enero de 1906, p. 33

¡Faltan brazos!

Hay en Sonora un periódico que es distinguido por su estupidez. Nos referimos a El Imparcial de Guaymas.

En uno de sus últimos números trae la peregrina proposición de que el gobierno impida que las gentes pobres ejerzan esas pequeñas industrias que dan subsistencia a las familias indigentes. Dicho periódico se indigna de que los hacendados de la costa de Veracruz, los henequeneros de Yucatán, las obras del Ferrocarril de Manzanillo a Tuxpan, no pueden encontrar gente necesaria, a pesar, —dice gallardamente el imbécil periódico— de que pagan jornales de un peso al día.

En efecto, en esos trabajos se debía pagar un peso al día a los trabajadores, pero sabido es que ese salario es nominal. Cualquiera que haya tenido oportunidad de ver el sistema de pago que se usa en las negociaciones, habrá quedado convencido de que el trabajador es víctima de explotaciones irritantes. Se invita a los hombres a que trabajen por un peso al día, pero no se les paga en dinero sino en efectos de las tiendas de raya, siempre de mala calidad y soportando un recargo considerable en el precio. El trabajador en esas condiciones, trabajará un año o cinco sin que pueda ahorrar un sólo centavo porque todos los beneficios son para los dueños de las negociaciones. Y aparte de que ninguna ventaja pecuniaria adquiere el trabajador, todavía está obligado a trabajar doce y aún quince horas diariamente, mal alimentado, mal vestido y con frecuencia golpeado por los capataces. Cuando no hay el sistema de vales para la tienda de raya y el trabajador obtiene el peso diario que se le ofreció, tropieza con la circunstancia de que las negociaciones están situadas en lugares en que los efectos necesarios para la vida son excesivamente caros, y por esa razón el salario de un peso con que se le deslumbró no le basta para comer.

Con tales condiciones, es natural que el trabajador se niegue a enriquecer a los que lo explotan, sin obtener él otra esperanza que la probabilidad de perecer en las regiones malsanas donde da sus fuerzas sin otra recompensa que el maltrato y el hambre.

"El cultivo de los campos, la construcción de casas y ferrocarriles, y las mil industrias que se implantan todos los días, están llamando a todos esos perezosos" sigue diciendo El Imparcial. ¡El cultivo de los campos! ¿Iría el director del papasal sonorense a cultivar campos que no son suyos, trabajando de sol a sol por un jornal medio de cincuenta centavos diarios cuando no es de veinticinco o treinta y siete centavos?

Es fácil tildar de perezosos a los hombres, cuando al abrigo de miserias se vive de la largueza de los gobernantes que necesitan vagos que los defiendan con sus plumas estropeadas. ¿Por qué los escribidores pagados por el gobierno no prefieren ser dignos empuñando el azadón en lugar de servir de eunucos a los tiranos?

¡El cultivo de los campos!… ¡Ah! si los campos fueran de los pobres, estén seguros los periodistas asalariados de que esos campos que hoy vemos improductivos estarían cubiertos de riquísimas mieses! Pero los campos no son de los pobres, sino de unos cuantos enriquecidos que se han apoderado de la riqueza nacional ayudados por un gobierno que solo ha procurado la abyección de las masas. Y esos enriquecidos son los que hablan por boca del papasal sonorense y demás periódicos aduladores del gobierno, de la falta de brazos. No es que falten brazos; lo que sucede es que no todos se resignan a ser esclavos. Si se repartieran esas grandes extensiones de terrenos que hay en México veríamos cómo sobrarían brazos robustos dispuestos a arrancar a la tierra los tesoros que hoy dormitan en su seno esperando una era de libertad y de justicia.

Pero si tanto duele a los ricos no ver cultivados sus campos ¿por qué no los cultivan ellos mismos? ¿Por qué no forman con el director de El Imparcial y los demás emborronadores que declaman contra los pobres una cuadrilla de trabajadores que empuñen ellos mismos el arado y hagan fecundar la tierra inactiva que han acaparado?

No; lo que se quiere es que haya en nuestro infortunado país una casta de esclavos que marchen sonrientes a dar su salud, su bienestar, su porvenir a los que han formado la miseria pública.