Anakreón
El Colmillo Público,núm. 124, 21 de enero de 1906, p. 40

Próxima lucha

Cerca de cuatro años lleva de sufrir el pueblo oaxaqueño una tiranía "sui generis." No pesa sobre él uno de esos hombres que llegan al gobierno envueltos en una atmósfera de humo y de sangre, Emilio Pimentel1 no conquistó el poder por el filo de su acero; tampoco lo conquistó con su talento. Abogado mediano tuvo negocios más por la influencia de sus amigos los "científicos" que por sus conocimientos jurídicos. Nunca fue amigo del pueblo; ni en la tribuna, ni en la plaza pública, ni desde esa cima que se llama periódico, lanzó la valerosa voz que entusiasma a las multitudes y hace palidecer a los tiranos. El libro donde los héroes de la inteligencia dejan su sangre condensada en pensamientos, nada le debe. El arte, hermosa flor de los temperamentos exquisitos, no ha hecho vibrar sus nervios agotados. Emilio Pimentel era un insignificante antes de llegar a ser gobernador, y en eso consistía su mérito. Sabido es que, bajo la actual administración, ser insignificante es estar llamado a los más grandes destinos. Ramón Corral debe a su insignificancia el puesto de vicepresidente de la república, como Emilio Pimentel ser gobernador del estado de Oaxaca. Pasó para nuestra patria la época en que las palmas triunfales se destinaban a dar sombra a las cabezas de los púgiles de la voluntad, de talento o de la abnegación. Ahora se escoge entre la muchedumbre gris que arquea el espinazo en la salas de espera de los poderosos, a los que menos brillan, a los de intelecto más modesto y voluntad más dúctil, y de ahí que un enjambre de larvas doradas, de mustios grajos adornados como los pavos, acaparen las funciones que, después de su paso por ellas no conservan otra huella que la que dejan los caracoles en su monótona marcha.

Pimentel, sin embargo, va dejando otra clase de huellas. Es una larva transformado en tirano a cuya sombra medran sus colaboradores de los que es modelo el famoso Manuel Esperón y de la Flor. Al amparo de Pimentel pudieron salir de su escondrijo, los pulpos que acechaban coléricos la oportunidad de lanzar sus tentáculos sobre la masa sufrida, que trabaja y se agota sin gloria y sin recompensa. Se han improvisado fortunas, mientras el pueblo es arrebatado de sus hogares para las consignaciones al Ejército. Muchos ciudadanos han ido a dejar la vida a Ozumacín y Valle Nacional, arrastrados por la fiebre de oro de los que buscan la riqueza aún en el crimen. Y las autoridades creadas por Pimentel han permanecido indiferentes ante la explotación, cuando no han sido ellas mismas las que se han beneficiado con el tráfico de carne humana, con las consignaciones al Ejército con la venta de los favores o de la justicia. Mientras todo esto ha sucedido, el gobernador sólo se ha dejado ver en los banquetes y en las fiestas que organizan los serviles; pero nunca ha estado en su despacho para atender a las personas que ocurran a él en demanda de garantías para evitar los atropellos de los caciques, nunca persona alguna que se le ha acercado para pedir su protección contra las arbitrariedades de los tribunales del Distrito, ha obtenido siquiera una esperanza de justicia.

Los ciudadanos no han visto en Pimentel a la garantía de su bienestar. El estado infeliz bajo el yugo vergonzoso de Martín González,2 es desgraciado todavía. Antes de que Pimentel ascendiera al puesto de gobernador, el pueblo desesperado, fustigado, hambriento de pan y de justicia pedía que lo gobernase cualquiera que no fuera Martín González. Muchos ciudadanos haciéndose eco de la voz desesperada del pueblo que pedía la destitución de su verdugo, llegaron hasta apoyar una candidatura que en sí misma llevaba la derrota: la candidatura de Félix Díaz, el sobrino de don Porfirio. El resultado de la lucha fue el encumbramiento inesperado del hoy gobernador del estado de Oaxaca, y con él, el encumbramiento de personajes cuyos antecedentes se pierden en una noche negra sin límites, a la que sería preciso entrar con el pañuelo en las narices.

El fracaso de la lucha se debió a las complacencias que se tuvieron con el dictador. Cualquiera oposición a un gobierno local lleva consigo la derrota, desde el momento que entra en transacciones con el centro. Recuérdese la serie de movimientos electorales que ha habido en los estados y se verá que han fracasado por la debilidad de los candidatos.

Ahora bien; después de cerca de cuatro años que ha gobernado Emilio Pimentel, y al comprenderse que si ese gobernante nada ha podido hacer en provecho del pueblo durante todo ese tiempo, menos hará cuando pasen más años, puesto que, mientras más tiempo pase, mayores serán los compromisos que lo aten a la hampa de que está rodeado, los ciudadanos honrados, los que quieren que cese el oprobio en la tierra del gran Juárez, desean con todo su alma que no se reelija el funesto "científico." El deseo de esos ciudadanos merece bien de la causa de la libertad pero no hay que conformarse con que caiga el verdugo actual para embaucar otro en su lugar. Ya es tiempo de que el pueblo no aspire a cambiar de amo con lo que seguiría siendo tan desgraciado como lo es hoy. Con la caída de Pimentel podría subir al poder un Cárdenas3 o un Bernardo Reyes, si el pueblo permitiera que la dictadura interviniese en lo que solamente él, el pueblo, tiene el derecho de arreglar.

Hay pues, que tener un candidato propio y no uno impuesto por el centro. Y no basta que el candidato sea propio, sino que es preciso, es condición indispensable para el triunfo, que el candidato sea un ciudadano absolutamente independiente del gobierno, y que reúna a una gran energía, la circunstancia de no ser siquiera amigo de cualquiera de los personajes que rodean al dictador o amigo de este militar.

Es de esperarse que nuestros hermanos de Oaxaca sabrán portarse con la altivez necesaria para no caer en otra tiranía. En el Valle Nacional blanquean los huesos de los oaxaqueños que han sido vendidos por autoridades pimentelistas a los negreros que no titubean en amasar sus fortunas con el dolor de los desgraciados. Cuántos infelices han dejado sus ahorros en las manos de jueces que los pusieron en la disyuntiva de ir a la cárcel o de dejarse despojar. Cuántos otros ante la amenaza de cargar el fusil como soldados, vendieron el pequeño terreno que les proporcionaba el sustento y hacía feliz a la familia, para poder rescatar su libertad. Cuántas familias lloran todavía la ausencia de los que han sido víctimas de la ley fuga. Y aparte de esto, la inmensa corrupción de todas las funciones administrativas; el derroche de los fondos públicos demostrado hasta por Bolaños Cacho4 ; las gabelas odiosas que forman la miseria pública en consorcio con la explotación del trabajo de los pobres; la absoluta falta de garantías para los ciudadanos que predican al pueblo la democracia, de lo que es ejemplo elocuente el atropello de que fue víctima el entusiasta y valeroso liberal profesor Adolfo C. Gurrión5.

El resultado de la tiranía pimentilista se siente, se palpa, se ve. Un grupo de dominadores satisfechos celebra su orgía triunfal, mientras al pueblo que produjo el dinero sólo le es dado oír las carcajadas de los que se divierten, y aspiran de lejos el tufo de los festines.

Tanta injusticia es necesario que tenga su fin. El estado de Oaxaca tuvo una historia gloriosa y es preciso que la reanude. Sobre la frente del pueblo del que salió el Benemérito de América, han caído muchas manchas. ¡Hasta los maestros del pueblo han sido atropellados! ¿Será posible que la tierra oaxaqueña ya no dé hombres que sepan romper cadenas? ¿Se acabó la raza vigorosa que deslumbró al mundo con un Juárez?

Soportar la dominación de Pimentel es vergonzoso. Pimentel no es ni con mucho un hombre de carácter y ni siquiera se ha impuesto por sí mismo. El gobernador de Oaxaca es el servidor obediente de la dictadura que necesita hombres que sepan envilecer al pueblo, y como el mejor vehículo del envilecimiento es la miseria, a formarla a todo trance se ha dedicado el "científico" funcionario. Bien sabe la dictadura que un pueblo hambriento degenera y permite que se le humille, y por esa razón simpatiza con todos los que, como Pimentel, llevan en su bandera un programa de miserias.

Faltan pocos meses para que en Oaxaca se decida si el pueblo que supo ser altivo, consentirá la permanencia en el gobierno de un hombre que tanto lo ha humillado.

– – – – NOTAS – – – –

1 Emilio Pimentel (¿?-1926). Abogado oaxaqueño. Secretario general de despachos durante la gobernatura de Luis Mier y Terán, 1884-1887. Fundador del grupo de los científicos junto con Rosendo Pineda y José I. Limantour. Miembro de la delegación oaxaqueña en la Gran Convención de la Unión Liberal en 1892. Diplomático en Río de Janeiro. A su regreso, presidente municipal de la ciudad de México. A partir de 1902 gobernador de su estado natal; reeelecto en 1910. Al estallido de la revolución, dejó el poder en manos de Félix Díaz.

2 Martín González (1832-1908). Militar oaxaqueño combatiente contra la Intervención francesa. Jefe del Estado Mayor de Porfirio Díaz. En 1894 y hasta 1902 ocupó el Gobierno del estado de Oaxaca. Diputado por Chihuahua en varias ocasiones. Su inescrupulosidad le otorgó el sobrenombre de Caclito.

3 Miguel Cárdenas. Hacendado, abogado y político coahuilense. Partidario y protegido de Bernardo Reyes, gobernó su estado natal de 1894 a 1909. En las elecciones de 1905 Francisco I. Madero contendió contra él. A causa de su filiación reyista fue presionado por el gobierno central para renunciar a la gubernatura en 1909 tras lo cual se retiró de la política.

4 Miguel Bolaños Cacho (1869-1928). Abogado, periodista y político oaxaqueño. Ocupó diversos cargos judiciales y políticos, entre ellos gobernador interino de su estado natal en 1902 y gobernador constitucional  de 1912 a 1914. Reconoció al regimen huertista, siendo el único gobernador que permaneció en su puesto tras la caída de Madero. Murió en el exilio.

5 Adolfo C. Gurrión (1880-1913). Periodista juchiteco, encarcelado en varias ocasiones por sus artículos en La Semecracia opuestos a la administración del gobernador Emilio Pimentel. En 1905 era representante de la Junta Organizadora del PLM en Oaxaca. Dirigió al Partido Liberal Oaxaqueño, que apoyó la candidatura de Benito Juárez Maza al gobierno estatal. En 1912, se afilió al maderismo y fue diputado federal a la XXVI Legislatura. Murió asesinado durante el gobierno de Huerta, acusado de promover una rebelión en Tehuantepec.