Anakreón
El Colmillo Público,núm. 125, 28 de enero de 1906, p. 47, 48

El deber de un pueblo

Muy poco tiempo falta para que el pueblo oaxaqueño decida si ha de seguir siendo esclavo de Emilio Pimentel, y por eso creemos de la mayor importancia hablar del asunto, tanto más, cuanto que hemos sabido que algunas personas pretenden desviar al pueblo presentándole candidaturas como la de Félix Díaz y Benito Juárez hijo1, que implican una indefectible derrota y un nuevo periodo de vergonzosa tiranía para el ayer heroico estado de Oaxaca.

En 1902 la candidatura de Félix Díaz dio por resultado la exaltación de Emilio Pimentel. Félix Díaz fue un candidato sacado de la nada por un grupo de ciudadanos que de buena fe creyeron encontrar la salvación del estado en un hombre a quien erróneamente supusieron dotado de una energía superior. La energía de Félix Díaz se ablandó como una miga de pan cuando su tío el dictador le ordenó que renunciase su candidatura, dejando de ese modo burladas las esperanzas del pueblo. ¿A ese hombre que tan evidente muestra de debilidad ciudadana dio, se pretende convertirlo en bandera de un pueblo que en sus floraciones produce colosos como el Benemérito de América?

El pueblo oaxaqueño debe escoger su candidato entre los hombres que ninguna liga tengan con los dictadores. Aparte de su debilidad de carácter, Félix Díaz reúne la cualidad de ser sobrino del dictador a quien debe la posición social que ocupa, y es natural que el hombre que no ha sabido elevarse por el mérito propio, y que comprende que nada valdría, sin el brazo paternal que le ha sacado de la obscuridad, tenga gratitud para su benefactor y lo obedezca y respete.

Félix Díaz, pues, no podrá jamás obrar con independencia y si en 1902 cometió el delito de lesa democracia de despreciar al pueblo renunciando su candidatura, para arrodillarse a los pies del dictador, hoy hará lo mismo si el pueblo tiene el candor de postularlo. El pueblo oaxaqueño tiene el deber de ser viril esta vez. Su legendaria energía ha hecho fiasco bajo la indiferencia, bajo la decepción y bajo la tiranía; pero ya es tiempo de reaccionar, de sacudir la indiferencia que como un monte de ceniza cubre los entusiasmos, amenazando convertir en eunucos a los hijos de aquella raza bravía que supo esculpir virilmente su nombre en las páginas de nuestra historia. La decepción no mata a los hombres fuertes que, ante los fracasos, sienten vibrar su orgullo y sacudirse de noble cólera la dignidad. La tiranía solo es temida por los cobardes, y los oaxaqueños tienen la obligación histórica de ser abnegados y enérgicos.

Bien sabemos que el pueblo oaxaqueño detesta a Emilio Pimentel y quiere con justicia que no se reelija a ese mal gobernante que sólo ha procurado su bienestar personal. Pero al substituirlo, que no sea por otro tirano instrumento del Centro, sino por un hombre que sea capaz de llevar al pueblo por derroteros de progreso y de bienestar. Pretender que caiga Pimentel para que se entronice al gobierno de Porfirio Díaz, es abdicar el derecho que todo hombre tiene de ser libre y feliz.

La candidatura de Félix Díaz sólo puede ser ambicionada por los que buscan el medro personal a la sombra de un nuevo gobierno; por aquellos a quienes Emilio Pimentel no ha colmado de granjerías, y quieren resarcirse con el que lo suceda. Para esos hombres nada significa el pueblo, el bienestar común, y piensan, asegurado su deseo con el hecho de sostener una candidatura que, por sus ligas con la dictadura, tiene más probabilidad de triunfar que la de un ciudadano absolutamente independiente. Por eso algunos quieren la candidatura de Félix Díaz. Nada les importa que sea éste sobrino del dictador, nada les importa que sea éste un hombre sin voluntad, sin la energía que necesita en esta época un buen gobernante para arrancar, para destruir la vergonzosa tutela que ejerce el centro sobre los que deberían ser estados soberanos y libres.

La tiranía de Emilio Pimentel es odiosa, pero no hay que substituirla por la de un Félix Díaz. La aspiración de un hombre honrado no debe ser la de estar variando de tiranos, sino la de conquistar la libertad, única fuente de bienestar y de progreso para todos, y por lo mismo, el pueblo no debe seguir ni apoyar otra candidatura que la de un ciudadano honrado, leal a la causa de la libertad, enérgico para apartarse del programa envilecedor que la dictadura aconseja, inteligente para poder salvar los escollos que la misma dictadura le procure, al ver que no pertenece al número de los lacayos que sonríen como hetairas ebrias cuando el látigo cruza sus mejillas.

También se habla de otra candidatura que indigna: la de Benito Juárez hijo. Si el Benemérito viviera sentiría pena al ver a su hijo sirviendo a su mortal enemigo. Porfirio Díaz fue uno de los más enconados enemigos del Grande Indio, lo que para Benito Juárez hijo nada significa. Los doscientos cincuenta pesos que como Diputado, esto es, como servidor de Díaz, recibe el vástago anémico del Grande Hombre, han bastado para borrar el resentimiento justísimo que tenía el deber de abrigar contra el actual presidente que fue, como decimos, enemigo personal de su padre. ¡Ah; y todos sabemos que fue enemigo gratuito del gigante de la Reforma!

Félix Díaz y Benito Juárez hijo, son por lo demás, dos doradas nulidades. El primero es un mediano policía; el segundo ni eso es siquiera. Pero el pueblo no debe buscar entre los gendarmes a los que han de redimirlo.

El pueblo oaxaqueño debe buscar su candidato entre los hombres independientes, y si fracasa en su empresa al menos que fracase con honra. ¿Qué programa libertador puede ofrecer Félix Díaz o Benito Juárez hijo? ¿Cuándo las ideas redentoras han tenido por una cuna los sesos reblandecidos de los favoritos de los déspotas?

Hay que dirigir las miradas hacía nuevos horizontes en busca de savia nueva y robusta. Los moldes de la tiranía han producido seres enfermizos, voluntades frágiles, incapaces de oponer un dique al crimen que se desborda y cuando se necesitan puños robustos que hagan retroceder al mal, los miopes se empeñan en dar proporciones colosales a la turba de insignificantes que rodean al César. Félix Díaz y Benito Juárez hijo son dos insignificantes de la intelectualidad, como lo son de la voluntad. Uno persigue con mal éxito a los delincuentes; el otro no ha sorprendido a nadie por su talento. La llamada Cámara de diputados a donde asiste a dormir no conoce el timbre de su voz; ni una iniciativa trivial, ni la más insignificante moción de su parte ha turbado el silencio de la mansión legislativa. Su cerebro, huérfano de luz, no ha sentido el aleteo de los hermosos ideales que convierten a los hombres en héroes, y duerme al calor del sueldecillo obtenido sin esfuerzos.

¿Hombres así quiere el pueblo oaxaqueño que substituyan a Emilio Pimentel? No; el pueblo oaxaqueño quiere hombres de voluntad firme, de cerebro robusto, hombres que no sigan el obscuro sendero por donde el actual gobernador se ha perdido sin más provecho que los estómagos satisfechos de los Esperón y de la Flor que lo rodean. Postular a individuos ligados de cualquier modo con la dictadura, es matrimoniarse con la derrota.
Cualquier hombre que suba al gobierno de Oaxaca, si es amigo de la dictadura tiranizará al pueblo. Hay que buscar, por lo tanto, un hombre absolutamente independiente.

La dictadura tendrá forzosamente que oponerse a que el pueblo eleve a otro hombre que no sea alguno de los que puedan servirle de instrumento para oprimir; pero la dictadura tendrá que ceder porque es débil, y si bien es cierto que hasta hoy ha triunfado, el secreto de su triunfo está en la debilidad de los candidatos que los pueblos de los estados han tenido la debilidad de aceptar. Búsquese un candidato enérgico y resuelto, y Oaxaca triunfará.

Y hay que decidirse pronto. La tiranía está organizada desde hace treinta años, mientras el pueblo oaxaqueño apenas comienza a organizarse para la campaña electoral. No hay que titubear. Si el pueblo ha de decidirse por encumbrar un instrumento de la dictadura, preferible será que no pierda su tiempo; pero si por el contrario, tiene resuelto impedir la reelección del funesto Emilio Pimentel y elevar en su lugar a un ciudadano valeroso y honrado, debe trabajar con ardor hasta lograr el triunfo de esa noble aspiración.

Luchar por obtener un nuevo amo, es propio de esclavos, y por esa razón indicamos a nuestros hermanos de Oaxaca, que trabajan por la elección de un hombre honrado que sepa hacer la felicidad de todos y no de unos cuantos que se enriquezcan con el dinero que obtiene el pueblo a fuerza de fatigas. Que terminen los sardanapalescos festines donde se apura el vigor de los pueblos convertido en vino; que termine la improvisación de fortunas obtenidas sin más esfuerzos que alargar las manos odiosas; que cese el mercado judicial; que expiren para jamás resucitar las concusiones y los prevaricatos; que se multipliquen los planteles de educación y se haga del profesorado uno de los oficios mejor retribuidos; que ya no se extorsione a los pueblos con la odiosa capitación;2 que se retribuya con largueza al obrero, puesto que él y sólo él forma la riqueza pública; y que un sol de libertad y de justicia brille para los oaxaqueños, sin que vuelva a empeñarse el cielo que manos groseras han cubierto de nubarrones.

– – – – NOTAS – – – –

1 Benito Juárez hijo (1852-1912). Abogado y político oaxaqueño. Protegido de Porfirio Díaz desde 1877, fue nombrado secretario particular del ministro de relaciones Exteriores. Se hizo cargo de la Legación mexicana en Washington y trabajó para el servicio diplomático en Alemania y Francia. Desde 1888 fue diputado por Tepic, Estado de México y Oaxaca en el Congreso de la Unión. Tomó parte en la fundación del Partido Democrático en 1909. Al año siguiente fue candidato a la gubernatura de su Estado natal, resultando derrotado por Emilio Pimentel. Al triunfo de la revolución maderista fue gobernador de Oaxaca por siete meses.

2 Refiérese al impopular impuesto “per cápita” vigente en Oaxaca y otros estados con población indígena.