Anakreón
El Colmillo Público,núm. 125, 28 de enero de 1906, p. 56

Agrupaos proletarios

A vosotros los que formáis la gran muchedumbre esclava, nos dirigimos por medio de este artículo.

Aunque os parezca extraordinario, también tenéis derecho a la felicidad. La sangre que anima vuestras carnes mal vestidas es la misma que anima a los hombres elegantes que os tienen a cierta distancia con los extremos de sus bastones; ¡ya sabéis que los andrajos producen asco a los que obligan a vestir andrajos! Pero esa distancia no debe existir, porque sois tan mexicanos como ellos. ¿No se os obliga a manejar el fusil para defender la patria cuando el enemigo se anuncia con sus clarines bélicos en nuestras costas o en nuestras fronteras? Y lo habréis comprobado mil veces; sois los únicos que defienden la patria. ¿Quién da su sangre si no vosotros por defender la autonomía nacional? ¿No habéis abandonado con vuestros cuerpos destrozados por las armas enemigas los campos que después no tenéis ni el derecho de cultivar? Sin tener derecho alguno sobre los campos, sois, empero, los más heroicos defensores de la integridad nacional.

Pues bien; vuestra abnegación y vuestro valor os hacen acreedores a la felicidad. Unas cuantas varas de manta componen el avis indumentario de vosotros los héroes defensores de la patria. Vuestras nobles compañeras, esas sufridas mexicanas que os acompañan en vuestra marcha taciturna por la vida hostil, no andan menos mal vestidas que vosotros. Y cuando podéis vestiros de casimir, para vosotros se han hecho el de más mala calidad, a pesar de que de vuestras manos salieron las ricas telas y los confortables abrigos que hacen las delicias de los señores elegantes. ¿Creéis que eso es justo? Muchos de vosotros no habréis tenido tiempo de reflexionar sobre el asunto. Son tan largas las horas de labor, y es tan agotante la labor! Pero todos comprendéis indudablemente que son más felices los ricos que los pobres.

Lo que os falta es inquirir por qué vosotros que sois los que trabajáis, sois los menos felices. Bajáis a la mina y vuestras robustas manos desmoronan la roca que guarda, avara, el oro codiciado. A veces se desploman las galerías y perecéis por centenares, lo que no obsta para que nuevos héroes del trabajo sigan bajando y continúen dando su contingente de sangre ¡que no solamente en la guerra se derrama sangre proletaria! y extraéis de las entrañas de la tierra muchos ricos metales, los suficientes para que con vuestras familias pudieseis vivir lujosamente hasta haceros viejos y morir después de haber disfrutado todas las delicias de la vida dejando hijos inteligentes e instruidos. Mas no sucede así; vosotros trabajáis, trabajáis sin descanso en la mina, en el taller, en la fábrica, en el campo, dondequiera que haya necesidad del esfuerzo de vuestros músculos; elaboráis cosas bellísimas, porque, sabedlo, muchos de vosotros sois artistas; levantáis cosechas magnificas, después de haber ablandado el surco con vuestro generoso sudor; fabricáis telas riquísimas, muebles suntuosos, y, fijaos, apenas tenéis pan, dormís en lechos que desdeñarían los perros melindrosos de los ricos señores.

No sabéis, muchos de vosotros, si eso es justo o injusto. Sólo sabéis que vuestro pan es escaso o que os falta en lo absoluto. También sabéis que la autoridad protege a los ricos señores y estáis resignados, porque en realidad, no sabéis si así debe ser. Pero es bueno que despertéis y que penséis que la felicidad no es patrimonio de unos cuantos privilegiados, sino patrimonio común de todos los que hemos nacido bajo este hermoso cielo de Anáhuac.

Es bueno que penséis en vuestro porvenir, proletarios mexicanos. Se os esclaviza ciertamente, porque ¿qué otra cosa sino la esclavitud es esa situación que soportáis? No tenéis más libertad que la de morir de hambre, prostituiros y que se prostituyan los vuestros. La vida vuestra es triste en verdad. Trabajáis muchas horas durante el día y ganáis muy poco. Veis en cambio, que otros no trabajan nada y se dan vida de príncipe. Os choca indudablemente el contraste y pedís al alcohol lo que no os dio el plutócrata avaro que os saca el jugo: la felicidad; y en pos de esta esquiva deidad os dirigís a la taberna ¿para qué? para que se os calumnie después llamándoos prostituidos y granujas. ¿Y quiénes os llaman granujas?, ¡los mismos que os han explotado y tiranizado hasta empujaros al alcoholismo para que degeneréis y seáis más fácilmente explotables! no tenéis, en efecto, la culpa de beber alcohol. Muchos de vosotros resistís, pero otros no lo pueden evitar. Bebéis, no por vicio, sino por necesidad. Vuestras habitaciones no las desearía ni un oso montaraz; pero bebéis alcohol y vuestra imaginación enriquece la pobre morada; no tenéis dinero, pero el alcohol hace olvidar la miseria, os dormís sobre el suelo duro y frío, pero el alcohol hace soñar en lechos regios, sois débiles, y el alcohol os finge fuerzas, salud, bienestar. Por eso bebéis; para olvidar una realidad de pesadilla.

Sin embargo, no hay que pensar más que en bienes efectivos. La felicidad del alcohol se desbarata apenas se desvanecen los últimos vapores de la última copa, y después, viene el trabajo rudo, la labor incesante al lado de la fragua asesina; la peregrinación por los negros laberintos de las minas; la fatigosa roturación de los campos; la tarea al pie de las máquinas, ensordecedoras, y el mismo contraste del pobre que se agota y del rico que se redondea de grasa. Hay pues, que pensar en bienes efectivos, que modifiquen la injusticia actual formando un medio de libertad y de justicia.

¿No os asombra el aumento rapidísimo de la prostitución femenina? Pues esas infortunadas mujeres que se prostituyen han sido ángeles de candor; adorables criaturas que hubieran hecho felices a esposos modelos, si el hambre no hubiera roído sus entrañas, si en el hogar frío y escueto no hubiera faltado lo indispensable para vivir. Muchas, ante la miseria, buscaron trabajo; pero amos brutales y avaros, les robaron su trabajo; pagándoles jornales como limosnas, después de hacerlas trabajar como bestias. El jornal no bastaba para sostener a la madre decrépita o al niño incapaz de trabajar, y fue preciso buscar otros medios de vida. ¡Cuántas conocieron la prostitución por sus mismos amos! ¡Y se las desprecia y se las befa sin comprender que son víctimas de injusticia, seres débiles e inermes arrollados por la tiranía!

¡Ah; si supieseis que todos vosotros, hombres y mujeres que no conocéis más que el lado negro de la vida tenéis tanto derecho a felicidad como los que pesan sobre el pueblo, otra cosa sería de la patria! La patria solamente será grande cuando sus hijos sean felices y libres.

Pensad obreros; pensad, nobles trabajadores. En otras naciones vuestros hermanos de fatigas han ido adquiriendo derechos que les producen alguna felicidad. Haced lo mismo. Sobre vosotros pesa un gobierno que os hace soldados u os envía a la cárcel, y permite que una plutocracia insolente os haga sudar oro y os arroja a los cuatro vientos de la mendicidad cuando os hacéis viejos y ya no podéis dar vuestras fuerzas. ¿Qué sucede también cuando en el trabajo os rompéis una pierna o perdéis los brazos? Se os echa como bestias inservibles, porque oídlo bien, el dinero no tiene corazón.

Agrupaos; hay un Partido que lucha por el bienestar de todos los mexicanos, y ese Partido es el Liberal. Haceos miembros de ese Partido para conquistar vuestros derechos políticos y con ellos vuestros derechos sociales. Agrupaos para que conquistéis la felicidad.