Anakreón
El Colmillo Público,núm. 126, 4 de febrero de 1906, p. 72

Suspiros estomacales

La muerte de Blas Escontría, ministro de Fomento, hubiera pasado inadvertida si poetastros de numen esquelético y escritorzuelos de plumas estropeadas, no hubieran sacado la cabeza de los pasteles en que alimentan su estupidez para lanzar sus notas de condolencia, roncas como graznidos.

Hubiera pasado inadvertida la muerte de Blas Escontría, porque nada significó en provecho del pueblo la vida estéril de ese funcionario. Procuró por su bienestar personal, fue partidario del clero y empleado obediente de Porfirio Díaz; hechos que no ameritan el llanto cocodrilesco de los folicularios que se deslíen en lágrimas por el fallecimiento del insignificante señor.

En buena hora que todos aquellos que por arrastrarse a los pies del funcionario nuestro hubieran recibido de él algunas migajas, deploren que haya desaparecido el que tuvo la debilidad de mantenerlos sin trabajar; pero que se guarden, que no den a conocer los suspiros de sus estómagos huérfanos, que no profanen las bellas letras con el dolor de sus intestinos desamparados. La poesía no se hizo para los desahogos gástricos de los animales domésticos.

El pueblo no tiene necesidad de oír las jeremiadas de los eunucos, y aun se indigna oyéndolas, porque él no puede entristecerse cuando se mueren sus opresores. Blas Escontría fue un opresor sin iniciativa para oprimir, pero formó parte de la máquina fatal en cuyos engranajes dejamos todos los mexicanos: dignidad, ciudadanía, valor civil, salud, dinero, y en donde acabaremos por perder nuestra nacionalidad, que por lo demás ya la estamos perdiendo.

Blas Escontría formó parte de ese todo que se llama tiranía: un tornillo, una pieza cualquiera, la más insignificante de la máquina opresora; pero sirvió para que el todo despótico funcionara desgarrándonos las carnes.

¿Debemos llorar esa muerte? No; no debemos llorarla. Una pieza menos de la máquina dictatorial, significa un paso más hacia la libertad.

Cuando deje de funcionar habremos recobrado nuestra libertad. Hoy por hoy comienza a crujir ¡ha funcionado tanto tiempo!… Dejemos que se desmorone sin que se contriste nuestro espíritu. Lo lamentable es que no haya desaparecido para siempre.

Dejemos que los lacayos lloren; ¿no es natural que los pobres perros aúllen cuando desaparece el amo? Pero los ciudadanos altivos; los que tenemos confianza en nuestras fuerzas; los que ganamos el pan sin humillarnos, los que a despecho de la tiranía conservamos un corazón bravío incapaz de soportar el más ligero yugo, no podemos ni debemos llorar la desaparición de un hombre que no supo hacer el más leve sacrificio en pro de la comunidad.

Blas Escontría fue un gobernador como cualquiera otro: fiel al César que lo sacó de la nada. Como todos los gobernadores, no fue electo por el pueblo sino por la Autocracia, y naturalmente, sirvió al César a quien todo lo debía y no al pueblo. Hombre de escasa intelectualidad a pesar de tener el título de ingeniero, sus actos públicos revelaron una inepcia desesperada. Los más triviales asuntos lo entretenían con notorio perjuicio de la buena marcha de la administración potosina; pero fiel empleado de la dictadura pudo llegar a ser ministro de Fomento.

Por una cosa se distinguió Escontría: por su recalcitrante catolicismo. Amigo de curas y de beatos, tal vez soñaba con que México fuera una dependencia de Roma, y que los mexicanos llegáramos a ser súbditos del embajador del Vaticano. Afortunadamente esos sueños enfermizos quedaron encarcelados en el cerebro del muerto porque careció de iniciativa y no fue hombre de acción.

Hizo todo el bien posible a esos parásitos que, además de mermar la riqueza nacional, siembran la hipocresía y la estupidez: los frailes. Montes de Oca, el fatuo obispo de San Luis Potosí, fue uno de los íntimos amigos del hombre cuya muerte lloran tantos estómagos de lacayo.

El pueblo debe estar satisfecho de que desaparezcan sus opresores. Que se marchen en buena hora los que nada bueno supieron hacer por sus compatriotas.

Los folicularios que gimen como afeminados, ya se consolarán. Nunca faltan migajas para los histriones. Al ver cómo lloran esos pobres hombres, nuestros tiranos que adivinan que de no pagar lloriqueos no habrá quien llore por ellos cuando se mueran, comprarán de antemano las lágrimas venales de los eunucos y harán anticipos por las larvas literarias que garrapatean los borrajeadores para cantar a los difuntos.

Así como hay quien compre en vida el sitio en que debe ser sepultado, del mismo modo los tiranos compran, las lágrimas que se han de verter por ellos. Lloren pues los histriones; pero que lloren en silencio, y, sobre todo, que dejen las bellas letras que no se inventaron para asuntos de estómago.