Anakreón
El Colmillo Público,núm. 129, 25 de febrero de 1906, p. 111, 112

Sangre vieja

Inútil es andar buscando el origen de nuestro atraso político y social, cuando es tan fácil encontrarlo; manos temblorosas son las que manejan las riendas del gobierno. Viejo es el presidente, viejos los ministros, viejos los gobernadores; la mayor parte de los diputados son viejos: jueces, magistrados, funcionarios, superiores, casi todos viejos.

A esos hombres viejos debemos nuestro atraso. Aferrados a la tradición; por lo general fanáticos; uno que otro intelectual rezagado entre ellos; casi todos ignorantes en grado máximo, no pueden imprimir a sus actos el carácter fresco, sano, vigoroso que distingue a los actos de los jóvenes. En cambio, el capricho senil, el mal humor de los organismos en decadencia se exhiben con opulencia tropical en todos los actos de nuestros ancianos funcionarios. Para nuestros funcionarios, la energía es la viliosidad irritable; el capricho, es, para ellos, rasgo de carácter, y titulan voluntad inquebrantable lo que sólo es una terquedad insoportable.

Nuestra vida pública se resiente de la influencia de los ancianos funcionarios: una exasperante rutina, es la característica de la administración. Lo mismo que se hizo en 76 cuando sobre la nación cayó el sable enrojecido de Porfirio Díaz, se hace hoy que casi han pasado treinta años. Ni para "suprimir" a los "díscolos" se ha variado de sistema: la Ley Fuga no ha evolucionado.

La vida pública lleva el sello de la sangre vieja y viciada que nos gobierna, y nuestra joven nación sufre el hastío que una adolescente debe sentir cuando une su destino al de un hombre que la tumba llama a gritos. No hay entusiasmos, no hay vida activa y fecunda. Todo está condenado a muerte, hasta nuestra nacionalidad si no reaccionamos, porque los tiranos han hecho suya la patria, y al hacer su testamento, la entregarán a los banqueros extranjeros en pago de los millones que han pedido prestados.

La sociedad perece por la senectud de los gobernantes, porque permanecer inactivos cuando todo avanza a gran prisa en alas de las ideas modernas, es morir. Todos los pueblos avanzan, menos nosotros. Por todas partes se anuncian victorias del pueblo sobre la tiranía, avances formidables del trabajo sobre el capital, amplios horizontes ganados al clero católico tan tartufo, tan traidor, tan criminal. Nosotros, en cambio, vivimos vida vegetal. Nuestros viejos tiranos nos inyectan su decadencia, y el espíritu público, en su vejez prematura, experimenta precoces desfallecimientos y anticipados escepticismos.

Somos viejos para reaccionar; pero nuestro raciocinio no es el del hombre que en su madurez sana sabe analizar y sacar deducciones abundantes de verdad. Nuestro modo de pensar está arreglado a un cartabón estúpido que nos hace considerar inútil toda lucha, todo esfuerzo que hagamos por ser libres y felices, y dejamos caer los brazos con desaliento cuando sabemos que el sendero que nos llevará a la redención está cubierto de espinas.

Ese apocamiento de que adolece el espíritu público, es el resultado de la dominación de los hombres rutinarios que nos gobiernan. No tenemos libertad para nada, porque nuestros funcionarios no nos lo permiten. Si alguna vez tenemos iniciativas y entusiasmos, el agrio gesto que se dibuja en los rostros de nuestros amos nos hace variar de propósitos, y si insistimos, no hacemos más que exacerbar la biliosidad de los mandones y lo menos que puede ocurrir es un 2 de abril de 1903.1

Somos víctimas del mal humor, del capricho y del orgullo de los que deberían ser mandatarios del pueblo, y ese mal humor ese capricho y ese orgullo son hijos de organismos ruinosos que quieren comprobar su vitalidad haciendo sentir su influencia enfermiza. La proximidad del sepulcro hace que nuestros gobernantes nos tiranicen. No teniendo grandes esperanzas de mandar por mucho tiempo, se apresuran a hacer sentir su dominio ¡y el pueblo es la víctima!

Hay muchas circunstancias que demuestran que una administración de ancianos no puede ser una buena administración. ¿Qué ideas nuevas puede tener un hombre que permanece varios lustros sobre los demás? Un orgullo monstruoso es lo único que puede engendrar tanto tiempo de dominio, orgullo que mata todo ideal generoso, todo sentimiento altruista. Tanto peor si el tirano tiene la seguridad de pesar hasta que una enfermedad mortal se apiade del pueblo llevándose al opresor, pues entonces se hace del capricho una ley porque no hay la necesidad de hacer méritos para marcharse a la vida privada entre las bendiciones de los ciudadanos.

Por eso la tiranía que sufrimos es implacable. Los hombres que la hacen sentir están viejos y tienen la seguridad de morir en sus puestos. Saben que bajarán del poder para ir al sepulcro, y no tienen la esperanza de que después de un periodo de tiempo de vivir fuera del gobierno, el pueblo los llame y los eleve en atención a su buen manejo anterior.

La tiranía por sí sola es mala, pero se vuelve insoportable cuando está ejercitada por hombres que están para caer a la tumba. Sangre nueva y fuerte se necesita para dar un buen impulso al moribundo espíritu público. Los valetudinarios que nos gobiernan harían bien en ir a cuidar en sus domicilios sus asmas y sus reumas, y dejar los puestos públicos donde se necesitan cerebros frescos, nervios sanos y espíritus fuertes.

Los hombres que por treinta años han dominado, han hecho todo el mal posible y nada augura que la férrea tiranía generadora de abyecciones y de miseria, pueda convertirse, ya próxima a morir, en manantial de bienes. Hombres gastados en la tarea de oprimir; cerebros ocupados totalmente por el orgullo; corazones cerrados a todo llamamiento, no podrán producir nada fecundo, ni grande, y para poder sostenerse en los puestos que han usurpado, tendrán que continuar su labor opresora, obstruccionista de todo lo que sea innovación favorable al pueblo porque temen que despierte y se avergüence de ser esclavo.

Necesitamos reaccionar, para que energías mejor orientadas tomen el lugar que les corresponde en las funciones públicas, a las que lleven el contingente de juventud y de fuerza que se necesita para que la administración pública evolucione y marche al fin. Nuestra tiranía no ofrece ninguna novedad; fosilificada desde hace treinta años no ha variado y así ha vivido, monótona y odiosa, imbecilizando a todos, corrompiendo a todos y comprometiendo el porvenir nacional.

Estamos condenados a morir de agotamiento, si no hacemos un esfuerzo por reaccionar. El ejercicio del civismo es para los pueblos como la gimnasia para los músculos. Indudablemente que el civismo no es agradable a los que nos oprimen; viejos como son, necesitan reposo y la lucha cívica los molesta, tanto más cuanto que esa lucha dará por resultado, si tenemos vergüenza y la emprendemos, el derrumbamiento de la tiranía; pero no debemos considerar si es agradable o no lo es para los opresores que son unos cuantos, si tenemos la convicción de que la comunidad sale aprovechada con el ejercicio del civismo.

Todavía es tiempo de regenerarnos, pero deberemos apresurarnos antes de que venga lo irremediable: la completa abyección. ¡Regenerémonos despojándonos del despotismo valetudinario! Necesitamos sangre nueva que nos haga avanzar, que nos ponga, como pueblo, a la altura a que no hemos podido llegar, ni llegaremos, si consentimos continuar bajo la férula de la vetusta tiranía de los seniles funcionarios.

– – – – NOTAS – – – –

1 Véase supra, art. 34 “La hecatombe de Monterrey” y n. 164.