Anakreón
El Colmillo Público,núm. 132, 18 de marzo de 1906, p. 163

¡Obremos!

Buen chasco se ha llevado el gobierno que creía bien muerto al Partido Liberal, y gran asombro ha causado entre los retrógrados esa resurrección espléndida del glorioso Partido histórico que viene como siempre a alumbrar el camino que debe seguir el pueblo para su redención.
Lozano, vigoroso, nutrido con las ideas modernas sin rezagarse en sus aspiraciones, sin estacionarse en medio de la humanidad que cada día quiere ser más libre, el Partido Liberal es hoy, como lo fue ayer, el escudo de los oprimidos y el portavoz de las demandas del ciudadano.
Al iniciarse la organización del Partido Liberal, no faltaron escépticos que consideraron un sueño lo que hoy es una grata realidad: la organización misma.

La rápida marcha de la organización es, por lo demás, bastante explicable. No se trata aquí de un milagro ni hay que atribuir a lo providencial lo que es absolutamente natural. El pueblo está cansado de sufrir y como comienza a darse cuenta de la causa de sus sufrimientos, natural es que acuda a sostener la bandera de su liberación.

Mientras el pueblo caminó a ciegas sin más guía que la palabra venal de los asalariados del gobierno que, como los frailes aconsejan la sumisión para que el ganado humano se deje esquilmar sin protestas ni indignaciones cada día que pasaba, era un paso más hacia el precipicio donde había de quedar para siempre a merced de los buitres; pero surgió la lucha de la verdad contra la mentira entronizada, y el pueblo se estremeció. En su alma esterilizada por el engaño y la traición, comenzó a gobernar la esperanza, y cuando se le llamó a la organización acudió presuroso al llamamiento; por eso crece en número y en fuerza el Partido Liberal.

No estaba muerto el Partido, ni podía morir. Las ansias de la libertad palpitan con más fuerza mientras mayor es la opresión. Bajo la aparente calma y sumisión del esclavo, arde el alma de Espartaco; la nieve de los volcanes, no denuncia el fuego que arde en sus entrañas, y la calma de los pueblos, su tranquilidad aparente tiene mucho de la calma y la tranquilidad del mar que hace palidecer a los marinos.

Entre el seno de las sumisas muchedumbres dormitan ansias de redención que despiertan cuando la verdad las alumbra. He ahí explicado el éxito de la organización del Partido Liberal que nada tiene de maravillosa ni de providencial.

Ahora, dado el primer paso, hay que perseverar. No hay que confiar que por la ley de la inercia, dado el primer impulso, la organización seguirá su camino. Hay muchas fuerzas que oponen una resistencia incansable: los privilegios que peligran; el despotismo que ve con terror cómo avanza majestuosa la ola libertaria; la aristocracia que ya cree sentir que la robusta mano democrática se posa sobre sus hombros escuálidos; todos los que hoy medran con la desgracia ajena; el funcionario arbitrario, el fraile holgazán, el juez venal y el hirsuto esbirro, palidecen de rabia y de miedo y ponen en juego todas sus artimañas y todas sus fuerzas para conservar este odioso estado de cosas que los liberales deseamos ver morir.

Para contrarrestar las resistencias, para evitar la pérdida del terreno ganado por el Partido, merced a tantos sacrificios, aconsejamos la constancia. Perseverando, venceremos, porque cada día adquiriremos mayor fuerza, que equivaldrá a mayor debilidad por parte de la opresión.

Si cada correligionario se convirtiera en activo propagandista de la organización del Partido, en un mes el Partido Liberal sería lo suficientemente fuerte para exigir la libertad que anhela el pueblo.

Bueno es, por lo mismo no desmayar. El triunfo no depende sino de nosotros mismos, de los liberales, y deseamos emplear todo el tiempo que tengamos disponible en la organización del Partido, procurando que nuestros adeptos ingresen a él, y cada nuevo adepto, por su parte haciendo que otros y otros más engrosen las filas de los ciudadanos que tienen dignidad y desean ser libres y felices.

Consideramos que todos los liberales están penetrados de la necesidad de su esfuerzo personal para la rápida organización del Partido, y solamente los excitamos a que trabajen con ardor, con verdadero entusiasmo ya que de la buena voluntad de cada uno de los miembros del Partido Liberal depende el pronto triunfo de la justicia en nuestra abatida patria.

Ahora, más que nunca, hay que trabajar con entusiasmo. El hielo de la indiferencia principia a fundirse y el horizonte comienza a teñirse de rosa anunciando la espléndida epifanía de la libertad. Libremos de escombros el camino para que no tropiece y caiga la amada deidad. Trabajemos por ella, que es cariñosa y nos hará felices. Amémosla bastante; nuestra indiferencia la tenía postrada y por eso hemos sido tan desgraciados. Recordemos que descendemos de una estirpe bravía; veámonos bien la melena: ¡somos leones!

Así, pues, liberales, no hay que desmayar. Pronto tendrá el Partido su Programa según la convocatoria de la Junta de Saint Louis Missouri y debemos apresurarnos a emitir nuestras ideas y a activar la organización. Que cada liberal sea un apóstol propagandista de la buena nueva para que nuestro Partido se robustezca con nuevos adeptos dispuestos también a propagar el ideal.

Hay que hacer a un lado la apatía. La apatía nos encadena con más crueldad que el despotismo. Los apáticos están condenados a servidumbre perpetua. La tiranía durará el tiempo que dure la apatía en desaparecer. Si nos quejamos del medio en que vivimos, no somos justos porque nosotros tenemos la culpa, por nuestra apatía, de que tal medio sea pésimo. Carlyle1 lo dijo: "ninguno tiene derecho a quejarse de la época en que le tocó nacer. Si es mala, ahí está él para mejorarla".

Por lo tanto, deben cesar nuestras quejas; sólo a los eunucos les es lícito lanzar ayes. La lamentación además de ser ridícula, es estéril, mientras que la acción es fecunda…

¡Obremos!

– – – – NOTAS – – – –

1. Thomas Carlyle. Filósofo e historiador escocés (1795-1881). Autor de la célebre Historia de la revolución francesa  y de Los héroes y el culto a los héroes, en donde exponía la necesidad de éstos para la marcha progresiva de la humanidad. Incluye la frase: “ninguno tiene derecho a quejarse de la época en que le tocó nacer. Si es mala. ahí está él para mejorarla”.