Anakreón
El Colmillo Público,núm. 136, 15 de abril de 1906, p. 223

La debilidad de la dictadura

Los hombres que hemos logrado emanciparnos de la necia creencia de que la dictadura está haciendo la felicidad de la nación, hemos visto con entera claridad esa subordinación que de hecho existe de nuestro gobierno para el americano.

Los asuntos interiores del país, los más arduos, traen el sello de esa subordinación, y como van las cosas, día llegará en que nada se haga en nuestra patria sin el "visto bueno" del Tío Samuel.

Al principio del gobierno de Porfirio Díaz se sospechaba que existía esa subordinación; pero hechos posteriores han venido a hacer la luz en el asunto. El general Díaz es demasiado obsequioso con los yankees. Se arregló sin dificultad el permiso de nuestro gobierno para que los americanos tuvieran una estación carbonífera en Pichilingue1; se reconoció la odiosa deuda conocida con el nombre de los "fondos piadosos de California";2 se atienden con premura todas las reclamaciones de americanos; se permite a los yankees poseer bienes raíces en los límites con su nación; en los juzgados, en las oficinas públicas, en todas partes, los yankees son objeto de mil atenciones; concesiones jugosas, etc., son para los yankees, y hasta en la política los yankees gozan de privilegios. Es muy sabido que Porfirio Díaz atendió las indicaciones de los yankees nombrando vicepresidente a Ramón Corral, grande amigo de los tiranos.

Los nombramientos de gobernadores, de ministros, etc., son sabidos en los Estados Unidos antes que en México. Cuando se trata de contratar un empréstito, lo sabe primero el pueblo yankee que el nuestro. Todo eso, al principio llenaba de perplejidad a los mexicanos; ahora se ve con naturalidad. Lo raro ahora es que algo se haga en México; que de las oficinas del gobierno salgan iniciativas propias y no sugerencias.

Tan raro es eso, que cuando el 26 de diciembre del año pasado, acordó Porfirio Díaz prohibir que los yankees adquiriesen más minas en Sonora,3 todos se asombraron. Un rasgo tal en treinta años de continua complacencia con los americanos provocó gran extrañeza. Era la primera vez que se ponía un dique a la desbordante ambición yankee. Muchos hombres honrados aplaudieron la medida. En verdad, es un peligro para la integridad de la patria la preponderancia creciente del elemento americano en Sonora, y sólo se sentía, sólo se deploraba que no se tomase una medida eficaz para poner a salvo a toda la república.

Nosotros no entramos en el concierto de alabanzas. Siempre hemos creído faltos de sinceridad los actos de la dictadura que a primera vista parecen buenos. Un gobierno como el de Díaz no puede producir nada en beneficio de la nación. Nos cuidamos, pues, de aplaudir, e hicimos bien, porque festinadamente, con una precipitación sospechosa como del que quiere borrar una falta que desagradará a personas de consideración, Porfirio Díaz ha revocado4 la prohibición de 26 de diciembre, por la que se impedía que los americanos continuaran haciéndose dueños del estado de Sonora.

La prensa independiente ha hecho los comentarios del caso y no pocos colegas censuran con toda justicia la conducta de la dictadura que ha cedido indudablemente al temor de malquistarse con los yankees. En este, como en otros muchos, como en todos los casos, mejor dicho, en que se trata de intereses americanos, todo ha estado a favor del extranjero y en contra de nuestro porvenir.

La prensa semioficial por su parte, tratando de defender la actitud antipatriótica del gobierno, acaba de hundirlo. Dice esa prensa, —y su dicho necesita ser puesto en cuarentena— que el gobierno yankee ha declarado que no exigirá nada a México por las reclamaciones de americanos perjudicados con motivo de la rebelión yaqui; pero no se cita nada oficial ni auténtico y no podría citarse porque el gobierno de Washington no ha hecho tal declaración. Dice la prensa semioficial que en virtud de esa declaración, —que no existe,— del gobierno americano, Díaz no creyó necesario sostener su disposición de 26 de diciembre y por eso la revocó.

Nada de eso es cierto. El gobierno americano ejerce gran influencia en nuestra política y a eso se debe la festinada revocación de un decreto que estorbaba el robustecimiento del capital americano en nuestro país, pues suponiendo, —cosa que no está probada,— que el gobierno americano hubiera declarado lo que dice la presa semioficial, más hubiera sido eso motivo para sostener la prohibición que para revocarla, porque ni desavenencias internacionales habría desde el momento en que el gobierno Americano mismo, considera que, por la rebelión yaqui, es preferible que los yankees no se internen al territorio de Sonora.

No hay, pues, que atribuir a la supuesta declaración del gobierno yankee, la revocación de la prohibición de 26 de diciembre. Esa declaración, en último resultado, no era sino la ratificación de lo que había hecho el gobierno de Díaz, la sanción, mejor dicho, de la prohibición. Para evitar quejas y disgustos internacionales, el gobierno de Washington declaró, según los serviles, que no atendería reclamación contra México por perjuicios ocasionados a americanos por la rebelión yaqui. Por lo mismo, si fuera auténtica esa declaración, ella robustecería la prohibición del dictador, y en tal caso, era sencillamente estúpido revocarla, esto es, exponerse a las críticas y a las condenaciones justicieras del pueblo por tal acto antipatriótico.

Lo que en el asunto ha habido, es esa complacencia de nuestro gobierno para el americano, complacencia que nos avergüenza y nos humilla. Se sintió perjudicado con la prohibición el capital americano y protestó, y a eso se debe la revocación de la prohibición de que los extranjeros adquieran minas en Sonora.

El porvenir está lleno de amarguras para nuestra raza, porque nuestro gobierno, que se siente poseído de furor ante los ciudadanos aislados que lo acusan, es, en cambio, complaciente con los extranjeros que se están enriqueciendo a costa de nuestra futura libertad.

Los periódicos gobiernistas deben cesar en sus torpes defensas al gobierno que pruebas inequívocas ha dado de su amor a los extranjeros, que nace del sentimiento de su debilidad. No contando con el apoyo del pueblo que lo detesta por tiránico, recurre a la influencia extranjera, y para no perderla, necesario es que pague con complacencias y favores.

¡Escrito estaba que por nuestra mansedumbre teníamos que sufrir todas estas vergüenzas!

– – – – NOTAS – – – –

1 En 1861, el jefe político de Baja California autorizó a la armada de Estados Unidos para que se estableciera la estación carbonífera en la Bahía de Pichilingue, con la finalidad de abastecer a los barcos estadounidenses de la flota del Pacífico. En 1867 el gobierno ratificó la concesión y fue prorrogada en 1900, con la enmienda de que podría revocarse en cuanto el gobierno mexicano lo considerara conveniente. Fue clausurada en 1926 por orden gubernamental.

2 Fondo piadoso de las Californias; establecido por Carlos II en 1697 para financiar la misión evangelizadora de los jesuitas en ambas Californias. Los bienes contemplados en él eran propiedad de la Corona, hasta la independencia de México, cuando pasaron a formar parte del Estado mexicano. Tras la guerra de 1847, las misiones de la Alta California se desligaron de la Iglesia mexicana. A partir de 1859 los jerarcas de San Francisco y Monterrey, California, reclamaron al gobierno norteamericano que exigiera a México el pago de los intereses del fondo que, a su entender, les correspondían. La petición fue analizada por una comisión mixta que determinó el pago de 904,700 dólares. A partir de 1868 los obispos californianos volvieron a exigir el pago de la deuda, reclamando además la liquidación de intereses anuales desde 1847. En 1902, el gobierno mexicano llevó el caso al Tribunal de la Haya, cuyo fallo determinó que México debía pagar 1, 428, 682 dólares más 43,050 dólares a perpetuidad por concepto de intereses anuales. El asuntó se discutió en negociaciones diplomáticas subsecuentes hasta el sexenio de Adolfo López Mateos cuando se pagaron 716,546 dólares a cambio del pago anual a perpetuidad. La deuda se liquidó en 1967.

3 Decreto de fecha 26 de diciembre de 1905, motivado por la queja de empresarios norteamericanos por la inseguridad en la que se encontraban sus bienes a causa de la rebelión yaqui y la incapacidad del gobierno para defenderlos.

4A instancias del gobernador Rafael Izabal, los norteamericanos dueños de minas enviaron cartas encomiando las medidas del gobierno en relación a sus intereses y negando las noticias sensacionalistas de la prensa norteamericana. Acto seguido el gobierno frevocó el decreto del 26 de diciembre.