Anakreón
El Colmillo Público,núm. 140, 13 de mayo de 1906, p. 287, 288

Candor del Despotismo

Un ruido de cerrojos por toda la república, anuncia el principio de una de tantas represiones violentas que de tiempo en tiempo ejerce la dictadura para librarse de la acusadora palabra de los defensores de la libertad.

Hoy como ayer y como siempre, el argumento que esgrime el poder es el de la cárcel.

¿Habla un ciudadano palabra de verdad? pues a la cárcel, a rodearlo de una atmósfera de miseria y de desprecio; a humillarlo para ver si se consigue que su frente se incline al fin y selle con una sumisión vergonzosa su actitud batalladora y digna.

De todas partes nos han llegado noticias de atentados cometidos en estas últimas semanas contra hombres que cometieron el grave "delito" de decir la verdad, hoy que los actos de los ciudadanos deberían estar regidos por la hipocresía y la mentira. No basta el escándalo que tanto ha alarmado a la nación y ha resonado en el extranjero como una prueba de nuestra esclavitud: nos referimos a la larga prisión que han soportado los heroicos Carlos P. Escoffié Z. y Tomás Pérez Ponce, quienes tienen ya cerca de un año y medio de estar procesados en Mérida, Yucatán, sin que hayan obtenido ni su libertad ni una sentencia, que en todo caso tendrá que ser arbitraria, pero que al menos daría visos de legalidad a esa manifiesta venganza de que son víctimas nuestros correligionarios yucatecos; no bastaba, decimos, esa larga tortura que han sufrido los viriles yucatecos por haber denunciado la esclavitud en su tierra; nuevos escándalos se fraguaban en la sombra y hace unas cuantas semanas que han venido sucediendo en diversas regiones del país, y aun en el extranjero, donde se persigue encarnizadamente a los correligionarios Flores Magón y Sarabia.

En Oaxaca es empujado a la cárcel el altivo correligionario Adolfo C. Gurrión y expulsado del Instituto de Artes y Ciencias el bravo liberal Plutarco Gallegos; en Chinameca, Veracruz, según datos vagos que hemos recibido, un grupo de liberales ha sido objeto de un atentado que indigna; en San Juan Bautista, Tabasco, los antirreeleccionistas han sido reducidos a prisión; en Ahome, Sinaloa, un dignísimo liberal, el señor Jesús María Elizondo,1 ha sido vilmente atropellado y conducido al Fuerte en medio de una gruesa escolta por el "delito" de no ser servil; en esta capital, el valeroso Paulino Martínez2 es arrancado de su hogar y conducido a una bartolina de Belem, porque tampoco es servil; y por el estilo, una larga serie de atentados se están cometiendo para acallar esa protesta que vibra en el ambiente, esa acusación formidable de la opinión pública que señala a nuestros gobernantes como reos del delito de haber dado muerte a la libertad.

Todos los malos gobiernos se empeñan en acallar las acusaciones de los hombres honrados, con encarcelamientos y medidas violentas, y, como si ignorasen la historia, sueñan que de ese modo ya no habrá voces robustas que acusen. ¡Cómo se engaña el despotismo! Si antes de la primera víctima no había más voz que la de ésta, después serán cuatro, veinte, cien. El atentado tiene el privilegio de desprestigiar al que lo comete y de rodear de un nimbo de martirio a la víctima.

Ninguno propaga tanto las verdades que asientan los hombres independientes, como la misma tiranía que, con sus excesos, no hace más que comprobar que es mala, que es liberticida y que los perseguidores son los que tienen la razón.

El objeto de la dictadura al perseguir a los luchadores, ha sido el de matar el descontento, ¿pero es posible eso? ¿Es dando pruebas de crueldad como se adquiere una patente de bondad? ¿Para probar que lo amargo es dulce, es menester redoblar la amargura?

¡Ah, sueños locos de una dictadura que no acierta dónde poner el pie!

El suelo donde se asienta el actual despotismo está muy reblandecido, no ha habido lágrimas que no hayan mojado; no ha habido sudor que no haya caído en él; ¿y en cuanto a sangre?… Está rojo de ella.

¡En treinta años los cascos de los corceles de los cosacos han roto la veste de la república! Y mil conciencias indignadas ante la vista de esos jirones sagrados se resisten a someterse. Es, pues, inútil, que la tiranía se extreme y en sus últimas convulsiones quiera ahogar la protesta en las gargantas.

Ellas se hacen oír a pesar de todo.

Poned una hoja de papel en la boca de un cañón; a eso equivale correr un cerrojo detrás de un hombre libre; la hoja de papel no detendrá el disparo; los muros de la prisión no ahogan las maldiciones que brotan de los labios de los hombres enteros.

La oposición se robustece. De la inmensa masa de oprimidos donde tiene honda resonancia los excesos del despotismo, sale un clamor que crece a cada instante, sin cesar y que amenaza ser ensordecedor. ¿Eso es lo que se quiere acallar? ¿Puesta en vibración la primera capa atmosférica, habría algún loco que quisiera impedir el ensanchamiento de la onda sonora en el espacio libre?

Perded toda esperanza ¡oh déspotas! las voces acusadoras se oirán, y manos invisibles continuarán trazando en los muros de todos los palacios las amargas palabras: ¡Mane, Thecel, Phares!3

Quisiéramos llamaros a la razón, pero como la habéis perdido, nos conformamos con anunciaros que la justicia triunfará al fin. No os podéis detener en vuestro descenso, el plan inclinado que escogísteis os llevará a la derrota. Lo malo será que en vuestra caída os llevéis nuestra nacionalidad que habéis empujado por vuestro camino!

Pretendéis ahora un nuevo empréstito de cuarenta millones de pesos oro que acelerará la caída de la patria, esa Klonadyke4 ha abierto todos los apetitos.

Puede continuar el ruido de los cerrojos. Los ciudadanos pueden ser paseados entre filas esbirros y entre la conciencia de cada hombre y sus actos puede continuar interponiéndose el garrote de los gendarmes; la protesta no morirá. Las cárceles rebosarán de hombres enérgicos; en las encrucijadas habrá que poner algunas lápidas más; la protesta continuará creciendo hasta atronar el espacio como voz de tempestad.

Nadie podrá detener el avance de las ideas redentoras. Un luchador que cae, no es una idea que muere. Toda causa grande tiene sus sinsabores, pero ellos sirven para robustecer convicciones. El luchador preso o perseguido es como la semilla dentro de la tierra: si es buena, está en condiciones de fecundarse.

No hay que temer, pues, ni persecuciones ni cárceles. La idea no está al alcance de las garras de los opresores y ella es acariciada por todos los que anhelan un porvenir de libertad y de justicia.

Si no hubiera oprimidos; si hubiera buenos jueces; si el trabajador no viera desaparecer su pan en manos de los cuestores del gobierno y en las uñas de los que lo alquilan por un salario de mendigo; si las filas del Ejército no estuvieran suspendidas como una inmensa amenaza sobre los humildes; si no hubiera caciques, ni leva, ni tiranía, en fin, la idea no progresaría y tendría por tumba el cráneo mismo del que la hubiera concebido. Pero se vive en la patria una vida nada honrosa, azotados los ciudadanos por todos los audaces, y de ahí que la idea redentora no pueda morir, sino antes bien se robustece con los atentados con que a diario nos obsequia la dictadura.

Desengáñese el despotismo. La tiranía es un fruto podrido que en vano intenta afianzarse de la rama para no caer.

– – – – NOTAS – – – –

1 Jesús María Elizondo. Médico y político sinaloense. En 1906, fue presidente del Comité Liberal de Ahome, Sin., encargado de organizar los festejos independientes con motivo del centenario de Juárez. El Jefe Político, Ignacio de la Fuente, obstaculizó los trabajos del comité y acusó a Elizondo y a otros miembros del Comité de “faltas a la autoridad”. Fue aprehendido y trasladado a Los Mochis, y de ahí  a El Fuerte, cabecera de distrito, donde recuperó la libertad bajo protesta.

2 Paulino Martínez (1862-19??). Periodista guanajuatense.  Participó en la conspiración del general Trinidad García de la Cadena y Mariano Escobedo. En 1888 publicó El Chinaco, tras la clausura y confiscación de la imprenta se refugió en Laredo. Se vinculó al movimiento de Catarino Garza, Ignacio Martínez y Cecilio Garza, Emeterio Chapa y Jesús Ruíz Sandoval.  Fue encarcelado en San Antonio, Tex., por violación a las leyes de neutralidad. A su salida publicó La Voz de Juárez y las memorias de Lerdo ambas en San Antonio; 12 años después regresó a México y refundó La Voz de Juárez en la ciudad de México. En 1906 entró a la cárcel y su fianza fue pagada por Francisco I. Madero; defendió la huelga de Río Blanco y dio asilo a sus dirigentes José Neira y Ramírez; publicó El Insurgente en 1908. En octubre de 1909, vuelve a exiliarse en San Antonio, Tex. En 1910 publica El Monitor Democrático. Cercano a Madero, quien le encarga la negociación con los Flores Magón, colabora en la fundación del Centro Antirreeeleccionista pero rechaza los tratados de Ciudad Juárez, presidió la delegación zapatista a la Convención de Aguascalientes. Murió asesinado por orden de Francisco Villa el 13 de diciembre de 1914 en San Bartolo Naucalpan.

3 Sentencia bíblica: (Daniel  25:28), traducida como: “pesado, contado, medido.”

4 Región aurífera de Canadá, en el territorio del Yukón. Las minas fueron descubiertas en 1896, lo que atrajo alrededor de 30 mil aventureros, provenientes principalmente de Estados Unidos.