Anakreón
El Colmillo Público,núm. 141, 20 de mayo de 1906, p. 308

La deuda de Maximiliano

Un desventurado periódico, La Semana Comercial, inspirado indudablemente por los que tienen interés en que la nación reconozca la deuda de Maximiliano, aconseja al gobierno que reconozca esa deuda, no menor de cien millones de pesos, únicamente para dar una prueba de la fenomenal solvencia de la república.

Nuestros lectores ya están al corriente de lo que significa esa deuda. Ella fue contraída por el emperador Maximiliano para pagar a los soldados franceses que asesinaban a nuestros padres. La deuda, por esa razón, es odiosa, y al reanudarse las relaciones entre México y Francia, se estipuló que no se reconocería.

Se había echado en olvido la tal deuda. Ya ninguno de los tenedores de "petits biens" tenía esperanzas de recuperar el dinero que habían facilitado para degollar al pueblo mexicano; pero los "científicos" que están siempre a caza de negocios, han resucitado el asunto viendo en el fondo de él una flamante tajada que devorar.

El negocio es brillante para esos fenicios ávidos de oro. Bonos que no valían nada, pueden adquirirse casi regalados, y si se logra hacerlos valer, con unos cuantos centenares de pesos que se hayan gastado en adquirirlos, se realizará una ganancia de cien millones de pesos.

Esa es la operación que quieren hacer unos cuantos ambiciosos echando sobre la nación una nueva abrumadora carga.

Ahora bien; como el negocio quieren hacerlo los "científicos", sin darles nada a los reyistas, estos pobres diablos han puesto el grito en el cielo y aseguran en sus papasales que la dictadura no aprobará tal deuda.

Nosotros, en cambio, creemos que si los "científicos" se empeñan, la deuda será reconocida.

La dictadura no cuenta con más apoyo que el que le prestan sus lacayos, y es indudable que tiene que concederles favores para tenerlos gratos. ¿En qué se gasta el dinero de la nación si no en mantener a los serviles?

Todo negocio que aproveche a los lacayos tendrá que aprobarse. Eso lo saben bien los reyistas, pero nunca han tenido la entereza de confesarlo.

Siempre cobardes, siempre hipócritas, los partidarios de Bernardo Reyes no se atreven a tocar a la dictadura.

Ambiciosos y ávidos de enriquecerse, los reyistas han declarado guerra a muerte a los "científicos" para ver si logran gozar de las preferencias de la dictadura. No es la dignidad la que se rebela en esos mercaderes, es el estómago. Si fueran dignos, no servirían al desprestigiado gobernador de Nuevo León.

El pueblo ve con igual repugnancia a "científicos" y reyistas, camarillas de lacayos que sólo se distinguen en que los primeros hacen mejores negocios que los segundos, de donde nace el odio que éstos profesan a aquellos.

Si se reconoce la deuda de Maximiliano, no serán los culpables los "científicos" sino la dictadura. El reyismo quiere hacer entender que Porfirio Díaz es víctima de los "científicos", como si tratara de un chicuelo a quien pervierten amigos ya entrados en años. Es que el cobarde reyismo no se atreve a asumir una actitud viril.

La dictadura es la responsable de todos los males que afligen al pueblo. Porfirio Díaz no es un menor de edad a quien corrompen los hombres que lo rodean. Él es el que ha sostenido a muchos para que lo ayuden a sostener el despotismo, y de su voluntad dependen todos los asientos de la administración pública.

La camarilla de burgueses ventrudos que ramonea en los pastos del Presupuesto y se enriquece con grandes negocios más o menos turbios, la camarilla "científica", no existiría si no existiera la dictadura que necesita apoyo porque no lo tiene de parte de pueblo, y echa mano del primer guiñapo moral que se le presenta ofreciendo sus servicios.

Es pues a la dictadura a la que hay que culpar, y así lo comprende el pueblo con ese buen sentido de que ha dado prueba en muchas circunstancias.
No sería remoto que se reconociera la deuda de Maximiliano así como se reconoció la deuda inglesa1 y se sometió a arbitraje la deuda conocida con el nombre de Fondos Piadosos de California2, no dándose al licenciado Emilio Pardo los datos que se necesitaban para que triunfara México.

Conocemos bien a nuestro dictador, y sabemos que no le preocupa el porvenir de la patria. Su interés consiste en permanecer en el puesto mientras viva, y asegurando negocios a sus favoritos lo consigue.

Poco le importa a don Porfirio el futuro de la patria. Para él no existe más que el presente y por eso lo vemos contratar empréstitos tranquilamente cuando sabe muy bien que la empobrecida nación ya no cuenta más que con su territorio para pagar las deudas.

"Después de mí, el diluvio," debe decir el dictador.

Y así será si se siguen contratando nuevos empréstitos o reconociendo deudas que no deben ser pagadas.

El pueblo será el que pague con la vida de sus hijos, los actuales derroches de dinero, pues no serán los "científicos" ni ninguno de los que se ha aprovechado del actual desbarajuste, los que presentarán sus pechos cuando los banqueros extranjeros envíen sus soldados para pagarse con el territorio nacional. Los que se han aprovechado del actual desorden se pondrán a salvo con sus tesoros tan pronto como en nuestros mares aparezcan las escuadras extranjeras.

Este es el porvenir de los pueblos que abandonan sus derechos.

– – – – NOTAS – – – –

1 Refiérese al convenio Noetzlin-Sheridan, que normaba el pago del adeudo mexicano a aquella nación. En noviembre de 1884, tras dos días de agitación popular y estudiantil fue rechazada.

2 Véase supra, n. 247.