Anakreón
El Colmillo Público,núm. 142, 27 de mayo de 1906, p. 318

Seamos dignos

Varias veces hemos leído en los periódicos del gobierno, y en los periódicos clericales que son también del gobierno, consejos paternales a los obreros. Naturalmente, se les aconseja sumisión, se les exhorta a que sean respetuosos con sus patrones, en una palabra, se les enseña a que sean serviles y abyectos para que no se opongan a que la autoridad los utilice para soldados; a que el fraile lo envenene con sus doctrinas buenas para eunucos y no para ciudadanos, a que el patrón les arranque más o menos brutalmente la lana.

Esta educación servil que se da a los obreros, tiene consecuencias fatales, consecuencias que todos los hombres que estudiamos el medio social en que vivimos, podemos palpar.

Una de las consecuencias es la miseria en que vive el obrero y la ninguna estima en que lo tienen las clases elevadas de la sociedad.

En efecto, la miseria es el producto de la sumisión. Los hombres que por acatar las doctrinas envilecedoras de la Iglesia y de la tiranía, no luchan por mejorar su condición, van derecho a la esclavitud.

No; la victoria no es para los sumisos. ¿Qué otra cosa quisieran los que embaucan si no turbas de ilotas?

El obrero debe trabajar pero no como lo hacen los forzados. Debe trabajar como hombre libre satisfecho de proporcionarse comodidades con sus músculos, con la seguridad de que de ese modo trabaja por la felicidad general cooperando a la producción.

Pero hoy el obrero no trabaja así. Inclinado sobre el trabajo de diez a quince y aun dieciséis horas diarias, sólo procura el bienestar del que toma en alquiler su fuerza, y a él, al obrero, no le queda más que el cansancio de la abrumadora tarea, en cambio de un salario que ni los pordioseros admitirían.

Tal estado de cosas es notoriamente injusto, ¿pero cómo remediarlo? ¿Por medio de la humilde sumisión? No; sobre los débiles tienen derecho a cabalgar los fuertes; los hombros de los humildes se hicieron para soportar el peso de los audaces; la libertad es un don que obtienen únicamente los hombres de puños robustos.

El obrero debe pensar que puesto que a él se debe la riqueza, tiene derecho a gozarla, y que nunca podrá tener goce si continúa inclinado durante largas horas sobre un trabajo duro hasta para galeotes. El obrero debe pensar en que todo triunfo necesita un trabajo preliminar de organización. Deben, pues, organizarse los obreros, unirse para poder ir conjuntando sobre el capital el derecho que tienen a ser felices todos los que producen.

La conquista de la jornada de ocho horas y de un aumento de salario, pondrá a los trabajadores, esto es, a los que producen la riqueza, en aptitud de fortalecerse y de emprender la marcha hacia mejores conquistas.

¿Qué hombre honrado no quiere que el trabajador se eleve, que sea feliz y se dignifique por medio de la libertad?

Todos los que soñamos con una patria grande y gloriosa, deseamos eso, y por lo mismo el Programa del Partido Liberal procura esa conquista. Todos los hombres que sinceramente trabajan por la grandeza de la patria comprenden que para que ella llegue a ser verdaderamente grande, necesita que sus hijos sean felices.

Seguiremos siendo esclavos; si sólo unos cuantos mimados de la fortuna siguen poseyendo las tierras mientras millones de mexicanos no son dueños ni de la pequeñísima porción de tierra que ocupan sus pies; si el trabajador continúa suicidándose en sus pesadas labores sin contar con una buena ración alimentación; si los niños proletarios por su pobreza no pueden ir a las escuelas, y los adultos por la miseria y la fatiga no pueden ilustrarse; si el trabajador continúa siendo carne de presidio y de cañón, y la mujer obrera continúa luchando con la disyuntiva terrible de prostituirse o morirse de hambre; si todo eso se perpetúa, no pensemos en la regeneración política y social de nuestra patria y suicidémonos de una vez si no tenemos el deseo, la voluntad de ser felices.

Por el camino de la resignación no podrá llegar a ser grande ningún pueblo. Naturalmente los que están interesados en que se perpetúe un estado de cosas que significa el dolor de muchos y el regocijo de unos cuantos, predican el envilecimiento. Pero los espíritus libres debemos luchar contra tales supercherías.

La historia no da cuenta del engrandecimiento de ningún pueblo conforme con su desgracia, y aun los individuos en particular, cuando se abandonan, cuando ya no abrigan las reacciones sanas, permanecen en la mediocridad desesperada que revela su falta de voluntad.

No nos abandonemos conciudadanos. Despreciemos a todo aquel que nos hable de resignarnos con la suerte que nos tocó. Seamos activos y honrados, unámonos y seremos felices.

La felicidad está al alcance de nuestras manos; tomémosla; desposémonos con ella. De lo contrario seguiremos atados al potro de todas las tiranías y desapareceremos como nación y como raza. Los débiles perecen.

Perpetuemos nuestra raza pero no una raza de esclavos. Mas si nos resignamos; si no tenemos fuerza para sacudir el yugo, seamos al menos, como dijo Martí,1 tan dignos como los elefantes; no tengamos hijos.

– – – – NOTAS – – – –

1 José Martí (1853-1895). Político y escritor cubano. Desde muy joven combatió por la independencia de Cuba del dominio español, razón por la que estuvo largamente exiliado en varios de países de Latinoamérica y en Estados Unidos. Fundador del Partido Revolucionario Cubano. Murió en la batalla de Dos Ríos. De su obra poética destacan sus Versos sencillos y Versos libres; de sus escritos sociales: El presidio político en Cuba (1871), La República española ante la revolución cubana (1873) y las Bases del Partido Revolucionario Cubano (1892). En Nuestra América (1891), plasmó su ideario latinoamericanista.