Anakreón
El Colmillo Público,núm. 142, 27 de mayo de 1906, p. 326, 327

El juicio de amparo

Continúa siendo el tema de la prensa, la interesante cuestión del juicio de amparo que, según la dictadura debería restringirse para evitar que en la Suprema Corte de Justicia de la nación, se sigan acumulando juicios y más juicios que tienen que ser revisados y de los cuales hay pendientes de resolución muy cerca de cinco mil.

Nada más natural que un gobierno autocrático como el de Porfirio Díaz trate de restringir los derechos de los ciudadanos.

Lo raro, lo estupendo, sería ver a la dictadura destruyendo los obstáculos que se presentan a los ciudadanos en el ejercicio de sus derechos.
Hay cinco mil juicios de amparo pendientes de resolución, y cuando esa respetable cifra reveladora de los atentados de que a cada paso son víctimas los mexicanos, debería indicar a un gobierno patriota que es necesario, que es urgente suprimir la injusticia, lo único que se le ocurre al gobierno que nos oprime, es suprimir la justicia. La dictadura ha pensado de este modo: son muchos los que piden justicia, pues suprimámosla para que ya no la pidan.

Todo eso encaja muy bien dentro del programa de la tiranía y nadie habla de asombrarse. Lo asombroso está en que, aunque mutilada, nos quede aún una Constitución.

Nosotros creemos que con juicio de amparo o sin él, mientras subsista la actual dictadura, seremos igualmente infortunados. La dictadura trata de reformar ese juicio, pero así como ha sido impracticable hasta ahora, lo será después de la reforma. Restringiendo el juicio de amparo, será tan ilusorio como lo es ahora. El mal no está en las leyes, sino en los encargados de aplicarlas.
Leyes magnificas nos quedan muchas ¿y hay justicia por ellas?…

El tuxtepecano nos ha enseñado que nada significan las leyes, si los encargados de aplicarlas no las observan, y por eso no nos preocupa que Porfirio Díaz quiera hacer todavía más impracticable el juicio de amparo, pues tenemos la seguridad de que nunca habrá justicia en nuestro infortunado país mientras subsista el régimen actual.

Convencidos de que el actual gobierno solo procura su provecho propio, esto es, el bienestar de los hombres que lo integran, trabajamos para el porvenir en el que tenemos fijas las miradas.

En efecto, hemos tenido juicio de amparo, más o menos practicable, pero en fin, hemos tenido un último recurso del que muchos se han acogido sin obtener la más mínima ventaja. Los juicios de amparo, como lo ha confesado el mismo dictador, duermen cobijados por el polvo y las telarañas en los estantes de la Suprema Corte de la nación. ¡Hay cinco mil expedientes en esos estantes, que son otros tantos atropellos infligidos a los ciudadanos!

¡Y habría cien mil expedientes más si nuestros compatriotas no hubiesen comprendido al fin que nadie los ampara y que sólo los ricos y los mandones tienen para sí la justicia!

No se trata solamente de cinco mil arbitrariedades, de cinco mil ataques a los derechos del hombre; el número de expedientes de amparo, es todavía mil veces inferior a los atentados de todas clases, que en todas partes y a todas horas se cometen. Miles de ciudadanos prefieren devorar sus cóleras, a promover un juicio de amparo anticipadamente condenado a descansar bajo un sudario de polvo y de telarañas…

No hay justicia en nuestro país, y esta verdad es axiomática. A pesar del juicio de amparo las autoridades se desmandan y nos gobiernan como si fuésemos cafres.

En los batallones hay millares de individuos a quienes se ha atemorizado para que no pidan amparo contra su ilegal consignación al servicio de las armas. Otros millares hay también que han pedido amparo a pesar de los consejos en contrario, y que no han conseguido sino agravar su condición.

Cuántos ciudadanos a quienes la autoridad ha coartado el derecho que tiene a elegir funcionarios, han perdido su tiempo y su dinero recurriendo a la justicia federal en demanda de amparo, cuántos otros, sentenciados injustamente por uno de tantos jueces como hay, han pedido amparo sin conseguir un átomo de justicia. Los expedientes de todos duermen en los estantes, o han sido despachados a la carrera, sin estudio, dando la preferencia a las autoridades violadoras de garantías constitucionales.
En un medio así, de injusticia, "a outrance", en que la suerte de los ciudadanos no depende de la ley, sino del capricho, es inútil que haya juicio de

Amparo, y si se le reforma en el sentido de restringirlo y aun si se le suprimiera en los absoluto, seríamos tan desgraciados como si constara por escrito que fuera lo más amplio posible.

Ese es nuestro criterio, y por eso no nos preocupa mucho que, durante la actual dictadura haya o deje de haber juicio de amparo. Sabemos por anticipado que de todos modos no ha de haber justicia, y que política y socialmente, los mexicanos tendremos que ser parias, mientras no triunfe el Partido Liberal y se habrá al pueblo redimido el camino que hoy obstruyen la ambición de unos cuantos y el capricho de un puñado de audaces.
El juicio de amparo aportará bienes efectivos, cuando otros hombres tomen a su cargo la dirección de los negocios públicos del país. Para entonces debemos laborar, incitando a todos los compatriotas a que se unan, a que formen una unidad robusta con el conjunto de todas sus voluntades, encaminadas, no al sostenimiento de la actual tiranía, sino a la formación de ese medio de libertad y de justicia que de todo corazón anhelamos.
La dictadura es un tronco podrido que ningún beneficio general puede garantizar, y si se tratara, no ya de restringir el juicio de amparo, sino de aplicarlo y de hacerlo verdaderamente práctico, la reforma, sin morir la dictadura, sería absolutamente inútil. Eso equivaldría a injertar ramas vigorosas en un tronco que se desmorona de podredumbre y de vejez.

Dejemos a la dictadura que restrinja o amplíe el juicio de amparo, seguros de que la injusticia será la misma, y dediquémonos a transformar este medio que a ojos vistos nos envilece.

Estudiemos, con afán de hombres honrados, lo que necesita el pueblo para avanzar y no morir de abyección. ¿Por qué no mejor que perder el tiempo en discusiones estériles con los periódicos de la dictadura, nos dedicamos los periodistas verdaderamente independientes a popularizar el Programa del Partido Liberal? Haciendo esto último, tendremos la seguridad de trabajar por el bien efectivo del pueblo.

Desengañémonos; nada se conseguirá con el juicio de amparo, mientras Porfirio Díaz sea el árbitro de todos los asuntos; mientras el fraile continúe envileciendo a los hombres, y mientras el rico siga abusando del obrero. Propongámonos, como hombres y como mexicanos, unirnos, ser fuertes y luchar por ideales redentores. ¿No es vergonzoso que el pueblo mexicano sea un pueblo de analfabetas en este siglo XX? ¿No abochorna que los hombres que trabajan, coman menos que los holgazanes que los roban? ¿No subleva que unos cuantos gocen de la vida mientras millones de parias se pudren en la indigencia y se agotan de dolor? ¿Cómo vamos a hacer que amen la patria hombres que sólo reciben escupitajos de las autoridades y ven acaparada la tierra en que nacieron por uno cuantos señores feudales? ¿Qué redención puede operarse cuando los niños son explotados por los ricos en lugar de ir a la escuela, y las mujeres proletarias tienen —¡oh, vergüenza para los hombres!— que prostituirse muchas veces para ganar un pan que no pueden obtener con su trabajo vilmente explotado por amos avaros?

¡Ah; hay muchos males que necesitan urgente remedio! El juicio de amparo es ilusorio, mientras no haya justicia. No perdamos el tiempo en discusiones que resultan pueriles por puro inútiles. El mal está en el sistema todo que nos maltrata y en cuyos rodajes vamos dejando nuestra dignidad y nuestro porvenir.

Unámonos, compatriotas. El Partido Liberal ha convocado a todos los mexicanos. Sostengamos su Programa que en la negrura de nuestros infortunios ha aparecido como la aurora de una era de más equidad. Ya es tiempo de escoger: o nos resignamos a ser juguete de todas las tiranías, o nos unimos e imponemos nuestra voluntad de ser libres.
¡Escojamos!