Anakreón
El Colmillo Público,núm. 143, 3 de junio de 1906, p. 334, 335

Competencia China

Si se perpetuase la actual dictadura; si la máquina que nos tritura nunca llegase a descomponerse y a morir: si el despotismo con su legión de esbirros y su El Imparcial solapador de cuantos viviesen varios lustros más, —por un extraño y funesto fenómeno de longevidad,— la nación Mexicana llegaría a ser un país extranjero para los mexicanos.

Esta triste reflexión nace sin esfuerzo, ora contemplando esa desmedida invasión de hombres de raza amarilla que vienen a disputarle al mexicano la escasa pitanza que una plutocracia avara le concede, —explotando criminalmente las fuerzas del bracero,— ora leyendo las malévolas doctrinas de la prensa burguesa, que en su desprecio soberano por los intereses de la nacionalidad y el porvenir de la raza mexicana, sólo atiende al interés de la dictadura y al enriquecimiento de los negociantes, nacionales y extranjeros, que ayudan a sostener el despotismo.

Desde su fundación, El Imparcial ha aturdido al pueblo con este estribillo: hay escasez de brazos en la república, y es necesario importar brazos de cualquier raza: chinos, si chinos quieren venir.

En efecto, los grandes negociantes no encuentran a la mano el número de brazos que necesitan explotar; no hay suficiente número de esclavos disponibles y entonces, El Imparcial, que está al servicio de los que oprimen, pone el grito en el cielo y sale en defensa de los intereses de los "pobrecitos" señores capitalistas, que están en el gravísimo peligro de no ver aumentar sus tesoros en la proporción que su ambición deseara.

El Imparcial allana la dificultad con asombrosa facilidad: ¿faltan brazos? pues a traerles de China. En lugar de estudiar la cuestión como lo indica la honradez, desata el nudo gordiano como el personaje histórico cortándolo.

Las negociaciones que hay en la república necesitan brazos, pero brazos de esclavos que trabajen hasta dieciséis horas diarias y que se conformen con una ración de alimento como para un pájaro, y brazos de esa clase es difícil encontrarlos aun en nuestra infortunada raza tan sobria, tan leal. Por eso El Imparcial órgano de los que oprimen, aboga por los chinos, cuya suciedad y servilismo son legendarios. El chino trabaja por menos dinero que un mexicano.

Un periódico que ame al pueblo del cual forme parte nunca abogaría porque a los trabajadores de su patria se les hiciera competencia por trabajadores de otro país que se alquilaran por menos. Todavía más: un verdadero periódico, un defensor de los intereses de la sociedad y no de los intereses de unos cuantos especuladores, reprocharía que no ya obreros chinos, sino aun obreros mexicanos, hiciesen competencia por menos precio a los demás trabajadores mexicanos.

Pero El Imparcial no entiende nada de esto. Defender a los humildes no es "negocio", y defiende, naturalmente a los que pueden cubrirlo de oro: los ricos y el gobierno.

En realidad no hay escasez de brazos en la república. Para los negocios que hay, sobran brazos. Lo que sucede es que los mexicanos no quieren ser esclavos, no quieren que se les explote villanamente, y por eso no van a trabajar a las negociaciones que se quejan de la falta de obreros nacionales.
Mexicanos dispuestos a trabajar hay muchos; pero ¿cómo es posible que admitan los miserables salarios que se les paga por trabajar hasta deslomarse?

Regularmente ha sucedido que las negociaciones que se quejan de la falta de brazos, o algunas de ellas, han encontrado el sistema de enganches para proveerse de trabajadores. Al principio, gran número de éstos, atraídos por las halagadoras promesas de las negociaciones, se enganchaban; pero comenzaron a circular relatos espeluznantes sobre el pésimo tratamiento que se da a los trabajadores en esas negociaciones; se hizo público el tremendo abuso de que no se pagaba el sueldo que para atraer braceros se prometía; la prensa denunció mil y un atentados de que eran víctimas los proletarios, a quienes se llega a azotar y aplicar tormentos, o bien se les tiene contra su voluntad algunos años después de que terminó el plazo fijado en los contratos.

Se llegó a saber que los trabajadores enganchados vivían como presos, se les encerraba durante las noches y recibían pésima alimentación. Y como para subrayar todas esas descripciones nada tranquilizadoras, la autoridad no atendía quejas ?ni las atiende actualmente,? estando siempre de parte de los ricos.

¿Podría haber trabajadores mexicanos que sabiendo que se les iba a hacer víctimas de humillaciones y de maltratos, aceptasen ir a trabajar donde se les hacía esclavos?

Los brazos empezaron a escasear por ese motivo, y entonces la prensa gobiernista se dedicó a denigrar al trabajador mexicano y a aconsejar que se trajeran braceros chinos. El chino trabaja todavía por menos dinero que el mexicano y es, por lo mismo, más ventajoso para los especuladores contratar chinos, cuya presencia en nuestra patria, indica la falta de patriotismo de nuestro gobierno, que en lugar de trabajar por la dignificación del obrero mexicano, trae chinos serviles que le quiten el trabajo, o lo que es lo mismo, el pan de las familias pobres.

La renuencia del trabajador mexicano a engancharse para ir a ser esclavo en las grandes negociaciones, debía haber obligado a éstas a ser más humanas, a pagar mejores salarios y a cumplir en todas sus partes los contratos con los obreros; per a nuestro gobierno no le importa la suerte del pueblo y permite, —y quién sabe si hasta lo aconsejará,— que se traigan chinos para suplir la falta de brazos mexicanos que no quieren ser esclavos.

Decimos que tal vez aconseja el gobierno la importación de ganado amarillo, porque la prensa independiente ha estado diciendo en estos últimos meses que tanto Porfirio Díaz, como Ramón Corral, aconsejan a los dueños de empresas que no paguen buenos salarios a los obreros.

Hay en nuestra patria millones de hombres que no quieren otra cosa sino trabajar, pero no como mulos bajo el látigo del negrero, sino en condiciones más justas. El trabajador mexicano no es, como dice El Imparcial, un individuo adherido al terruño como el caracol a las raíces del árbol, y que no sale de su pueblo en busca de trabajo. La vulgar mentira solamente la creerán los que sólo conocen los asuntos del país por lo que dicen los periódicos gobiernista, o lo que es lo mismo, nada saben del país en que viven, porque esos periódicos propagadores del engaño, nunca dicen la verdad.

El trabajador mexicano es emprendedor y busca su felicidad; pero en nuestro país tiene en su contra a los caciques, a los malos gobernantes, que pesan sobre él del mismo modo que los ricos. Cuando el trabajador mexicano procura su bienestar, tropieza con el cuartel o con el presidio. Que vaya un trabajador a exponer ante una autoridad una queja contra los poderosos del dinero; si no se les castiga por "díscolo", por "revoltoso", por "calumniar" al señor de la negociación, cuando mejor librado sale tiene que soportar la aguardentosa reprimenda de cualquier cacique de los ricos.

Si El Imparcial obrara de buena fe, si no moviera sus linotipos y rotativas el chorro de dinero que los ricos y la dictadura vierten en los bolsillos de sus redactores, no se atrevería a estampar contra los obreros las falsedades que acostumbra. El trabajador mexicano no vive adherido al terruño como un caracol, sino que, buscando un respiro a la negra miseria en que vive por causa de la tiranía, busca fuera del país el pan que aquí se le escatima.

Año por año franquean la frontera norte de la república para ir a trabajar a los Estados Unidos, unos cien mil mexicanos que desmienten las crónicas afirmaciones del papasal de la calle de las Damas.

El Imparcial no ignora eso, y sabe, además, como nosotros, que esos cien mil mexicanos van huyendo del hambre y de la tiranía, que van a trabajar a donde se les roba menos que aquí.

Y ante el éxodo no interrumpido de los mexicanos, y la llegada continúa de hombres de raza amarilla, pronto la sociedad mexicana tendrá que arrepentirse de haber visto con tanta indiferencia una cuestión que revela la falta de patriotismo de nuestro gobierno. En virtud de la competencia china, el trabajador mexicano se verá obligado a emigrar, ya que en su tierra es un paria, y todo redundará en beneficio de unos cuantos mimados de la fortuna que aumentarán sus millones, con perjuicio de los mexicanos que veremos invadida nuestra tierra por la sangre amarilla, mientras la mexicana se marcha de la tierra de sus padres, donde en lugar de apoyo y amparo se encontró con el látigo del negrero y la disyuntiva de morirse de hambre o envilecerse como un chino para soportar la competencia de brazos.

¿No hay razón, y de sobra, para que los verdaderos liberales ansiemos una era de libertad y de justicia en la cual pueda el pueblo redimirse?

No desesperemos, pronto vendrá si todos nos empeñamos en advertir a las personas con quienes diariamente tratamos, del peligro que corre nuestra nacionalidad si el actual gobierno se perpetúa.

Nuestros males tienen remedio. Propaguemos el Programa del Partido Liberal; sacudamos nuestra apatía y cesará la ignominia que ya nos llega al cuello y amenaza tragarnos. Dejemos a nuestros hijos una patria libre.