Anakreón
El Colmillo Público,núm. 143, 3 de junio de 1906, p. 343, 346

La verdad triunfa al fin

El servilismo está empeñado en que consideremos al general Díaz, como a un ser de naturaleza distinta de la nuestra, barro vil, lodo animado, que está muy lejos de parecerse a la divina substancia de nuestro dictador.

Naturalmente un hombre en cuyos componentes materiales entran substancias más exquisitas que las que constituyen nuestros cuerpos plebeyos, debe tener pensamientos luminosos y ser más inteligente que el resto de los mortales.

Así discurre el servilismo y eso se enseña al pueblo, para que envuelva con su admiración la personalidad olímpica del afortunado oaxaqueño. Mas los hombres que pensamos con la cabeza y que prohibimos al estómago toda injerencia en nuestras decisiones, no vemos a don Porfirio, sino al número común y corriente que por un capricho de la fortuna se nos ha impuesto. ¡Nadie podría negar que, en materia de intelectualidad, nuestro dictador es un enano comparado con aquel gran cerebral que se llamó Sebastián Lerdo de Tejada!

Sin embargo, en la lucha del 76, el enano venció al gigante porque así lo quiso la fortuna. No venció entonces el más inteligente, sino el más audaz.
De absurdos de esta clase está llena la historia.

Los serviles no opinan como nosotros. Para ellos cada acto de don Porfirio está informado en más alta sabiduría; cada decisión está empapada de prudencia; cada medida tomada en tal o cual asunto, es una muestra de sagacidad y al sistema de gobernar con el machete se le llama: justo.

Hay que perder el tiempo leyendo la prensa aduladora, para convencerse de que no exageramos y para explicarse porque un pueblo activo ha podido estar sometido a un gobierno sin ley. Tanto se ha hablado de la naturaleza casi divina de don Porfirio, tanto se ha repetido que ese llamado portento cayó en la tierra mexicana como un Mesías que la gente creyó tales patrañas y se dedicó a adorar el ídolo con el mismo fervor con que los orientales adoran el elefante blanco, y la unción con que los egipcios se prosternaban cocodrilo.

Las gentes que no meditan tienen la particularidad de hacer uso del sentimiento cuando deberían aplicar la razón, por eso aún viven las religiones y por eso se transformaran en seres divinos los mortales comunes y corrientes a quienes el Dios Existo ha llamado a su lado, su dios ciego que no ve ni los elegidos han dejado tras de sí un reguero de lágrimas en un campo de dolores. La fortuna; he ahí lo bastante para alcanzar la adoración de esas buenas gentes, cuyo peso hace tardo el paso del carro del progreso.

En virtud de ese fetiquismo, proscrita la razón enemiga de adoraciones, sojuzgado el pensamiento, —eterno rebelde y eterno mártir,— los actos más absurdos de don Porfirio fueron considerados como modelo de justificación y de sabiduría. Nadie osaba preguntar en qué lugar había adquirido la sabiduría el afortunado soldado, que así como Moisés había recibido entre relámpagos y truenos las Tablas de la Ley para gobernar a su pueblo, don Porfirio había adquirido en la guerra un pesado sable para ponerlo entre él y los que criticasen.

Nadie osaba advertir que no podía ser sabio el hombre que no gastó su vida en el estudio y que ese título sólo lo merecen aquellos abogados que buscan en la ciencia, el medio de hacer más ligera y más bella la marcha de la humanidad por nuestro hermoso planeta, patrimonio hasta ahora de los audaces que quieren tener a los hombres a sus pies.

Todo cambia, sin embargo, y ahora ya hay un gran número de hombres que no creen en esa pretendida sabiduría ni en la privilegiada naturaleza de don Porfirio. Las vendas que impiden ver, se pudren y son convertidas en polvo por la acción del tiempo y de la verdad. El César está ya considerado por muchos como un hombre de carne y hueso como cualquiera otro, y lo curioso es que, mientras aumenta el número de los incrédulos, el servilismo redobla sus hipérboles al tratar de él.

Recórranse las páginas anodinas de los periódicos gobiernistas y en ellas se encontrará el abnegado que tal cosa haga, encabezados de párrafos parecidos a los siguientes: "La salud del señor presidente," "Notable vigor del señor general Díaz," etc., y si se tiene el valor de leer sandeces, se sabrá que don Porfirio tiene más fuerza vital que un joven de veinticinco años; que en la fiesta de tal parte, el dictador soportó la fatiga con más entereza que los jóvenes más robustos, lo que no obsta para que el público, cuando tiene oportunidad de verlo, observe en él esa fatiga propia de personas que están con un pie en el sepulcro.

Siendo don Porfirio de naturaleza especial según los serviles, hasta su vigor físico tenía que superar al resto de la humanidad, y cuando los demás hombres no logran tener a los ochenta años la ligereza y la fuerza peculiares de la juventud, nuestro dictador es la excepción…
Tanta burda mentira ha servido también para que muchos abran los ojos. Ya no vivimos en la época de los milagros, ni hay alquimistas que hayan inventado el elixir de larga vida.

La transformación del Doctor Fausto, no traspasó los límites del poema de Goethe1.

El prodigio, pues, de que don Porfirio es tan fuerte y tan ágil como un joven, es una patraña semejante a la de su pretendida sabiduría.

No es ágil ni fuerte porque está para franquear los ochenta años y todos los que hemos tenido oportunidad de verlo, nos hemos convencido de su decaído vigor. ¡Pobre patria si fuera un joven Porfirio Díaz! No es tampoco un sabio; la ciencia no es la humedad atmosférica que acaricia todos los cuerpos; hay que conquistarla. Pero no sable en mano como quien va al asalto de alguna fortaleza, sino con el trabajo paciente y metódico de los intelectuales, nutriendo el cerebro con ideas y haciéndolo producir.

Los que nos hemos emancipado de las doctrinas propagadas por el servilismo, los que tenemos a la razón como suprema autoridad para juzgar, no vemos en Porfirio Díaz sino el soldado afortunado que aprovechó un momento de descuido, para enarbolar el sable como símbolo de gobierno.

Ni sabiduría, ni prudencia, ni tacto le reconocemos, a no ser que se diga que es prudente comprometer con deudas el porvenir de la nación; que es sabio tener al pueblo en la miseria y en la ignorancia y que es signo de tacto exquisito dar exageradas concesiones a los capitalistas extranjeros que equivalen a venta lenta de la nación.

No hablamos de todas las demás: escaras de la admiración porfirista que tampoco acusan sabiduría en su autor, ni tacto ni prudencia.

Como ya nadie cree en milagros, ni los mismos mochos, los periódicos gobiernistas deberían dar fin a sus alabanzas hiperbólicas sobre fingidas cualidades del dictador.

La venda, podrida por el tiempo está cayéndose a pedazos y el pueblo puede al fin irse dando cuenta del torpe engaño en que ha vivido.

La verdad triunfa al fin.

– – – – NOTAS – – – –

1 Johann Wolfang von Goethe (1749-1832). Escritor y dramaturgo alemán. Autor de múltiples obras narrativas, teatrales, poéticas y científicas. Se le considera figura central del romanticismo europeo. Escribió Fausto, Pandora, Werther, entre otras.