Anakreón
El Colmillo Público,núm. 145, junio 17, 1906; pp. 366-7

Las grandes concesiones

Uno de los mayores males que la actual tiranía ha causado a la nación, consiste en esa prodigalidad con que se han dado concesiones a favoritos y lacayos regularmente extranjeros, para que exploten las riquezas naturales de nuestro territorio.

Grandes porciones de nuestro territorio, de nuestros litorales, de nuestros ríos, están ya en poder de concesionarios ambiciosos, para su beneficio exclusivo, pues ni siquiera se compensa con una fuerte contribución, el acaparamiento monstruoso de la riqueza pública.

Se ve en nuestra infortunada patria que bosques inmensos están en poder de unas cuantas manos que los destruyen, como que no son manos mexicanas las que los tienen; y, por eso, no se preocupan por conservarlos explotándolos con patriótica prudencia, sino que son manos de aventureros arrojadas a nuestras playas por no se sabe que mares iracundos, habiendo tenido la fortuna de caer en un medio corrompido, muy a propósito para improvisar fortunas exprimiendo los harapos de un pueblo encadenado por la ignorancia, por la miseria y por el gobierno.
Bosques, salinas, ríos, mares todo ha pasado en un segundo a poder de los grandes negociantes, concedido atropelladamente por nuestro gobierno, y de ese modo, los mexicanos que quieran su propio territorio, se encontrarán con que han sido preferidos los extranjeros a quienes se les han entregado todas las riquezas.

Muchos periódicos gobiernistas, para justificar la falta de patriotismo de nuestro gobierno por la entrega que hace a los extranjeros de la riqueza nacional, calumnian a los mexicanos diciendo que carecen de espíritu de empresa, y, que, puesto que ellos no han pedido las concesiones, se les dan a los extranjeros.

Esa mentira, echada a volar desde un principio, ha hecho creer a muchos que realmente no podía hacer otra cosa el gobierno que atender a los extranjeros, ya que nosotros somos tan idiotas de no explotar nuestras propias riquezas. Pero los que estamos enterados de la verdad del asunto, los que hemos visto a infinidad de mexicanos ocurrir a la Secretaría de Fomento en demanda de concesiones, concesiones que se les niegan después de haberlos hecho perder el tiempo y gastar inútilmente el dinero en abogados y otras cosas, sabemos que, si los mexicanos no tenemos ninguna riqueza que explotar, es porque no se nos ha preferido a los extranjeros.

No; no es que los mexicanos despreciemos la riquezas naturales y por eso no las explotemos. La verdad es que no se nos permite hacerlo, y por lo mismo, los extranjeros se están haciendo dueños de todo, al grado que después, —y ya lo comenzamos a ver,— no encontrando que explotar, nos dedicamos a ser los sirvientes de todas las moscas que llegan al país atraídas por la putrefacción del medio en que vivimos.

Una concesión escandalosa dada a la Compañía "S. Pearson and Son Limited,"1 ha venido a revelar con claridad que sólo los ciegos no podrán ver, ese prurito por parte de nuestro gobierno de dejar a los mexicanos sin riquezas que explotar. Se ha concedido a Pearson la novena parte del territorio de la república para que él solo la explote extrayendo petróleo, y por ese sistema, se priva a cualquiera otro que se encuentre fuentes de ese combustible en tan vasta región, de poder explotarlas, porque el favorito de la dictadura, aunque no sepa dónde se encuentran todas las fuentes, es dueño de ellas.

La extensión territorial concedida a Pearson, abarca a los estados de Campeche, Chiapas, Tabasco, Veracruz, el Partido de Valles de San Luis Potosí y el distrito Sur del estado de Tamaulipas, de donde resulta que se han entregado a un solo negociante: 26,094 kilómetros cuadrados del estado de Tabasco; 44,855 kilómetros cuadrados del estado de Campeche; 70,524 del estado de Chiapas; 75,863 del estado de Tamaulipas, y sin contar la parte que corresponde al Partido de Ciudad de Valles, todo lo anterior suma la respetable cifra de 219,336 kilómetros cuadrados.

Ahora bien; como la extensión territorial de la república es aproximadamente de un millón novecientos ochenta y siete mil doscientos un kilómetros cuadrados, Pearson ha adquirido el señorío de la novena parte de nuestro país en donde ningún mexicano podrá explotar criaderos de petróleo.

He aquí cómo nuestro mismo gobierno procura nuestra esclavitud. Si un mexicano hubiera pedido, ya no esa gran concesión, sino únicamente el permiso para explotar la riqueza petrolera de un solo Estado, de Tabasco, por ejemplo, cuya extensión de 26,094 kilómetros cuadrados, es grandísima, pero minúscula si se la compara con la extensión concedida a Pearson, no se le habría concedido, como ha sucedido muchas veces.

Contratos de esta naturaleza son notoriamente perjudiciales al país, porque crean un monopolio, tanto más odioso, cuanto que ha sido el mismo gobierno, formado al parecer por mexicanos, —exceptuando a Limantour que es francés,— el que lo procuró, sabiendo indudablemente que en esa novena parte del país, quedarían cerradas las puertas a las energías de otros hombres, con la circunstancia agravante de que la región entregada a Pearson, es la más rica en criaderos de petróleo, y por lo tanto, en realidad se ha pactado el monopolio de la extracción de ese combustible.

El que descubra petróleo en otra región del país quedará a merced del poderoso Pearson, contra quien nadie podrá competir y todos los mexicanos, además, pagaremos el petróleo al precio que al poderoso concesionario se le antoje poner al artículo.

¿Qué pretexto invocará el gobierno para haber comprometido tan torpe como antipatrióticamente la novena parte de la extensión territorial de la república mexicana? ¿Cómo podrá justificar ese señorío concedido a una compañía extranjera? ¿Paga siquiera Pearson una gran renta a la nación? ¿Pero aun cuando pagara una gran renta, que estamos seguros de que no la paga, eso no justificaría el dominio que se le ha concedido, porque ese dominio significa la prohibición que se hace a muchos mexicanos de dedicarse a explotar una buena parte de la riqueza nacional, con lo que se protege el monopolio y se procura la miseria pública, tan molesta, tan insoportable, tan aguda ya en nuestro infortunado país, y que, reclamando urgentes y enérgicos remedios, todavía es agravada por gobernantes egoístas que no ven el futuro de la desgraciada patria sobre la que pesan, embriagados como están por su fácil triunfo sobre un pueblo confiado y ciego.

Estas grandes concesiones son un peligro para el porvenir de nuestra nacionalidad, y como esa hay muchas que ponen los destinos de nuestro país, no en manos de los mexicanos, sino entre las uñas ávidas de un puñado de traficantes que dominándonos económicamente, nos dominan ya en materia política, en cuyas esferas, hoy por hoy, no pesa nada el voto del pueblo, sino el capricho de los aventureros que del exterior han caído sobre nuestro país como un enjambre de hormigas sobre un territorio de azúcar.

Nos engañamos lamentablemente si creemos que constituimos una nación independiente y soberana. Las deudas nos hacen súbditos de los banqueros extranjeros; las antipáticas concesiones nos hacen esclavos de los toscos mercaderes que los mares arrojan a nuestras playas, y nuestra ignorancia y nuestro fanatismo católico nos hace vasallos del Vaticano.

Raro será que cualquier día no despertemos con la punta de los marrazos extranjeros sobre la nuca, y, confiados y estúpidos continuemos creyendo que somos mexicanos.

Todavía es tiempo, sin embargo, de remediar el mal. Unámonos, abracemos con ardor el Programa del Partido Liberal, aconsejemos a nuestros amigos que desechen la indiferencia, que no haya un sólo mexicano honrado y patriota que deje de enviar su adhesión a la Junta Organizadora del Partido Liberal.

Si no hacemos eso, esto es, si no nos unimos los que deseamos un porvenir de libertad y de justicia, bueno será que nos quitemos el nombre de mexicanos porque nuestra desunión no significa otra cosa que el poco amor que tenemos a la libertad y el poco aprecio que hacemos del porvenir de nuestros hijos. Hoy ya somos miserables, mañana lo seremos más si no ponemos el remedio, que no es otro, que unirnos para ser fuertes y respetables.

– – – – NOTAS – – – –

1 Refiérese a la ratificación en agosto de 1906 por el gobernador interino de Campeche, Tomás Aznar y Cano del contrato para la exploración y explotación de carburos de hidrógeno y sus derivados en el subsuelo, suscrito entre la Compañía “S. Pearson and Son Limited” y el gobierno de Campeche. La compañía era propiedad del ingeniero inglés Weetman Dickson Pearson; empresa ocupada en el tendido de vías férreas, explotación petrolífera, hidroeléctrica y minera; negocios concentrados en Chihuahua, el Golfo de México y el Istmo de Tehuantepec.