Anakreón
El Colmillo Público,núm. 146, 24 de junio de 1906, p. 390

El hambre

Los mismos periódicos del gobierno están declarando que la miseria se hace cada día más insoportable, lo que hace pensar que hasta los lacayos que ganan el dinero sin esfuerzo y sin dificultad, y que, por esa sola razón deberían estar más conformes con las actuales circunstancias, sufren las consecuencias del sistema opresor y claman, como todos, contra un estado de cosas verdaderamente desesperante. Porque, hay que confesarlo, no todos los lacayos han podido hacerse millonarios, y los hay que vegetan bajo el peso de la miseria agravado por el peso de la ignominia.

No hace muchos días leíamos en El Popular, ese pobre papasal que vive en la obscuridad como un cacharro viejo destinado a dar abrigo de vez en cuando a las deyecciones de politicastros de ocasión, un articulejo en que los infelices escritorzuelos del periódico alquilado clamaban contra el alza inmoderada de los efectos de primera necesidad, el alza a los precios de los alquileres de las casas, el alza de todo lo que es necesario a la vida del hombre. El mismo Popular, pagado por el gobierno para propalar las excelencias del continuismo de Porfirio Díaz y contar a son de bombo y platillo los beneficios de la paz, el ensanchamiento de las industrias y todo lo que se nos pasa por los ojos para envilecernos, convino en que la sociedad mexicana, —los pobres, pues los ricos nada sufren,— sufren escasez como en tiempo de guerra a pesar de la paz y a pesar del flamante dictador.

Todo ha encarecido en verdad; los efectos cuestan hoy el doble o más de lo que valían hace diez años apenas, en algunas regiones de la república, y en general la vida se hace más difícil a pesar de los ferrocarriles, de los telégrafos, de las fábricas, de la paz, del talón de oro y de don Porfirio.

Y mientras esto sucede, los sueldos o salarios de los hombres que necesitan trabajar para comer, son iguales a los que se ganaban hace cien años en casi todo el país. En las regiones donde se paga mejor el trabajo, hay la circunstancia de que la vida es más cara por lo que el resultado, que es la miseria, es general.

Existe, pues, la miseria, miseria desesperadora que torture e inquieta aun a aquellos de los lacayos que no han podido hacerse millonarios a pesar de su falta de vergüenza, y esa miseria es el resultado de treinta años de tiranía.

Todos hemos visto, como han aumentado los impuestos hasta llegar al grado en que hoy están y que serían pesados aun para pueblos bastante ricos, como el de Estados Unidos o Francia.

El gobierno necesita dinero para pagar favoritos, para dar limosna a los serviles, para hacerse bombo en la prensa extranjera, y en todo eso se gastan bastantes millones que hay que sacarlos del pueblo haciendo sudar sangre al ciudadano con impuestos duplicados y aún triplicados, o inventando nuevas gabelas que son otros tantos puñales clavados en el pecho de nuestra raza.

Por eso todo es caro, y el hombre honrado, el que no roba ni adula para conseguir el pan, sufre escaseses y privaciones odiosas, mientras un puñado de sanguijuelas echan a crecer sus vientres sin preocuparse por la desgracia pública, formando una Jauja de nuestra miseria cada vez más irritante.

Nadie sabe hasta dónde llegará la explotación, pero lo probable es que continúe porque los compromisos de la dictadura no tienen límite y aumentan sin cesar. Un nuevo empréstito hay en perspectiva y tal vez no termine el presente año sin que cuarenta millones de pesos oro que se están contratando, caigan como una gota de agua en esa esponja reseca que se llama administración pública, como han caído todos los empréstitos que gravan nuestro infortunado país.

Ese es el resultado de treinta años de despotismo y de apatía por parte de los ciudadanos. En esos treinta años ha sido común ver a los ciudadanos hacer alarde de no "meterse en política," a la que no daban importancia alguna, o bien declarar que no se "metían en política" porque tenían familia que atender. El castigo lo tenemos ya encima; la miseria, miseria que será más dura y cruel conforme avance el tiempo y las gabelas sigan en aumento y los salarios permanezcan estacionarios.

La familia es el pretexto de muchos para no ser altivos, y la familia precisamente se perjudica por la cobardía o la indiferencia de sus jefes. Creen muchos que tomando parte activa en los asuntos que afectan a la comunidad, sus familias peligran, cuando lo contrario es lo que precisamente sucede. La felicidad de la familia depende de la felicidad general; las desgracias generales, caen sobre la familia.

El egoísmo personal, la falta de solidaridad, es lo que hace que los pueblos sean desgraciados. Todos desean ser felices, pero pocos son los que trabajan para conseguir esa felicidad, que no se alcanza aislándose con su familia, sino trabajando por el bien común.

Que cese, pues, ese pretexto imbécil de los cobardes o de los indiferentes de no mezclarse en los asuntos públicos porque tienen familia, en vista de que la familia no puede ser feliz en un medio de tiranía y de miseria sino en uno de libertad y de justicia.

La miseria abyecta y la tiranía odiosa que todos sufrimos, ha sido creada por los que no han querido internarse en los asuntos públicos… porque tienen familia. ¡Extraño modo de amar a la familia siendo indiferentes o cobardes con lo que se logra la imposición de la tiranía que es la ruina de las familias!

La familia vive perpetuamente amarga por la tiranía y no puede ser feliz. Los hijos crecen sin instrucción, y aumentan, cuando ya son grandes, la masa de explotados que dan su salud y su porvenir por un pedazo de pan que les arrojan los poderosos. ¿Cómo podrán esos hombres conquistar la libertad y la felicidad si sus padres no les enseñaron más que a obedecer y a disimular? Y si el hombre, el sostén de la familia, el que no quiso tomar parte activa en los asuntos públicos por no perjudicarla, muere después de una larga vida de privaciones ¿qué otra cosa deja a la familia sino la miseria? ¿Y qué hace la familia de ese hombre que no se preocupó por transformar el medio en que vivió, sino vegetar y morirse de hambre o prostituirse para evitar la muerte?

Si realmente se desea el bienestar de la familia hay que preocuparse por transformar este medio de explotación, de tiranía y de fanatismo en que vivimos.

Y hay que hacerlo, porque el mal puede hacerse incurable.