Anakreón
El Colmillo Público,núm. 147, 1 de julio de 1906, p. 403, 406

Una orgía de venganza

Pimentel se venga del terror que le produjeron los primeros trabajos oposicionistas empleando a su vez el terror para con sus enemigos. ¡Y qué gran diferencia en los procedimientos! La oposición acaudillada por los viriles liberales Adolfo C. Gurrión y Plutarco Gallegos, se mostró con el pecho descubierto acusando al sátrapa, exhibiéndolo desnudo ante el pueblo amodorrado por largos años de esclavitud, para que cayera esa venda que impide a los pueblos medir la pequeñez de sus dominadores.

Esa actitud generosa y valiente fue premiada con la persecución alevosa, porque Pimentel no tuvo el valor de acusar él mismo, de vengarse directamente de las acusaciones que dos hombres le hacían en representación de un pueblo agotado por la miseria y la tiranía. Fue, como siempre un instrumento el que llevó a la cárcel a los luchadores, pues nuestros gobernantes carecen de esa ruda franqueza de los opresores viriles que saben encararse al pueblo, que se rebelan ante la cólera de las masas y desafían brutalmente serenos la indignación popular. Nuestros gobernantes no gustan de desafiar las responsabilidades, y buscan siempre para ejercitar sus venganzas, las vías tortuosas, los rodeos; tratan siempre de cubrir con la apariencia de la legalidad sus más enconados procedimientos. Se les acusa; pero no son ellos los que aparecen al frente de las persecuciones que sufren los valerosos combatientes de la oposición, sino sus esclavos, sus sirvientes, los gobiernistas por salario.

En los dos primeros números de La Semecracia que publicaron en Oaxaca los valerosos luchadores Gurrión y Gallegos, se hicieron cargos tremendos justificadísimos contra Emilio Pimentel quien no encabezó virilmente la persecución. Llamó a uno de sus paniaguados, un jefecillo de un Distrito, para que persiguiera a los antirreleccionistas. El profesor Adolfo C. Gurrión, fue puesto en la cárcel, y el pasante de Derecho Gallegos, fue expulsado del Instituto de Artes y Ciencias del estado donde hacía sus estudios, por haber hecho circular una Protesta contra la prisión del correligionario Gurrión.

Hace tres meses que se consumó el atentado, y se creía que no habría más persecuciones, cuando no con asombro, sino con indignación, se supo que una nueva acusación había sido presentada contra La Semecracia, a pesar de que hacía más de dos meses que no se publicaba ya. Otra vez no fue Pimentel el acusador; fue un sirviente suyo, un tal Francisco Canseco1, analfabeta solemne que tiene a su cargo la cátedra de Derecho Público en el Instituto de Ciencias y que goza además del sueldo que le proporciona su empleo de juez 1º de lo Civil. Como catedrático y como juez, Canseco ha demostrado que le sería más fácil tirar de una carreta. Los alumnos nada aprenden de ese dómine ignaro, y los litigantes se convencen de que no sólo los bípedos pueden vestirse la toga.

Ese es el nuevo acusador. Se creyó ofendido por un artículo que apareció en el segundo número de La Semecracia en marzo anterior, siendo lo notable que necesitó más de dos meses para indignarse contra los viriles redactores del perseguido periódico. El artículo apareció a mediados de marzo, y Canseco se encolerizó hasta el día 1º de junio poniendo en la cárcel a los leales enemigos del gobierno. Esa tardía indignación demuestra que el pobre Canseco no obra por sí sólo, sino empujado por su amo Emilio Pimentel.

Así es en efecto. Pimentel se reelige a la usanza de nuestro dictador sin que haya una voz honrada que proteste contra la usurpación; de no ser así, el pobre Canseco se hubiera sentido indignado desde el 18 de marzo que fue la fecha en que apareció el artículo que denunció al comenzar junio.

Pimentel, empero, no ha saciado su deseo de venganza y procura de varios modos hacer pesada la estancia en la cárcel de los señores Gurrión y Gallegos. Desde que fue presentada la acusación por Canseco, fue aprehendido el correligionario Gallegos a quien se incomunicó en la cárcel, a la vez que se incomunicó también al profesor Gurrión que, como decimos, hace más de tres meses que está preso por la denuncia que presentó el jefe político de Tehuantepec, otro instrumento de Pimentel.

Más de setenta y dos horas estuvieron incomunicados dichos correligionarios sin que se dictara el auto de formal prisión, teniéndolos en los calabozos más infectos, escogidos de antemano, para hacerles insoportable la reclusión, para humillarlos, sin saber los verdugos que todos los tormentos que por defender sus convicciones sufren los hombres honrados, sirven para enaltecer a las víctimas y para desprestigiar a los tiranos.

La acusación del pobre Canseco es absolutamente infundada, pero [la aceptó] el juez 2º del Ramo Penal, otro analfabeta, Leopoldo Castro, desheredado de la ciencia que vegetaba como postulante y se afianzó del Juzgado como de un clavo ardiendo para no morir de hambre, en lugar de tomar la pala o el hacha para ganarse la vida de un modo independiente; la acusación es infundada, decimos, pero el juez Castro no encontró obstáculo para declarar la formal prisión después de las setenta y dos horas que marca la Constitución.

Pimentel había dispuesto que Canseco acusara por medio de un apoderado, pero no hubo un solo oaxaqueño que quisiera servir de esbirro.

Hay en esta persecución a los ciudadanos independientes, muchos puntos que la hacen repugnante. Los señores Gurrión y Gallegos sufren en el interior de la prisión toda suerte de molestias que hacen recordar la crueldad de los reyes bárbaros de la antigüedad. No se permite a los presos que se comuniquen ni con sus familias, todavía más, ni con sus defensores. El Alcaide Manuel G. Gómez es de la madera de los esbirros, y cumple a maravilla su papel de cancerbero bien aleccionado por Pimentel. Gómez declaró cierta vez en presencia de un grupo de presos que Pimentel le había ordenado que molestase al señor Gurrión en el interior de la prisión, y lo cumple, y ahora molesta a los dos correligionarios presos, con la voluptuosidad que todos los insignificantes sienten cuando pueden poner las manos odiosas sobre un hombre superior. Se ha prohibido a los correligionarios escribir aun los más triviales recados. No tienen libertad ni para firmar los escritos que han de ser presentados para su defensa. No pueden recibir personalmente sus alimentos, ni enviar unas cuantas letras a sus padres ansiosos de tener alguna noticia de sus perseguidos hijos.

Los señores Gurrión y Gallegos han solicitado que se les ponga en un mismo calabozo, pero hasta eso se les niega y se les tiene separados para humillarlos en detalle, para hacerlos sufrir un rigorismo que ni con los más feroces bandidos, como Onésimo González2, se tiene. Contra la ley y contra el reglamento de la cárcel, al señor Gallegos se le tiene en un reducido calabozo donde hay más de veinte personas amontonadas, respirando la humedad del calabozo y las emanaciones pútridas de los cuerpos sin aseo.

Los presos se han quejado con el analfabeta juez Castro de los tormentos que se les hacen sufrir, pero Castro es un siervo de Pimentel y no puede hacer otra cosa que agravar la estancia en la cárcel de los oposicionistas, convencido de que eso halaga al gobernador.

Pero todo esto a pesar de su enormidad, no es nada comparado con las crueles represalias de Pimentel, que no se concreta a vengarse de sus enemigos a quienes ya tiene presos, sino que busca nuevas víctimas, víctimas inocentes que no tienen otro delito que ser parientes de los presos. La familia del señor Gurrión está siendo objeto de atentados que colman la paciencia. El jefe político de Juchitán que tan desprestigiado está por sus arbitrariedades y su docilidad para Pimentel, un tal de Gyves3, mandó a aprehender al señor Quirino Gurrión, primo hermano de Adolfo ciudadano trabajador y honrado y amarrado codo con codo, lo remitió a Oaxaca consignado al servicio de las armas el 28 de mayo último.

Estas inicuas represalias del fuerte contra el débil, esta persecución odiosa contra una familia honrada hace estremecer de cólera, cólera no satisfecha, indignación no desahogada que los oprimidos guardamos intactos, que las víctimas no olvidamos y que son la justificación de la severidad de los cargos que el pueblo hace a sus tiranos.

No es posible imaginar hasta dónde llegará Emilio Pimentel en sus venganzas; venganzas decimos, porque los tormentos que se están infligiendo a los valerosos luchadores Gurrión y Gallegos en el interior de la cárcel, no revela otra cosa que la inquina del sátrapa que quisiera vivir entre aplausos, que quisiera oír solamente himnos cantados en su honor, si reinara sobre un rebaño de eunucos. El hombre que en la altura pierde la serenidad, como Emilio Pimentel, no nació para dirigir los destinos de un pueblo. El funcionario público está expuesto a la crítica, está expuesto a los ataques, y con mayor razón si ese funcionario es como Pimentel protector de individuos de antecedentes nada limpios como muchos de los hombres que lo rodean y que lo ayudan a oprimir, ya como Jefes Políticos, ya como Jueces, o como presidentes Municipales o Jefes de Policía o diputados. Emilio Pimentel se ha formado en menos de cuatro años una atmósfera de odio, de odio que le tienen los humildes, los indefensos a quienes arranca la capitación; de odio que le tienen los que han sufrido los atropellos de sus sicarios investidos de funcionarios públicos. Él, pues, Pimentel, es el único culpable de que se le ataque, de que se le exhiba como funcionario pésimo que no ha sabido en el tiempo que tiene de gobernar, llevar un alivio a los pobres que extorsionan sus compinches los ricos en Valle Nacional y en las minas del desventurado estado de Oaxaca, ni ha podido evitar esas odiosas consignaciones al servicio de las armas que significan una venganza, ni ha logrado que los jueces del estado administren justicia, porque no lo ha querido, comprendiendo que por el maltrato se envilecen los hombres, y hombres envilecidos necesita para que lo soporten en las espaldas.

Y por eso cuando vio que había hombres que no estaban envilecidos, se entregó a perseguir con furor, con desenfreno, como queriendo aniquilar a los hombres altivos que le habían puesto la mano en el rostro y no se ha conformado con perseguir a los que han tenido valor de encarársele, sino que persigue a las familias de sus víctimas, las desbarata con el pretexto del servicio militar obligatorio, para dar ejemplo de una severidad malsana que significa inquina, deseo brutal de venganza, hasta con los que no tienen responsabilidad. Siga Emilio Pimentel por la pendiente que ha escogido; así precipitará la caída de la tiranía.

– – – – NOTAS – – – –

1 Francisco Canseco (1874-?). Abogado oaxaqueño. En calidad de juez de distrito ordenó las persecuciones contra liberales en la entidad. En 1914 fue gobernador interino y se vinculó al constitucionalismo para volver a la gubernatura. Tras su fracaso se retiró de la política por un largo periodo. En 1925 formó parte del gabinete del gobernador Onofre Jiménez. Ocupó un puesto en la Procuraduría de Justicia de la Nación, en los años treinta.

2 Onésimo González (¿ -1974). Abogado oaxaqueño. Ejerció su profesión en el bufete de Guillermo Meixueiro. Vinculado al felicismo. Colaboró con Meixueiro para derrocar a Miguel Bolaños Cacho. En 1914 asisitió a la Convención revolucionaria de la ciudad de México. Al año siguiente fue miembro de la legislatura soberanista. Constitucionalista en 1917, y partidario del general Pablo González en 1919. Se adhirió a la rebelión delahuertista, tras el fracaso de la cual abandonó el país.

3 Fernando de Gyves. Latifundista y jefe político de Juchitán. Vinculado al grupo de los “científicos” oaxaqueños encabezado por Rosendo Pineda y Emilio Pimentel. Construyó su emporio ganadero a base de abigeato. Ejecutor de las vengazas políticas del grupo al que perteneció.