Revolución

Con la mano puesta en el corazón hacemos oír por primera vez nuestra palabra, ardiente por los entusiasmos que alientan en nuestros pechos, vibrante por las ideas redentoras que pueblan nuestra mente, briosa y rebelde como los sentimientos que nos animan contra todo lo que significa dominación y yugo, prostitución y vileza.

¿Quiénes somos? Unos enamorados de la libertad en cuyas almas alientan las soberbias rebeldías de Espartaco, y que sienten, a través de los tiempos, el soplo fecundo del espíritu libertario de los Gracos.

No tenemos otro título que nuestra honradez; no ofrecemos otra garantía que nuestra buena intención.

Salimos de la masa anónima, de allí, de la oscura masa donde crecen los dolores y se cosechan las lágrimas, no en busca de un nombre ni de una posición, sino a cumplir un deber, una alta y noble obligación impuesta por nuestra conciencia: prender una esperanza en los corazones de los que sufren; señalar una senda a los que tengan hambre y sed de justicia.

Somos parte de ese gran Partido que en septiembre del año pasado retó valerosamente a la Dictadura de Porfirio Díaz llamándola al combate que rehusó el cobarde tirano poniendo en juego la traición contra sus nobles y francos enemigos. ¡Menguada satisfacción la del histrión de Chapultepec que pudo detener unos instantes su caída inevitable atacando por la espalda a sus adversarios!

Somos parte del Partido Liberal Mexicano; nuestra bandera es el Programa promulgado por la Junta Organizadora de St. Louis Missouri el 1º de julio del año anterior.

¿Qué queremos? Ya lo dijimos: prender una esperanza en los corazones de los que sufren; señalar una senda a los que tengan hambre y sed de justicia.

Somos unos convencidos de la impotencia del civismo ante la fuerza bruta, unos convencidos, también, de la necesidad de los grandes sacudimientos populares cuando entre la libertad y los hombres se interponen el capricho de los gobernantes y la rapacidad de los señores del dinero.

En México —esa Patria atropellada por todos los bribones y maculada por todos los bandidos—, en México, repetimos, el civismo ha hecho fiasco, la boleta electoral ha fracasado, ¿por qué? Porque una soldadesca ebria impide al ciudadano el ejercicio de sus derechos. Ir a la casilla electoral con el objeto de votar es tanto como presentar el pecho desnudo a las bayonetas del César. Resistirse a trabajar por salarios despreciables constituye un ultraje que la Dictadura castiga con hecatombes en masa.

Las peticiones de justicia se contestan con consignaciones al Ejército; las protestas se ahogan en sangre; la palabra es detenida en los labios por la manaza de los gendarmes. La vida no sonríe al mexicano, ese desposado con la muerte y con la injusticia.

Generaciones educadas en la servidumbre marchan taciturnas de Calvario en Calvario bajo el látigo de los esbirros, sin un consuelo en sus pobres corazones, sin una luz que guíe sus pasos por el azaroso sendero de la vida sembrado de abrojos y de guijarros hostiles para los humildes; alfombrado de rosas y fecundo en placeres para los dominadores.

Es a esas generaciones dolientes a las que nos dirigimos, para las que escribimos este periódico y a las que deseamos comunicar el fuego que arde en nuestros cerebros emancipados, a fin de que despierten y que levanten la cabeza abrumada por las tristezas de los sacrificios estériles. Venimos a anunciar a los que sufren que de ellos será el porvenir si a la inercia sucede la acción, si a la pasividad sucede la actividad consciente de los hombres que al ultraje responden con la rebelión.

Ha llegado el momento de hablar claro y alto. Sabedlo de una vez, humildes, oídlo bien, esclavos: en vuestras manos está la libertad, de vuestro esfuerzo depende la felicidad con sólo cambiar de actitud; estáis arrodillados; ¡levantaos! Levantaos, sí, y ved a vuestros verdugos cara a cara. No los respetéis más; ¡rebelaos! No pongáis más la otra mejilla: ¡devolved golpe por golpe, ultraje por ultraje!

Es en vosotros, los hombres oscuros, en quienes reside la fuerza que hace marchar a la humanidad. Tened confianza en vosotros mismos.

Los hombres que piensan reconocen vuestro poder. Paul Deschanel,[1] en un discurso en la Academia francesa, dijo estas palabras que todos los humildes deben grabar en sus mentes:

Las causas profundas de los grandes cambios humanos no se hallan en los círculos de letrados: radican en las aspiraciones de los sencillos. Son los desheredados de la tierra quienes han perseguido más enérgicamente el ideal y quienes han elaborado el bien en que vivimos. Son los infinitamente pequeños, en lo profundo del sombrío mar de los pobres, quienes fundan el porvenir.

Tengamos fe en el porvenir y veamos de frente la tormenta que se avecina cargada de amenazas para los que oprimen, pletórica de esperanzas para los oprimidos. No cerremos los ojos ante el horror de la catástrofe; aceptémosla como el medio único de salvarnos de una perenne deshonra y de una vida miserable. La revolución es el remedio enérgico que necesita el pueblo mexicano para volver a la vida y debemos esperarla más bien con placer que con tristeza, mejor con entusiasmo viril que con desaliento cobarde. Sin fijarnos en los sacrificios, sin medir los obstáculos, sabiendo que la muerte gloriosa del héroe es preferible en todo caso a la existencia vil y deshonrada de los esclavos.

Los cobardes temblarán al leer nuestro periódico. Los despreciamos. No es a ellos a quienes nos dirigimos, sino a los valientes, a quienes el yugo hace enrojecer el rostro por la vergüenza y la cólera.

Es, pues, para los mexicanos de vergüenza para quienes escribiremos este periódico.

Revolución, núm. 1, 1 de junio de 1907



[1] Paul Deschanel (1855-1922). Político francés, miembro del Partido Progresista. Notable orador, promotor de la separación entre la Iglesia y el Estado y opositor a la pena de muerte. Fue presidente de Francia entre febrero y septiembre de 1920. Renunció al cargo por padecer trastornos nerviosos.