La muerte de Díaz preocupa a las sanguijuelas de Wall Street

The World,[1] de Nueva York, publicó hace pocas semanas un artículo en que al hablar de la escasa salud del verdugo de México, se augura su próxima muerte, por lo que pregunta dicho periódico: “¿después de Porfirio Díaz quién y qué?…

Deja entender The World que después de Porfirio Díaz se quebrantará el orden en virtud de que la paz que ha formado el tirano es puramente mecánica, hecha por la fuerza y no por la convicción de los ciudadanos.

La opinión de The World, periódico que tira más ejemplares diarios que cualquiera otro en el mundo, ha conmovido hondamente a los judíos que desde Wall Street en Nueva York tiranizan con el poder del dinero a todos los países de la tierra, incluso nuestro pobre terruño en el que están clavadas las uñas de Greene[2] y otros magnates del dinero.

El pánico sembrado entre aquellos fenicios salta a la vista en un articulejo que pudieron haber escrito Flores,[3] Bulnes[4] o Dufoo[5] expresamente para que lo publicara The Wall Street Summary,[6] de Nueva York, donde ha aparecido bajo el titulo de: “México después del Gral. Díaz”. Asegura el periódico de los judíos que la salud del tirano es magnífica; que aunque va muy cerca de los ochenta años, tiene las energías y los entusiasmos de un hombre de cincuenta, y que, en caso de que muriera, ya tenemos ahí al “conspicuo Corral”[7] para que siga la misma política de hierro que el farsante del 2 de abril,[8] con lo que el “orden” permanecerá inalterable y todas las sanguijuelas habidas y por haber podrán seguir chupando la sangre del buen pueblo mexicano.

Éstas son las cuentas alegres que se hacen nuestros dominadores, aunque están tan convencidos como nosotros los revolucionarios de que después de Díaz tiene que venir la revolución como una consecuencia del estado social en pleno desequilibrio creado por las bayonetas de la Dictadura.

Se necesitaría para que el orden fuera estable después de la muerte de Díaz que no hubiera oprimidos y opresores, explotados y explotadores, grandes capitalistas y grandes indigentes. ¿Podrá conseguirse eso en el medio actual de injusticias? ¿Por obra de qué milagro sociológico seguirán consintiendo los oprimidos que los poderosos les pongan el pie en la nuca? ¿Qué nuevo Cristo realizará el prodigio de los panes y de los peces, dejando satisfechos a los millones de hambrientos que no tienen un adobe que les sirva de almohada y que sólo encuentran lecho en los presidios y en los cuarteles?

Aunque Díaz viviese mil años, la revolución estallaría indefectiblemente sin esperar a que muriese el tirano, porque el malestar que sufrimos los mexicanos arranca de hondas causas que no dejarían de existir por el simple cambio de tiranos. Poco importaría que el tirano se llame Díaz, Corral o Reyes,[9] si las causas de la tiranía continúan existiendo, si sigue habiendo millones de seres desamparados y un grupo de vampiros insaciables y crueles que no se duelen de la indigencia de los de abajo, ni conciben que bajo los andrajos del pueblo palpitan corazones deseosos de vivir y que bajo los sombreros de petate hay cabezas en cuyos sesos ha prendido su llama roja la protesta.

Saben los dominadores que la revolución tiene que estallar, pero son ciegos y no ven las verdaderas causas. No es la ambición de determinado grupo político lo que provocará la general conflagración que reducirá a cenizas el trono de la iniquidad, sino la injusticia y la miseria.

Los mexicanos sabemos muy bien que no es necesario que muera Díaz para que la revolución estalle, porque ésta no será una obra de politicastros, sino la explosión forzosa y formidable de las energías por tanto tiempo dormidas, el despertar rugiente de las cóleras tanto tiempo tragadas en silencio, el estallido de las ansias de vivir de un pueblo que despierta al borde de un abismo, y que saca del fondo de su ser todo su brío y todo su coraje para evitar el total derrumbamiento de su libertad y de su felicidad.

Los mexicanos queremos vivir, queremos luz, y no vamos a esperar a que el tirano muera para conseguir lo que necesitamos, ni esperamos de nadie que nos dé lo que nos hace falta: la libertad. Nosotros la tomaremos por la fuerza de las armas y muy pronto, ya muy pronto…

Sólo los ciegos no verán la nube de tormenta que se avecina; sólo los que no hayan lanzado una mirada a los bajos fondos de la sociedad donde el dolor es endémico, donde el hambre es la regla, y donde, hay que decirlo, se forjan en el sufrimiento los espíritus fuertes, podrán imaginarse que es estable la calma fabricada por la espada de Porfirio Díaz. ¡Cómo se engañan esos ilusos! ¡Bajo el cristal azul del lago que inspira a los poetas, las fuerzas ciegas de la naturaleza laboran la fiebre y la muerte!

Los felices no pueden entender nunca a los que sufren. Los satisfechos que comen manjares deliciosos y beben generosos vinos consideran que la gleba está conforme con un puñado de fríjol y unas cuantas tortillas. ¡Cómo se engañan los felices! El pobre devora en silencio su miserable pitanza amargada por la humillación, por el contraste de la extrema pobreza y de la extrema opulencia; pero en el fondo de su alma germina la rebeldía, sentimiento bendito que rompe cadenas y redime esclavos. Y el que es rebelde, el revolucionario por convicción, no espera a que se muera un tirano para rebelarse. La libertad es una necesidad cuya satisfacción no puede aplazarse como no puede la respiración. El hombre no da treguas, y el rebelde es un hambriento de libertad, un gran necesitado de justicia.

Basta una caricia del aire para que se desprenda del árbol el fruto ya maduro. Basta el más insignificante incidente para que estalle una revolución que ha madurado en los espíritus.

Así, pues, si los banqueros de Wall Street confían en que la revolu­ción mexicana no estallará porque vive el tirano, deben ir perdiendo sus esperanzas porque la revolución, obra del pueblo que quiere eman­ciparse, no depende de la vida del octogenario mandarín, sino del menor incidente, del más insignificante detalle. El fruto de la revolución está maduro y un beso del céfiro puede hacerlo desprenderse. El Progreso.[10]

Revolución, núm. 1, 1 de junio de 1907



[1] The World. Periódico neoyorkino fundado en 1860. Tras ser adquirido por Joseph Pulitzer en 1883, se convirtió en el vocero nacional del Partido Demócrata, y alcanzó a tirar un millón de ejemplares diarios. En su batalla por ganar la circulación ante el New York American Journal, de William Randolph Hearst, modernizó las formas del periodismo, introduciendo el sensacionalismo o amarillismo.

[2] Greene William Cornell Greene (?-1911). Empresario estadunidense. En 1896 adquirió de la familia del ex gobernador de Sonora, Ignacio Pesquiera, la mina El Ronquillo. Tres años después fundó la Cananea Consolidated Coper Co., más tarde filial de la Anaconda Cooper Co. de John D. Rockefeller. Diversificó su emporio a través de la maderera Madre Land and Timber Co., la empacadora Greene Cattle Co., así como con el Ferrocarril Río Grande, Sierra Madre y Pacífico. Tras la huelga en Cananea del 1 de junio de 1906, organizó la expedición de las tropas dirigidas por el capitán de los rangers de Arizona, Thomas Rynning, que masacró a los obreros huelguistas. Junto con el abogado Norton Chase y en coordinación con Enrique C. Creel organizó una campaña de persecución de los miembros del PLM mediante el uso de grupos de choque provenientes de compañías privadas de detectives, la compra de testigos y el cohecho de jueces y jurados. Logró encarcelar, deportar clandestinamente y enjuiciar a una docena de líderes liberales de la región, entre otros a Librado Rivera. En 1908, tras un revés financiero, sufrió un colapso nervioso que a la larga provocaría su muerte.

[3] Manuel Flores (1853-1924). Médico, pedagogo y periodista. Fue diputado porfirista desde 1892. Defensor del positivismo. Fue colaborador de El Imparcial, periódico que llegó a dirigir al dejar el cargo Carlos Díaz Dufoo.

[4] Francisco Bulnes (1847-1924). Ingeniero, periodista y profesor capitalino. Fue diputado federal y senador en múltiples ocasiones. Desempeñó diversas comisiones dentro del sector minero, bancario y de hacienda pública. En 1904 publicó su polémico El verdadero Juárez seguido de Juárez y las revoluciones de Ayutla y de Reforma. Escribió en el periódico El Universal. Crítico acérrimo del gobierno maderista. Se le considera el vocero “científico” del régimen porfirista. Publicó entre otros: La Guerra de Independencia, Las grandes mentiras de nuestra historia, El verdadero Díaz y la Revolución y Los grandes problemas de México.

[5] Carlos Díaz Dufoo (1861-1941). Periodista y literato veracruzano. Dirigió El Ferrocarril de Veracruz y La Bandera Veracruzana. Fundador de El Imparcial junto con Reyes Spíndola (1896) y de la Revista Azul (1894), con Manuel Gutiérrez Nájera. Publicó: “La evolución industrial de México”, en México y su evolución social; Robinson mexicano, México y los capitales extranjeros, La cuestión del petróleo, Limantour y México, 1876-1892.

[6] The Wall Street Summary. Periódico dedicado a negocios y finanzas fundado en 1908 por la New York News Bureau Association. Dejó de circular en 1910, cuando fue sucedido por el Financial America.

[7] Ramón Corral (1854-1912). Nació en la Hacienda de la Mercedes, Álamos, Son. Su primer acto público, en 1863, fue protestar contra el establecimiento de la monarquía en México. Periodista. Director de El Efirmaantasma y La Voz de Álamos, periódicos oposicionistas (1873). Intervino en una sublevación contra el gobierno sonorense de Pesqueira; tras su derrota se marchó a Chihuahua. En 1877 fue electo diputado suplente para el distrito de Álamos y presidente del congreso local. En 1879 participó en el derrocamiento del gobernador Mariscal y fue nombrado secretario de gobierno de Sonora. En 1880 fue diputado federal por su estado natal y luego por Sinaloa. En 1883, de nuevo secretario de gobierno de Sonora. Vicegobernador constitucional de 1887 a 1891, fecha en que volvió a ocupar el cargo de secretario de gobierno. De 1895 a 1899, gobernador constitucional de Sonora. En 1900, fue llamado por Díaz para ocupar la gubernatura del D.F. De 1903 a 1911 se desempeñó como secretario de Gobernación; en ese puesto se ocupó ampliamente de la persecución de liberales radicados en Estados Unidos. En 1904, vicepresidente de la República, cargo que repitió en 1910. Tras los acuerdos de Ciudad Juárez, marchó a Europa. Murió en París.

[8] Refiérese a Porfirio Díaz.

[9] Bernardo Reyes (Guadalajara, Jalisco, 1850-México, D.F. 1913). Militar y político. Combatió a la intervención francesa. Gobernador de Nuevo León entre 1885 y 1887 y entre 1889 y 1909. Secretario de Guerra entre 1900 y 1902, donde creó la Segunda Reserva del Ejército. Participó en la campaña contra Manuel Lozada, “el tigre de Álica”. Recibió los sobrenombres de “El procónsul del noroeste”, “El barba de bronce” y “El atrincherado de Galeana”. Durante su gobierno en Nuevo León favoreció la industrialización del estado, en ramas como la fundición, el cemento, el vidrio y la cerveza, y extendió enormes facilidades a la inversión extranjera, particularmente la estadunidense. Se le consideraba, junto con el secretario de Hacienda, José Ives Limantour, como el sucesor natural de Porfirio Díaz. Animó un gran movimiento en su favor, el que se conoció como “reyismo” o “los reyistas”. El 2 de abril de 1903 provocó una sangrienta represión contra una multitud ciudadana convocada por la Convención Electoral Neolonesa y los periódicos antirreyistas Redención, Justicia y Constitución, que manifestaba en las calles de Monterrey su adhesión al abogado liberal Francisco E. Reyes; resultaron 15 manifestantes muertos, infinitud de heridos y nume­rosas aprehensiones. RFM escribió una crónica de los sucesos —“La hecatombe de Monterrey”— en el número 846 del El Hijo del Ahuizote, firmada con el seudónimo de Escorpión. Al acercarse la sucesión de 1910, el recién fundado Partido Democráti­co postuló a Bernardo Reyes como su candidato a la vicepresidencia de la República, pero Porfirio Díaz lo envió al exilio diplomático en Europa para alejarlo de la política nacional, y favoreció a Ramón Corral como su compañero de fórmula. En 1912 se sublevó contra el gobierno de Francisco I. Madero, fue derrotado y encarcelado en la ciudad de México. El 9 de febrero de 1913 fue liberado de la prisión junto con Félix Díaz, sobrino del dictador, por el levantamiento militar que daría lugar a la “Decena Trágica”, el asesinato de Madero y Pino Suárez y la dictadura de Victoriano Huerta. Como parte de esta sublevación, el General Reyes encabezó el ataque al Palacio Nacional del mismo día 9, cayó abatido por las balas de los defensores de Madero a las puertas del palacio.

[10] El Progreso, “Semanario Independiente”, San Antonio, Tex., (1906?-1908). Editor Ramón Torres Delgado. De abril a junio de 1907 fungió como vocero de la JOPLM