La fuerza de la Revolución

El Dictador Porfirio Díaz está asombrado de la fuerza de la revolución que se le echa encima para acabar con su despotismo. Creía el tirano que la Junta Organizadora del Partido Liberal, compuesta de modestos ciudadanos sin charreteras, ni condecoraciones, ni ninguno de esos relumbrones que embelesan a los idiotas, sería impotente para hacer que el pueblo se levantara en armas desconociendo el Gobierno que por treinta años ha dispuesto a su antojo de la honra, de la vida y de los intereses de los mexicanos ¡Cuán equivocado estaba el Dictador!

¡Y como él, cuán equivocados estaban todos aquellos que consideraban imposible una revolución contra el cesarismo porfirista!

Se creía hasta hace poco que sólo un general, un personaje de polendas, un individuo que de algún modo hubiera ocupado grandes puestos en la administración pública, podría hacer una revolución, y que, mientras no sucediera eso, mientras ningún ex ministro, ningún ex gobernador, ningún viejo militar tomasen a cuestas la tarea de re­dimir al pueblo, éste habría de someterse y de esperar tranquilamente que un Mesías de sombrero montado y deslumbrantes entorchados se decidiera a pronunciarse.

Los hechos han venido a demostrar que las verdaderas revoluciones, esto es, los movimientos populares que son el producto de una necesidad colectiva, no necesitan la injerencia de personajes de oropel para manifestarse y triunfar. La revolución que se inició a fines de septiembre del año pasado y que está próxima a continuar es una revolución popular, de motivos muy hondos, de causas muy profundas y de tendencias bastante amplias. No es la revolución actual del género de la de Tuxtepec,[1] de la de la Noria,[2] verdaderos cuartelazos fraguados por empleados mismos del Gobierno, por ambiciosos vulgares que no aspiraban otra cosa que apoderarse de los puestos públicos para continuar la tiranía que trataban de derribar, o para sustituir en el poder a gobernantes honrados y progresistas como Juárez y como Lerdo de Tejada, a cuya sombra los bandidos no podían medrar.

Una revolución como aquellas que encabezó Porfirio Díaz o como las que hasta antes de la Guerra de Tres Años se siguieron una después de otra en nuestro desgraciado país, una revolución sin principios, sin fines redentores, la puede hacer cualquiera en el momento que se le ocurra, lanzarse a la revuelta, y bastará con apresar a los que la hacen de cabecillas para destruir el movimiento, pero una revolución como la que ha organizado la Junta de St. Louis Missouri no puede ser so­focada ni por la traición, ni por las amenazas, ni por los encarcelamientos, ni por los asesinatos. Eso es lo que ha podido comprobar el Dictador y de ello proviene su inquietud. No está en presencia de un movimiento dirigido por aventureros que quieren los puestos públicos para entregarse al robo y la matanza como los actuales gobernantes, sino de un movimiento que tiene sus raíces en las necesidades del pueblo y que, por lo mismo, mientras esas necesidades no sean satisfechas, la revolución no morirá, así perecieran todos sus jefes, así se poblasen hasta reventar los presidios de la República y se asesinase por millares a los ciudadanos desafectos al Gobierno.

Así se explica cómo a pesar de las persecuciones que desde septiembre del año pasado se han registrado en todo el país; a pesar de estar ya congestionadas de prisioneros las prisiones y a pesar de las hecatombes de Río Blanco, del espionaje constante de los rufianes del tirano, de la inseguridad en que todos viven, pues nadie está a salvo de ser considerado como conspirador y encerrado por siete años en una cárcel si no se le aplica la ley fuga; a pesar de todo, la organización revolucionaria se fortalece día por día con nuevos y valiosos elementos, extendiéndose la idea revolucionaria con una rapidez que llena de entusiasmo a todos los hombres de bien que ven acercarse a grandes pasos el día de la redención.

La revolución actual tiene en verdad hondas raíces; ya ningún hombre inteligente quiere la paz, la vergonzosa paz porfirista: paz de zahúrda donde medran los cerdos con el hocico en el fango, y nadie quiere ya la paz, no porque se ame la guerra, no porque sea cosa adorable la matanza, la destrucción, el incendio; se quiere la guerra como medio para liberarse del yugo de la miseria y de la tiranía; es el clavo quemante al que se afianza un pueblo que no quiere morir; que quiere vivir y se resiste a cerrar su historia en la presente página de esclavitud y de muerte.

He aquí explicado por qué la Junta puede hacer una revolución y por qué esa revolución está animada de una vitalidad que no aciertan a comprender los que desconocen su fuerza. No se trata de una revolución de simple carácter político, no se trata de quitar a Porfirio Díaz para que ocupe su puesto otro tirano como él. La revolución actual es de carácter social y de ahí deriva su fuerza y su prestigio. No se concreta a demandar reformas políticas, sino que quiere conquistar reformas sociales que pongan al pueblo mexicano en aptitud de poder conquistar aun nuevas y mejores reformas.

La revolución actual es un aspecto del problema del pan que por sí solo ocupa la presente etapa de la historia humana. Es un problema universal que los pueblos tienen que resolver a pena de perecer. Ya los pueblos desfanatizándose poco a poco gracias a la creencia no se conforman con esperar hasta la muerte para ir a comer bien en el cielo que las religiones prometen a los mansos y a los crédulos. Todos quieren comer en este mundo, gozar de las comodidades que ofrece la civilización moderna, nutrir el cerebro y nutrir el cuerpo. En vano los sacerdotes de todas las religiones se desgañitan recomendando sumisión y humildad. Ya nadie quiere ser humilde ni sufrir con paciencia privaciones y martirios con la esperanza de volar al cielo, ese cielo mentiroso cuyo prestigio fue más fuerte para someter a la humanidad y tenerla en la esclavitud que las armas y los soldados de los déspotas.

El pueblo mexicano, como el pueblo de todas las naciones, quiere también vivir, quiere gozar, quiere ser libre y por eso es fuerte la revolución, por eso no murió con la traición de Ciudad Juárez, por eso vive a pesar de que centenares de sus leaders se encuentran en las cárceles y otros más han sido asesinados; por eso triunfará.

No espere, pues, Porfirio Díaz que con el terror que pretende sembrar muera la actual revolución. Ella tiene raíces muy hondas, bastante hondas… ¡Es cuestión de vida o muerte para el pueblo!

Revolución, núm. 2, 8 de junio de 1907



[1] Rebelión llevada al cabo al amparo del llamado Plan de Tuxtepec. Proclamado el 1 de enero de 1876. Suscrito por militares pronunciados contra el presidente Lerdo de Tejada, que reconocían como general en jefe a Porfirio Díaz. Reivindicaba la Constitución de 1857; exigía la no reelección del Presidente de la República y los gobernadores; desconocía al Presidente y a todos los funcionarios electos en julio de 1873; proclamaba elecciones libres, libertad para los municipios y responsabilidad para los partidarios de Lerdo. Triunfó en noviembre de 1876, y llevó a Díaz a la presidencia.

[2] Rebelión de La Noria. Movimiento encabezado por Porfirio Díaz contra la reelección de Benito Juárez en 1871.