Los Mártires de Cananea. ¡A la lucha, Mexicanos!

Hace un año que los obreros mexicanos empleados en las minas de Cananea decidieron, en número de seis mil, reclamar la jornada de ocho horas y aumento de salarios.

La reclamación era justa, y, además, para fomentarla, no se recurrió por parte de los obreros a ningún medio violento. Una comisión de trabajadores se acercó a Greene, gerente de la Compañía de Cananea, y le expuso que los obreros mexicanos empleados en la negociación se sentían humillados por el hecho de que, desempeñando la misma labor que los obreros extranjeros, también empleados ahí, ganaban, sin embargo, salarios inferiores a los que disfrutaban estos últimos, y que, para que esa desigualdad ultrajante dejara de existir, demandaban el aumento de sus salarios y el establecimiento de la jornada de ocho horas.

Greene manifestó a la comisión de los trabajadores que no podía aumentar los salarios sin el consentimiento del gobierno.

Como resultado de la negativa, los obreros rehusaron volver al trabajo y en ordenada procesión recorrieron las calles de Cananea, dirigiéndose todos a los lugares donde había trabajadores mexicanos para invitarlos a que se les unieran.

Entre tanto, el telégrafo funcionaba entre Cananea y Hermosillo y entre esta ciudad y la de México. El alambre que debiera ser conductor de ideas salvadoras, vehículo del progreso y medio excelente para poner de acuerdo a la humanidad en su penoso bregar por la felicidad y la justicia, era infamemente deshonrado: órdenes draconianas partían del Palacio Nacional de México y del Palacio de Gobierno de Hermosillo para que las autoridades de Cananea impidieran, a cualquier costo, que los obreros abandonasen sus labores, obligándolos por la fuerza a reanudarlas.

Las órdenes fueron estrictamente cumplidas y el proletariado de Cananea fue pasado a cuchillo.

No encontrándose capaz el Gobierno Mexicano de degollar él solo a los obreros, pidió su ayuda a las autoridades americanas, y juntos, esbirros mexicanos y esbirros americanos, se entregaron a la matanza. La sangre obrera, la sangre generosa que hecha músculo produce la riqueza, fue derramada a torrentes, empapando aquellos campos mineros que, previamente y durante muchos años, bebían el sudor de los mártires de la explotación capitalista.

Un estremecimiento de indignación agitó el organismo nacional desde el Bravo hasta el Suchiate como si una mano tosca hubiera tropezado con una cuerda en tensión, y traspasando las ondas vibratorias las fronteras y los mares, fueron a percutir dolorosamente en los corazones generosos.

Desde aquel instante quedó rota la paz porque hasta los más ciegos pudieron ver que nada de común podía existir entre el pueblo y sus tiranos, como no fuera el odio mutuo producido por sus respectivos intereses siempre en pugna. El interés del amo es distinto del interés del siervo.

Fue entonces que cuando después de treinta años comprendió el pueblo que una paz amasada con lágrimas y sangre, es una paz vergonzosa, y que, reclamar el derecho con las manos vacías, equivale a un suicidio.

El espíritu de rebeldía, ese espíritu fecundo que transforma en hombres a los esclavos y al cual se debe el actual progreso humano que necesita para desenvolverse aún el esfuerzo de nuevos rebeldes, ocupó en muchos corazones el puesto donde antes dormitaba la resignación.

Todos vieron claramente la tremenda injusticia y se trajo a la memoria la visión cruenta de ese vía crucis de treinta años del pueblo mexicano. En treinta años el pueblo sólo había vivido para sus amos de la política y del dinero y cuando después de sufrir humillaciones y maltratos pidió respetuosamente algunas consideraciones y unos centavos más para poder vivir, sus pacíficas demandas fueron contestadas a balazos y los labios que pedían justicia enmudecieron en las horcas.

¡Qué lección tan grande la que recibió en Cananea el pueblo mexicano!

Allí se supo por fin que sólo había dos caminos qué escoger: el de la sumisión o el de la revolución. Someterse, renunciar a ser libre, consentir que el látigo siga cruzando las espaldas y la saliva ungiendo los rostros o rebelarse: ése era el dilema.

Y como no había muerto el sentimiento de la dignidad, como a pesar del terror derramado a manos llenas por un gobierno de bandidos las madres mexicanas han podido producir hombres enteros, es el de la rebelión el camino escogido por los espíritus fuertes.

Ya que los dioses no realizan el prodigio de arrojar tempestades de fuego sobre las sociedades prostituidas, las nuevas Gomorras y las Sodomas modernas serán arrastradas por el espíritu enérgico de los revolucionarios.

Confiemos en que por la rebelión conseguiremos lo que por la sumisión se nos ha rehusado: la libertad y el bienestar.

Al consagrar hoy un recuerdo a los mártires de Cananea no debemos conformarnos con condenar el crimen cínico perpetrado por los esbirros del César mexicano. Hay que hacer algo más: robustecer nuestros propósitos de derribar la tiranía.

La Junta Organizadora del Partido Liberal, residente en St. Louis, Mo., trabaja activamente para derribar por el eficaz medio de la lucha armada el vergonzoso despotismo que pesa sobre los mexicanos.

El día de las reivindicaciones se acerca, y los hombres de temple lo esperan con ansia. ¡Los días de la Dictadura están contados!

No se ha extinguido el eco de los fusiles de Acayucan,[1] y las vibraciones heroicas de los clarines de Jiménez[2] llenan de espanto a nuestros verdugos y renuevan las esperanzas de libertad de los humildes.

¡A la lucha mexicanos!

Revolución, núm. 2, 8 de junio de 1907



[1] Refiérese al ataque a Acayucan, Ver., llevado al cabo por Hilario C. Salas al frente de cerca de 300 indígenas de la región de la Sierra de Soteapan, el 30 de septiembre de 1906. Los rebeldes fueron dispersados y dos días después intentaron de nueva cuenta la toma de la población con iguales resultados.

[2] Se refiere a la población de Jiménez, Coah., en la que tuvo lugar el levantamiento liberal del 26 al 28 de septiembre de 1906, encabezado por Juan José Arredondo y León Ibarra. Los rebeldes, en su mayoría procedentes de Texas pero originarios de la región, fueron repelidos por el ejército federal. Un grupo de alzados retornó a los Estados Unidos, donde fueron perseguidos y, algunos, aprehendidos.