Los evolucionistas y los revolucionarios

Desde que los valientes liberales de Jiménez y Acayucan se levantaron en armas para hacer triunfar el Programa del Partido Liberal promulgado por la Junta de St. Louis Missouri el primero de julio del año pasado, algunos oposicionistas, cobardes o sinceros, se apresuraron a declarar en ciertos periódicos que ellos quieren obtener por la evolución lo que los revolucionarios queremos por la revolución: la libertad y la felicidad del pueblo.

Creen o fingen creer los llamados evolucionistas que todo lo que se expresa en el Programa del Partido Liberal pude obtenerse sin empuñar las armas, sin derramar una gota de sangre, sin ejecutar el menor acto de violencia. La solución es bien sencilla para esos pobres de espíritu; que vaya el pueblo a las casillas electorales, elija sus gobernantes y sus legisladores y que espere sentado la libertad y el bienestar, sin que sea necesario lanzar el más leve grito subversivo ni trastornar en lo más mínimo el orden y la paz. Pueden los gobernantes interesados en no soltar el puesto que tienen hacer fraude en las elecciones, de modo que, aunque el pueblo haya querido nombrar a H, sea R el que resulte favorecido por el voto. En este caso, los evolucionistas acusarían a los que tal fraude hubieran hecho; pero aquí también ocurre que, estando interesados todos los que componen la máquina administrativa en no soltar sus puestos, desecharían la acusación, y si se recurriese por último a los tribunales federales en demanda de amparo, la llamada Suprema Corte de Justicia de la Nación declararía, como lo hace siempre en estos casos, que “la justicia de la Unión no ampara ni protege a los quejosos”, con lo que el fraude quedaría consumado en medio de la paz más sepulcral posible, y las cosas seguirían como antes de haber perdido el pueblo su tiempo en los comicios electorales.

Esto es lo que ha pasado hasta la fecha y lo que seguiría pasando si al fraude de los mandatarios no respondiera el pueblo con la revolución.

Ahora bien, a ese sistema de soportar todas las burlas es al que quieren aferrarse los llamados evolucionistas. ¿Que no se pueden obtener las libertades que necesita el pueblo para dignificarse? Pues no hay que rebelarse por eso, sino esperar, esperar siempre a que vengan tiempos mejores en que los verdugos, por su voluntad, nos hagan la gracia de quitarnos las cadenas.

Y así pasarían siglos y más siglos y los tiranos se sucederían sin interrupción, abusando cada vez más de su poder en la confianza de que el pueblo nunca tomaría las armas para desembarazarse de sus opresores. Sucedería lo que hemos visto en todo el tiempo que Porfirio Díaz ha estado en el Poder: no temiendo los tiranos que los pueblos se levanten en armas; no viéndose obligados a dar libertades porque los que las piden no han de rebelarse, perpetúan la tiranía sin preocuparse poco ni mucho de la felicidad de los ciudadanos.

¿Qué evolución puede efectuarse en tales circunstancias? ¿Como puede el pueblo obtener su libertad y su felicidad, si hay intereses opuestos que no pueden permitirlas sin perecer o sufrir al menos grave lesión?

Los llamados evolucionistas no son tales evolucionistas; son cobardes que en presencia de los graves problemas sociales se sienten impotentes para destruir los obstáculos que retardan la evolución de los pueblos.

Si fueran realmente evolucionistas, serían revolucionarios, porque la evolución no excluye la revolución; por el contrario, se vale de ella para efectuarse cuando en su desenvolvimiento progresivo tropieza con fuerzas que es necesario que destruya, so pena de detenerse y de morir.

La historia toda de la humanidad es la historia de la evolución y de su inseparable compañera la revolución que juntas, hasta confundirse, han operado hasta alcanzar el grado de civilización que ostentan las modernas sociedades. Sin la revolución, la evolución se habría detenido hace miles de años, como la vemos estacionaria en China, inmóvil en el Indostán, muerta en Turquía, y, hasta hace poco, cataléptica en Persia y en Rusia. Si la China, el Indostán y la Turquía dan un paso hacia la vida, será por virtud de la revolución que en estos momentos se prepara en aquellos grandes y oprimidos pueblos.

La evolución de las sociedades humanas, desde el clan primitivo hasta la república actual de gobierno representativo, se debe a la revolución, a la rebeldía constante y fecunda, a los medios violentos, a las medidas extremas tomadas por los oprimidos contra los opresores de todos los tiempos. El árbol de la libertad no hubiera enraizado sin el riego perenne de sangre humana, y necesita, para llegar a su total desarrollo, todavía mucha sangre. A sangre y fuego va conquistando la humanidad cada vez mayores bienes y es natural que así sea, porque siempre ha habido hombres cuyos intereses son opuestos a los intereses de la masa del pueblo y es indispensable que el pueblo, si no quiere ser esclavo, si quiere evolucionar, se rebele para destruir los intereses que le son contrarios, ya que los interesados en oprimir, los que explotando y tiranizando son felices, no han de despojarse de buen grado de lo que los hace fuertes y poderosos, sino que opondrán desesperada resistencia y sólo por la fuerza se les podrá arrancar algo de la libertad que detentan, algo de la felicidad que monopolizan.

He aquí cómo los verdaderos evolucionistas somos los revolucionarios, los que estamos dispuestos a emplear la violencia contra lo que se opone a la evolución del pueblo mexicano.

La evolución contra la Dictadura de Porfirio Díaz es por lo demás, bastante justificada. El pueblo no solamente carece de derechos, no solamente vive sin garantías, sino que, además, no tiene pan. ¿Por qué salen de la Patria los mexicanos? ¿Por qué abandonan la tierra donde vieron la primera luz, donde residen sus afectos, donde se quedan con las lágrimas en los ojos tal vez una madre, quizá una esposa y probablemente una prometida que ve alejarse hacia un país desconocido al objeto de sus tiernos amores?

Los mexicanos salen de la Patria porque en ella no gana el hombre lo necesario para vivir; porque en ella son avaros los patrones, son arbitrarias las autoridades, se carece de pan, se carece de justicia, y, como un peñasco pendiente de un cabello, está sobre las cabezas de los pobres exclusivamente el servicio militar obligatorio.

El pobre, en nuestra Patria, es el más infortunado de los esclavos. El amo puede abofetearlo y escupirlo; la autoridad puede hacer otro tanto. Si el pobre protesta, va a dar al cuartel o al presidio. Si el amo o la Autoridad tienen interés en alguna mujer de la familia de un pobre, éste para que no estorbe, es consignado al Ejército o encarcelado o perseguido o asesinado. Pedir justicia es una locura: los jueces están para castigar a los pobres, no para atenderlos y hacerles justicia.

Ir a la casilla electoral para elegir funcionarios que sean menos brutales y que garanticen los derechos de los ciudadanos es otra locura: cuando no se emplea el fraude para que resulten electos otros individuos que los que el pueblo desea, las autoridades recurren a la fuerza para impedir que los ciudadanos ejerzan el derecho electoral.

Apelar a la huelga para obligar a los amos a ser menos rapaces es otra locura; los soldados del despotismo porfirista asesinan en masa a los trabajadores en huelga.

Esperar que la prensa denuncie tanta infamia es otra locura: los periodistas independientes son encarcelados, apaleados y aún asesinados porque hablan en favor del pueblo.

¿Es posible que en tales circunstancias pueda operarse una evolución benéfica al pueblo en nuestro desgraciado país? No, no es posible, y sólo queda a los mexicanos el recurso de rebelarse para apoderarse de las tierras que detentan los grandes propietarios, para hacerse pagar mejores salarios, para hacerse respetar de amos y caciques; para ser libres, para ser felices.

Por eso espera el pueblo con ansia la revolución: porque es necesaria, porque es salvadora, porque está destinada a destruir los obstáculos que impiden a los mexicanos vivir como hombres en su propio suelo.

¡Bienvenida sea la revolución!

Revolución, núm. 3, 15 de junio de 1907