El problema del pan

El problema del pan es un problema universal surgido de la presente civilización capitalista, basada en el perfeccionamiento cada vez más grande de los medios de producir la riqueza, o sean las máquinas, que sustituyen con ventaja al trabajo manual antiguo. A mayor perfeccionamiento de las máquinas, corresponde un mayor número de brazos sobrantes que van a engrosar la legión de la oscura miseria, agravándose ésta con la desaparición de la pequeña industria, impotente para resistir el empuje de las grandes empresas que reinan soberanas en el mundo económico imponiendo su voluntad a los pueblos todos de la tierra.

No es, por lo tanto, el del pan, un problema exclusivo de México; pero sí podemos asegurar que en ninguna parte como en México presenta dicho problema caracteres más crueles, aspectos tan brutales, que hacen pensar seriamente en un recurso formidable como el de la revolución, para evitar que el problema se resuelva en el envilecimiento, y más tarde, en la extinción definitiva de una raza, por el hambre y la tiranía.

En todas partes el trabajador gana lo necesario para vivir, si no con holgura, al menos con relativa comodidad; en México, el trabajador gana solamente lo estrictamente indispensable para no perecer de hambre.

Desde luego hay esa gran diferencia de condiciones; pero sigamos adelante. En todas partes, generalmente, el trabajador obtiene en dinero el salario por el cual trabaja. En México, el trabajador, generalmente, no recibe el salario en dinero, sino en vales para tiendas de raya donde se les cargan los efectos al doble o triple del valor que tienen en el mercado.

Hay más todavía: el obrero es relativamente respetado en todas partes. En México absolutamente no se le respeta.

Todavía más: en todas partes puede el obrero unirse a sus compañeros y demandar del Capital mejores salarios y menor número de horas de trabajo. En México, los obreros son castigados por rebelión cuando a tal cosa aspiran.

Mas aún: en todas partes donde está instituido el sufragio universal, pueden los obreros tener sus representantes en el Parlamento o en el Gobierno. En México, a pesar del sufragio universal, nadie puede votar otras candidaturas que las oficiales.

Como se ve, hay una gran diferencia entre la condición de los trabajadores extranjeros y la de los mexicanos, pues mientras los primeros son relativamente libres, gozan de ciertas comodidades, y son generalmente respetados, los segundos, los mexicanos, son verdaderos siervos, sin voz ni voto, sin una libertad, como no sea la de reventar de miseria en cualquier covacha.

El problema del pan se complica todavía más con el hecho de que la tierra está en manos de unos cuantos grandes propietarios que, ni la cultivan, ni la aprovechan en nada útil y sólo se preocupan en extorsionar a los pequeños arrendatarios que en ellas se establecen, o a los medieros, a quienes explotan de una manera criminal.

Estos hechos y otros muchos que sería imposible enumerar en un artículo de periódico forman en México un medio de miseria y de total abatimiento no comparable con ningún otro en el mundo, medio propicio a la implantación de las tiranías y que retarda a ojos vistos la evolución de un pueblo inteligente, laborioso, sobrio, cuyo único pecado es ese respeto supersticioso a sus tiranuelos y a sus amos, imbuido por curas perversos, y que lo hace soportar todas las infamias y todas las humillaciones.

Para resolver el problema del pan hay que comenzar por ser rebeldes, extirpando de nuestros cerebros las preocupaciones que nos atan al pasado sin dejarnos mover hacia el porvenir. Demos entrada a la luz; examinemos los alegados derechos de nuestros amos y nuestros déspotas a robarnos y tiranizarnos; atrevámonos a poner en duda y a negar al fin nuestro deber de sumisión y de obediencia a los que nos hacen trabajar para su beneficio, y a los que se trepan sobre nuestros hombros para mandarnos; no hagamos aprecio de lo que aconseja el clérigo, sino de lo que enseña la razón; en suma, seamos hombres de nuestro siglo, conscientes, libres, altivos, y no las mesnadas serviles de los señores de horca y cuchillo de la Edad Media. Pero si por el contrario, por falta de carácter viril, no nos atrevemos a levantar la vista hacia nuestros capataces por temor a la excomunión del fraile; si consideramos justo vivir acosados por las privaciones mientras los que nos gobiernan gozan de todo y todo lo tienen en abundancia, hasta lo superfluo; si es vida humana la que arrastramos los de abajo; si es racional que tengan todo los que no hacen nada y que nada tengamos los que lo hacemos todo; si es motivo de orgullo quitarse el sombrero delante de personajes que tienen más manchadas las manos que un matancero del rastro, entonces, no nos quejemos de nuestra miseria ni de nuestra deshonra, y sigamos postrados ante los tiranos que nos vejan y los ricos que nos roban.

El problema del pan es un problema complejo en verdad, pero difícil de resolver desde el momento en que se conoce el medio: la rebelión.

Y no hay otro medio eficaz, porque interponiéndose entre los hambrientos y el pan los intereses de los señores, es preciso pasar por sobre esos intereses, lesionarlos, arrollarlos, no detenerse irresolutos o respetuosos ante ellos, y tomar por la fuerza lo que se escatima sin razón y sin justicia.

La revolución que está para estallar en México entraña ese problema, como ya lo hemos dicho en algún otro número de este periódico, y por eso es popular y esperada con ansia por todos los que sufren y por todos los que aman el ideal de libertad y de justicia. El espíritu de rebeldía lo hará todo y a él deberemos la grandeza futura de la Nación Mexicana.

Emancipados los hombres de ese fardo pesado de los respetos a los tiranos, estarán aptos para escalar alturas hasta ahora no soñadas. Eso es lo que presiente el pueblo ante la inminencia de la catástrofe, cuyo soplo comienza a enardecer los corazones preparando los ánimos para la gran lucha, para el duelo gigantesco de los de abajo contra los que oprimen.

Los tiranos tiemblan. Creyeron estar sentados sobre un cadáver sin darse cuenta de que su trono estaba construido sobre un volcán. Los marinos ignorantes muestran confianza en medio de un mar tranquilo cuando ningún viento lo encrespa y lo agita, sin saber que esa calma es el presagio de la tormenta, que en el cielo diáfano está suspenso el rayo que ha de herir la embarcación, y que el vientecillo que pasa acariciante refrescando los rostros quemados por el sol está próximo a levantar montañas de agua que, al desplomarse, arrastrarán al abismo todo lo que encuentren a su paso.

El pueblo es como el mar. Su tranquilidad es engañosa porque presagia tempestades de fuego y de sangre. Las manos que levantan barricadas y guillotinas son las que poco antes ponían la semilla en el surco, manejaban la escuadra o acariciaban las cabecitas de los pequeños… Los labios contraídos por la cólera, tal vez conservan el sabor de los últimos besos de la amada…

El silencio y la calma del momento, tienen en potencia el estruendo y el tumulto de mañana. El azadón es fácilmente sustituido por el fusil. ¡Cuántos que no soñaban ni en pastorear ganados conducirán mañana a la victoria un ejército de leones! Morelos elevaba la hostia al cielo sin presentir la epopeya de Cuautla. Los laureles de Calpulalpan no fueron soñados por González Ortega[1] cuando litigaba en los juzgados de Zacatecas.

¿Cuántos Morelos, cuántos González Ortega, cuántos caudillos que la revolución hará insignes habrá en estos momentos en ese mar tranquilo que se llama pueblo mexicano? Tiene que haber muchos. Las grandes conmociones sociales son propicias a la aparición de los grandes caracteres.

¿Cuánto puede el espíritu de rebeldía? La humanidad será algún día grande y dichosa por la rebeldía, y el pueblo mexicano, para no rezagarse, para ir con el resto de los humanos hacia las grandes conquistas del porvenir, debe ser rebelde, no respetar más fetiches, romper las cadenas que lo atan al pasado, y, por lo pronto, para no verse detenido en su evolución, derribar al traidor Porfirio Díaz e implantar el Programa del Partido Liberal.

Revolución, núm. 4, 22 de junio de 1907



[1] Jesús González Ortega (1822-1881). Militar zacatecano. Apoyó el Plan de Ayutla. Gobernador de su estado natal (1858). Decidió la Guerra de Tres Años en la batalla de Calpulalpan en diciembre de 1860. Establece una tensa y contradictoria relación con Juárez. Protagoniza el desastre de Cerro Borrego ante las tropas francesas y después de 62 días de sitio en Puebla se rinde incondicionalmente. Las disputas por el Poder Ejecutivo con Juárez lo llevarán al exilio, a la cárcel y finalmente al retiro a la vida privada.