Armémonos y venceremos

Es grato oservar cómo, a pesar de los esfuerzos de la Dictadura, se han difundido rápidamente las ideas emancipadoras y han logrado cautivar el corazón y la voluntad de nuestro pueblo que al fin comprende sus derechos y se manifiesta resuelto a no continuar siendo la resignada víctima de la explotación y el despotismo.

Poco, muy poco hace, algo menos de un año, que fue expedido en St. Louis, Mo., el Programa del Partido Liberal en el que se ofrecen reformas sociales y económicas que tienden a abolir los abusos del Gobierno y el Capital y a despejar de obstáculos el camino que conduce al aseguramiento de nuevas libertades. Poco, muy poco hace, que la conciencia pública se estremeció al recibir la simiente de las nuevas doctrinas contenidas en el documento citado, y ya pueden admirarse los frutos en la fecunda revolución de ideas que en los actuales momentos conmueve al pueblo mexicano.

La simiente estaba sana, pletórica de vida, y cayó en suelo fértil y generoso.

Los proletarios, que son los que más sufren bajo el actual sistema de opresión y los que más beneficios obtendrán con el triunfo del Partido Liberal, se han adherido en masa a los principios proclamados por la Junta de St. Louis Missouri y, devorados por la impaciencia, esperan el momento de consagrar sus energías al servicio de la causa que los ha de redimir.

Saben, por dolorosa experiencia, que en México, bajo las actuales circunstancias, bajo el actual Gobierno de cafres, sería inútil —para no calificar de insensata— cualquier tentativa que hicieran para obtener por medios pacíficos el mejoramiento de las crueles, de las inhumanas condiciones de trabajo a que están sujetos. No escapa a su penetración que siempre que supliquen, que siempre que pidan a sus amos con la humildad de siervos unos centavos más de jornal o una disminución de las horas de la faena diaria, no conseguirán otra cosa que ser objeto del desprecio y el escarnio. Tampoco ignoran que la huelga quieta, ordenada, es impracticable, porque los soldados del Dictador intervendrán y a machetazos harán que los huelguistas vuelvan al trabajo. Si protestan contra el atentado, si presentan la más leve resistencia, serán asesinados, como en Cananea, como en Río Blanco.

En cuanto a libertades políticas, si se atreven a reclamar por medio de la prensa o la tribuna el derecho de votar, de asociarse, de tomar participación en la vida pública conforme lo garantizan nuestras leyes; si practican cualquiera de esos actos legítimos, la cárcel o el puñal del asesino mercenario los reducirá al silencio, a la inacción.

Todo eso lo saben perfectamente y por lo mismo no incidirán en procedimientos que conducen al fracaso inevitable, al sacrificio infecundo.

Acudirán al único recurso practicable, eficiente, al salvador: la revolución.

Seguros estamos de que sólo esperan que la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano inicie el movimiento que está preparando para rebelarse ellos a su vez y cooperar, con el heroísmo y la abnegación de que son capaces, al derrumbamiento de la Dictadura que durante treinta años nos ha afectado y oprimido.

Si fuera posible que todos los proletarios estuvieran en comunicación con la Junta, que todos los elementos que van a combatir por la libertad se organizaran y prepararan sus planes antes de que estallara la revolución, alcanzaríamos el triunfo definitivo sin dificultades, sin grandes sacrificios. Porfirio Díaz y sus favoritos serían impotentes para resistir el empuje de las legiones inmensas de rebeldes.

Pero no hay ni siquiera que intentar tal cosa para evitar que se nos destruya en detalle. La Dictadura tiene a su servicio un ejército de esbirros que, violando la correspondencia, o por medio del soborno y el espionaje, trabajan incesantemente para sorprender los secretos de la conspiración. Si la Junta fuera a comunicarse con todos los partidarios de su causa —que es la causa del proletariado nacional— habría muchas víctimas de las triquiñuelas de los esbirros; las cárceles se llenarían de hombres que nos harían falta en los campos de batalla.

La Junta no puede entenderse directamente más que con un limitado número de leaders del próximo movimiento, leaders, que a su vez, están en contacto con los grupos constituidos secretamente en diversas poblaciones de la República.

Los revolucionarios que no estén en contacto con la Junta ni con alguno de los leaders, pueden formar grupos con los que les merezcan confianza y relacionarse luego con la Junta, si les es posible, o hacer sus preparativos aisladamente o estar listos para secundar y sostener a los insurrectos que primero se levanten en armas.

Los que por prudencia no quieran ingresar a algún grupo, individualmente se equiparán.

Lo esencial es que todos procuren armarse, que cada quien se compre un fusil y se provea de parque.

Esta revolución no es fomentada por politicastros ni por hombres de dinero, sino por ciudadanos humildes a quienes les sería imposible aportar la exorbitante suma de dinero que se requiere para el armamento de todos los rebeldes. Esta revolución persigue el bien general, y justo es que se esfuercen porque obtenga éxito todos los hombres que deseen ser libres; que cada quien contribuya con lo que más pueda, cuando menos con su propio fusil.

El sacrificio pecuniario que se haga para proporcionarse el arma no será en balde: es un sacrificio con que se compra la libertad y el futuro bienestar.

A armarse, pues, sin pérdida de tiempo, los que estén dispuestos a perder la vida en defensa del ideal.

Vamos a empeñarnos en una lucha encarnizada, y conveniente es que hagamos acopio de previsión, que nos preparemos con oportunidad, para que a la hora suprema nos encuentre fuertes el enemigo y tenga que someterse y servirnos de escalón en nuestro ascenso inevitable hacia la sociedad del mañana, cuyos fulgores ya asoman en el horizonte de la Patria.

Constituimos los oprimidos un ejército inmenso, incontable: somos la nación entera y en nuestra contra milita un reducido número de tiranos, de ventrudos burgueses y esbirros degradados. ¿Permitiremos que esos canallas nos sigan oprimiendo y robando el fruto de nuestro trabajo? ¿Seremos tan imbéciles que no arrojemos un yugo que no tiene más apoyo, más fuerza para imponerse sobre nuestras nucas, que nuestra imperdonable mansedumbre y envilecimiento? ¿Seremos tan miserables que leguemos a nuestros hijos la esclavitud que con un arranque de abnegación, con un leve impulso, podemos destruir, emancipándonos nosotros mismos y salvando de ese oprobio a los que nos sucedan?

La revolución se avecina, la va a iniciar muy en breve la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano. Que no nos sorprenda desprevenidos e indecisos. Compremos nuestros elementos de guerra, alistémonos, permanezcamos en guardia y al escuchar el toque de llamada, acudamos a nuestros puestos, sin dilación, sin zozobra, como soldados leales y avezados al peligro.

Revolución, núm. 4, 22 de junio de 1907