El deber de la mujer

En el número 5 de revolución[1] publicamos una excitativa firmada por varias señoritas residentes en El Paso, Texas, por medio de la cual se señala a los hombres el camino del deber, esto es, el de la revolución, para derribar ese vergonzoso despotismo que pesa sobre los mexicanos.

Son las causas más bellas las que logran interesar a la mujer, sacándola de ese quietismo enervante en que la tienen sumida, las preocupaciones heredadas y las enseñanzas torcidas de una educación hipócrita, que hoy por hoy, es el menguado pan intelectual con que nutre los cerebros una sociedad regida por eunucos y por viles.

La causa que persigue la Junta Organizadora del Partido Liberal tiene la virtud de interesar a todos los espíritus honrados, hombres y mujeres, porque es una causa humana y civilizadora que quiere la felicidad, la fraternidad y la libertad de todos los que viven en esa parte integrante del mundo que se llama México. Por eso hay muchas mujeres entre los miembros del Partido Liberal, y por eso las señoritas mexicanas que residen en El Paso, Texas, excitan a los hombres a que no sean mansos, a que sean realmente hombres y a que tomen las armas para ganar la libertad.

Nosotros, los emancipados, los que pensamos libremente, saludamos con entusiasmo a la mujer moderna, la compañera del hombre que ante la ciencia ha dejado de ser el animal inferior condenado a la esclavitud y que, como el hombre mismo, tiene su puesto en el combate que la humanidad entera libra contra las fuerzas ciegas de la naturaleza que hay que domar para hacerlas útiles, y contra los errores multiseculares de los cuales va desprendiéndose lentamente, lentamente.

La mujer no debe permanecer indiferente a las luchas de los hombres; por el contrario, debe interesarse vivamente por ellas, porque las conquistas que se obtengan redundarán en beneficio de todos, hombres y mujeres, y se obtendrán más pronto y más fácilmente si la mujer deja de ser, como en la generalidad de los casos, el freno que detiene nuestros más sinceros impulsos, el soplo helado que marchita nuestros entusiasmos calculando y midiendo las dificultades de las grandes empresas. Pascal Duprat[2] asegura, y con razón, que si las más generosas revoluciones no han producido todo el fruto que de ellas se esperaba y si nuestro progreso político avanza pulgadas en vez de avanzar palmos, eso se debe a “que nuestras madres, nuestras hermanas y nuestras hijas, nuestras Compañeras sobre todo, no participan de los sentimientos y de las ideas que han provocado esos grandes movimientos. He ahí la causa principal de tantos fracasos políticos: hemos dejado a la mujer en la superstición y en la ignorancia”.

La mujer, ese ser bello, tierno y adorable, que si uniera sus esfuerzos a los esfuerzos del hombre, si sumara sus aspiraciones con las aspiraciones del hombre, daría un gran impulso al progreso, se ha convertido, al influjo de una educación malsana, en obstáculo que retarda la marcha del hombre hacia la libertad y el ideal. La mujer, en general, considera como impropio de su sexo la injerencia en los asuntos políticos. El fraile y una moral absurda la han enseñado a no fijar la atención en los graves problemas que se presentan en la lucha por la vida de las sociedades humanas, y de ahí que sólo el hombre luche por la libertad, derivándose también de ese hecho que el hombre, dueño del campo, confeccione leyes que deprimen a la mujer, que la hacen esclava socialmente y la alejan más y más del terreno de la lucha en que juntos, hombres y mujeres, deberían encontrarse para allanar la senda de los destinos humanos.

Siendo la mujer ajena a la agitación política por defecto de educación, natural es que sea la primera en oponerse a que el hombre tome participación en los asuntos de interés general. Las madres aconsejan a sus hijos que no se mezclen en política; las hermanas riñen con el hermano que tiene ideales y que quiere ser digno y libre; las compañeras muestran al marido la prole como el mejor argumento para hacer a un lado sueños de redención y de justicia. ¡Cuántos impulsos generosos, que dejados en libertad habrían llevado al linaje humano por senderos expeditos, se han marchitado y muerto al calor de los besos, al contacto de las lágrimas y al roce de las caricias de una madre o de una amante que se oponen a que el hombre cumpla sus deberes de solidaridad humana! ¡Cuántas veces la férrea voluntad del héroe, capaz de romper cadenas y de arrasar tronos y de derribar dioses, es impotente para romper esa dulce cadena de jazmines y de rosas con que la mujer detiene al hombre al echarle al cuello los brazos adorables!

¡La humanidad será grande el día en que los labios de la mujer al dar miel de amor, den aliento de combate!

¡Madres, hermanas, amantes, no detengáis más a los hombres: dejadlos luchar por el bienestar de todos, y si algunos de ellos, por cobardía o por egoísmo se rehúsan a tomar parte activa en la lucha que se prepara, empujadlos a que cumplan con su deber! ¡Madres: de vuestros hijos es el porvenir; que tengan un porvenir de hombres libres; empujadlos al combate! ¡Hermanas: la suerte de vuestros hermanos es la vuestra; si ellos son libres y felices, vosotras lo seréis también; empujadlos a la lucha! ¡Esposas: el deber del hombre es luchar por el bienestar de todos, con lo que se obtiene el bienestar de cada uno; ante la revolución que va a estallar ningún hombre digno debe permanecer indiferente; empujad al esposo al combate que os hará felices, y si se resiste, no lo acariciéis más, renunciad a tener hijos de cobardes!

La función social de la mujer no está limitada por el radio estrecho de la maternidad: tiene horizontes más amplios, amplísimos, como los del hombre, y si bien jurídicamente se la considera inferior porque los que hacen las leyes han tenido siempre interés en que la mujer sea la esclava y no la compañera del hombre, la ciencia le concede los mismos derechos, las mismas prerrogativas que asisten a éste para gozar de libertad y de bienestar; teniendo, por lo tanto, los mismos deberes que el hombre como parte integrante de la especie humana. La mujer es, pues, la compañera y no la esclava del hombre, y juntos tienen que luchar, como cualquier especie biológica, contra todo lo que se oponga a la satisfacción de sus necesidades.

¡Y qué de necesidades dejan de satisfacerse por la tiranía que impera en nuestro país!

Hay, pues, que luchar contra el despotismo, y cada quien tiene que luchar según su sexo y edad: los hombres fuertes, con el arma al brazo; las mujeres y los ancianos, animando a los bravos a que marchen al campo de batalla.

De ese modo la mujer dejará de ser un obstáculo para las grandes empresas; no encadenará con sus encantos a los espíritus altivos; no matará con su aliento da ambrosía las grandes aspiraciones varoniles, ni morirán en sus labios, al calor de los besos, los propósitos generosos de los hombres enérgicos. Al contrario, todo lo que la mujer tiene de subyugador y de adorable, todo lo que hace de ella la parte más tierna, más bella y más encantadora de la humanidad será la fuerza propulsora que lance a los gladiadores del pueblo a la conquista de la libertad.

Revolución, núm. 6, 6 de julio de 1907



[1] No se ha encontrado ejemplar del número 5 de Revolución, cuya fecha probable de publicación es el 29 de junio de 1907.

[2] Pascal Duprat (1813-1884). Escritor francés, periodista y político. Electo diputado en 1863, opositor al Segundo Imperio. Fue un brillante orador. Miembro de la Asamblea Nacional, apoyó a Adolphe Thiers, el represor de la Comuna de París.