Los inquietos

Los hombres “serios”, los “sensatos”, todos esos hombres de alma lisa e incolora que como los ciegos no dan un paso sin antes haber tocado el camino, no toman una resolución sin haberle dado mil vueltas en sus espesos cerebros, no dan una opinión sin haber antes conocido la opinión del hombre que creen más autorizado; esos hombres de “orden” que amoldan sus movimientos al movimiento de la mayoría, que se descubren respetuosamente cuando pasa un bandido de espada al cinto y cruces en el pecho, y se ruborizan cuando alguien murmura de los representantes de la autoridad; esos seres cenicientos, sin relieves, que pasan por la vida sin dejar más rastro que el que dejaría un gusano en la arena del jardín; esos hombres “serios”, “sensatos” y “juiciosos” que se adaptan al medio, cualquiera que sea, ven con desdén, cuando no con coraje, a esos otros hombres movedizos, activos, indisciplinables, que abominan del medio ambiente, que no se detienen a copiar las actitudes de los demás para imitarlas ni se inclinan ante los bandidos de espada al cinto y condecoraciones en el pecho. Los “sensatos” llaman a estos últimos: agitadores, díscolos, revoltosos, y piden para ellos la hoguera o el manicomio.

La Autoridad, por su parte, aliada fiel de los hombres “serios” y de “orden”, tiene listos sus esbirros para lanzarlos como perros de presa sobre los agitadores, a quienes considera como criminales enemigos del género humano y cuyo contacto con las masas es tenido por peligroso. El agitador es para la Autoridad lo que la manzana podrida para el frutero: vehículo de corrupción que hay que extirpar.

Y sin embargo, ¡cuánto debe la Autoridad a esos agitadores, a esos inquietos a quienes se persigue y se hace pedazos como a canes hidrófobos!

La civilización moderna es el producto del trabajo de todos los siglos. No veríamos los campos cruzados por ferrocarriles, ni los mares salpicados de barcos de vapor, ni el pensamiento caminaría como rayo a través de los continentes por medio del telégrafo, ni quedaría fijado en millones de libros y de periódicos, ni las costumbres se hubieran suavizado, ni el pecho del hombre viviera la esperanza de una era de mayor justicia y de verdadera fraternidad, si los inquietos no hubieran existido ni aparecieran aquí y allá en este planeta, como florecillas que rompen la monotonía de los prados.

Sócrates, Jesús, Galileo, Dante, Cervantes, Goethe, Darwin, son altos ejemplos de inquietos sublimes, que en el cielo de la humanidad son como estrellas de primera magnitud a las que acompañan estrellas menores y otras más pequeñas aún, pero vívidas, que revolucionaron en el arte y en las ciencias y en las sociedades, contribuyendo todas, desde las más grandes hasta las más pequeñas, al agradecimiento del hombre.

Sin inquietos, grandes y pequeños, no habría progreso. Sin la acción de los inquietos, la humanidad parecería un enorme barco sin máquina en medio del océano. Son los inquietos los que ponen en movimiento ese barco; ellos quienes lo dirigen; ellos quienes lo salvan de los escollos, lo hacen salir avante de la tiranía de las olas y lo encaminan hacia el puerto seguro que sólo pueden ver los espíritus fuertes y las almas generosas.

Los pueblos perderían toda esperanza de redención, si no produjeran inquietos capaces de rebelarse.

Descaminados andan los hombres “serios” al pedir el exterminio de los inquietos, de los agitadores, de esos hombres activos que, inconformes con el crimen triunfante, ahogándose en el ambiente de mentira que corrompe a los hombres trabajan sin cesar entre las masas somnolientas dando luz a los ciegos del espíritu, haciendo andar a los paralíticos a quienes los prejuicios imposibilitan de todo movimiento, devolviendo el habla a los tímidos a quienes el miedo había dejado mudos.

¡Exterminar a los inquietos es cortar a los pueblos!

Sin inquietos, la humanidad sería un ganado presa de esos lobos voraces que se llaman tiranos.

La raza mexicana alcanzará grandes alturas por la acción de sus inquietos.

Revolución, núm. 6, 6 de julio de 1907