No retrocedemos

Mientras más recia es la lucha más la amamos; el combate tiene para nuestras almas indomables atracciones de abismo. Por eso no nos detenemos; por eso vamos adelante. Con las alas rotas por la traición y la vileza, podemos todavía volar.

Y volaremos. Y en medio del mudo terror de los cobardes, por encima de las cabezas humilladas de los viles, acometeremos al monstruo que por treinta años se ha nutrido de lágrimas y sangre.

La empresa es ardua: hay que desalojar de la altura al reptil audaz que quiso tener morada de águila. El monstruo se defenderá, mejor dicho, ya se está defendiendo. Sus hijos, que son legión, han invadido el territorio patrio y aun pasado las fronteras: son el gendarme, el esbirro, el delator, el espía, el judas, toda la jauría de la opresión lanzada sobre los esclavos que quieren redimirse. En la noche que agoniza —la angustiosa noche de la tiranía— se distinguen las pisadas cautelosas de los hijos del monstruo que andan sorprendiendo luchadores: ponen el oído a las puertas y escuchan; con los ojos inquietos escudriñan las sombras, y, con las lenguas enlodadas, van y delatan.

Sin embargo, luchamos. No hablamos: gritamos. Tenemos que hacernos oír. Y nuestro grito llega hasta las multitudes taciturnas como un toque de clarín que llama al combate. Del seno negro de la muchedumbre salen los bravos al llamamiento bélico: son los héroes del mañana, los predestinados a sentir sobre sus frentes la caricia del laurel.

En las sombras hostiles perforadas por las miradas fosforescentes del espionaje, se congregan los libres, mejor dicho, los que quieren ser libres, y se dan las manos trémulas por la emoción y la esperanza, y se alientan y se arman, esperando todos con impaciencia el momento sublime de romper las cadenas. ¿Y el peligro? El peligro es un licor fuerte que embriaga a los bravos; no lo rehúyen; van a él; no lo esquivan, lo buscan. El peligro no es sima, es cumbre, y sobre ella se sientan los héroes: por eso vemos más altos a los más amenazados.

El peligro es el alimento del héroe: sus nervios fuertes necesitan fuertes emociones. Por algo se ha dicho que los héroes tienen médula de león.

Humanidad suplicante y sumisa: ¿qué sería de ti sin los héroes? ¿Qué sería de ti si el aliento respetuoso de los bravos no barriera de vez en cuando a los bandidos de corona y cetro? ¿Qué sería de ti si no hubiera manos fuertes que aplastasen esas cumbres que se llaman guillotinas? ¡Te arrastrarías en el fango, cada vez más abajo, y también cada vez más envilecida, sin poder sacar el rostro del lodo de tu degradación, besando las huellas de tus amos y bendiciéndolos y adorándolos, como el perro maltratado que lame la mano del verdugo en vez de morderla y destrozarla con rabia!

El mundo marcha, dijo Pelletan,[1] y le faltó agregar: marcha por sus héroes. Sobre ese fardo de dolor que se llama humanidad, caen de tiempo en tiempo chispas que lo conmueven y lo hacen vibrar como por efecto de un galvanismo saludable. El fardo entonces se incendia y sangra y se purifica y marcha; pero poco a poco pierde su velocidad y parece como que va a detenerse y apagarse, mas nuevas chispas —los héroes— provocan la conflagración vivificante, galvanizan el cuerpo próximo a morir, y nuevamente marcha. Así es como se cumple la evolución de los pueblos; ¡ése es el ciclo que se repetirá mucho aún, antes que la humanidad ponga la planta en el suelo firme de la Libertad, de la Igualdad y de la Fraternidad!

Y ¡guay!, del pueblo que no se incendie; ¡guay!, del pueblo que no sangre: ¡se detendrá y se pudrirá como los muertos!

Para no corromperse las aguas, necesitan correr; para no envilecerse los pueblos, necesitan marchar, luchar, conquistar el porvenir.

El pueblo mexicano está próximo a incendiarse. Ya estaba agonizante a las plantas de sus opresores, cuando cayó sobre él la chispa revolucionaria de Jiménez y Acayucan, y, detenido el incendio, no sofocado, toma en estos instantes nuevo aliento y nuevo brío para envolver y destruir con su lumbre fecunda todo lo que degrada, todo lo que oprime, todo lo que hace del mexicano un paria y un esclavo.

Desde la altura usurpada, el reptil clava la pupila sanguinolenta en las sombras que se extienden a sus pies, adivinando el peligro. Algo como el rumor de la marejada llega a su oído atento: son los esclavos que se desperezan. En su azoramiento busca el monstruo otras cumbres, y distingue, allá a lo lejos, en otra cumbre, otro reptil en la patria ayer libre de Washington. Demanda su ayuda y la obtiene: los malhechores son siempre solidarios. La jauría de la opresión se multiplica; la canalla hace del espionaje una profesión, y el Iscariote, a quien el dogal no estranguló por completo, puesto que vive, cubre su rostro cínico con la máscara del luchador y vende a sus hermanos.

Al entenderse los monstruos, la civilización huye de América. Una nube de vergüenza empaña el cielo desde Chapultepec hasta Washington, y los bandidos, en medio de las sombras, se entregan al crimen. Se oye el batir de las mandíbulas triturando víctimas; hay mordazas para que no se escuchen los gritos desesperados de los mártires; hay esposas para que las manos de los ultrajados no caigan en el rostro de los verdugos. ¡Cafrería, Congo, Patagonia: cómo suspiran por vuestra libertad y vuestra civilización los oprimidos de América!

La entrega de Manuel Sarabia[2] por bandidos americanos investidos de autoridad a los bandidos que oprimen a México, es el ultraje más villano que alguna vez haya sufrido la civilización.

Y sin embargo, luchamos. Mientras más recia es la lucha, más la amamos. El combate tiene para nuestras almas indomables atracciones de abismo; por eso vamos adelante. Con las alas rotas por la traición y la vileza, podemos todavía volar.

Y nuestro vuelo va rectamente hacia el monstruo que respira en Chapultepec, y lo apresaremos, y lo entregaremos al pueblo para que se haga justicia.

La tormenta que brama sobre nuestras cabezas ni nos amedrenta ni nos detiene: de tanto oírla bramar ya ni llama nuestra atención. Muchos caeremos mortalmente heridos; pero otros llegarán adonde van nuestros pasos. Y esos serán los héroes, los hombres que en estos momentos se preparan a romper las cadenas del pueblo mexicano.

Mientras caemos, seguimos adelante, no retrocedemos. Por nuestras arterias corre sangre fuerte y ardiente: ¿la queréis, tiranos? ¡Bebedla!

Y mientras os la bebéis, gritamos, porque sabemos que nuestros gritos enardecen el alma de los esclavos; porque sabemos que nuestros gritos encienden la rebeldía en los corazones; porque sabemos que nuestros gritos hacen tomar el arma a todos los que quieren tierra y libertad.

¡Adelante!

Revolución, núm. 7, 13 de julio de 1907



[1] Probable referencia a Camille Peletan (1846-1915), periodista y político francés, presidente del Partido Radical. Anticlerical, apoyó la separación del Estado y la Iglesia en Francia en 1905. Aunque opuesto al colectivismo, luchó por la liberación de los Comuneros de 1871.

[2] Manuel Sarabia (1883-1913). Periodista potosino residente en la ciudad de México. Trabajaba en una casa comercial suiza en la capital. Su primo Juan lo integró a la redacción de El Hijo del Ahuizote y al Club Liberal Redención. Encarcelado en la cárcel de Belem, salió de ella para emigrar a los Estados Unidos. Colaboró en Regeneración, tanto en San Antonio, Texas, como en San Luis, Mo. Segundo vocal de la JOPLM En junio de 1907, fue secuestrado en Douglas, Ariz. Se le trasladó a territorio mexicano. Fue devuelto a Estados Unidos a causa del escándalo suscitado. En 1908 fundó El Defensor del Pueblo en Arizona. Publicó artículos en The Border. En 1909, marchó a Inglaterra con su esposa, Elizabeth Trowbridge. Participó en el Congreso Socialista de Londres, de 1910. Al año siguiente, regresó a los Estados Unidos y, en 1912, se radicó en la ciudad de México, donde murió.