El soldado del pueblo y el soldado de la tiranía

Movidas por intereses opuestos, dos fuerzas chocaron en breve tiempo: las fuerzas del despotismo y las fuerzas del pueblo. Las primeras, formadas por esclavos; por hombres libres las segundas.

El soldado del pueblo y el soldado de la tiranía se encontrarán frente a frente en el llano, en la montaña, en el valle, en cualquier parte, y librarán un duelo tremendo: el primero, por la libertad; por la opresión el segundo. Un sol de sangre alumbrará el combate; gritos de odio, de dolor o de victoria atronarán el espacio; apenas podrá respirarse un aire espeso de humo y de rabia; muchos caerán heridos y otros cerrarán definitivamente los ojos.

Tal es, a grandes pinceladas, el cuadro que se producirá en muchos lugares del territorio nacional.

¡El soldado del pueblo y el soldado de la tiranía: esos serán los combatientes!

El soldado del pueblo irá al combate animado por grandes y redentores ideales. Es el representante de todo un pueblo que sufre y que quiere ser feliz; es el escudo de los desamparados, el brazo fuerte que se hace justicia cuando los encargados de impartirla son sordos a las demandas de los humildes. Va por su voluntad a la lucha, no porque ame la sangre, no porque encuentre goces malsanos en la destrucción y el incendio, sino porque en su noble corazón repercute el dolor de los demás, se duele de las penas de sus hermanos de servidumbre y él mismo sufre las cadenas y quiere romperlas.

El soldado de la tiranía va al combate con el cerebro vacío de ideales. Es el representante de los opresores; el mercenario que hace armas contra sus hermanos por la pitanza que se le arroja como un perro y los sablazos con que se le doma como a un mulo. Es un esclavo sacado por la injusticia de la masa de los esclavos para convertirlo en azote de un verdugo. Un esclavo armado por el despotismo es un esbirro; un esclavo armado por el pueblo es un libertador.

El soldado de la tiranía no es un hombre: es una máquina de matar. La disciplina cuartelaria le ha atrofiado el corazón: si se le ordena que haga fuego sobre su familia, obedecerá. La sangre no le inquieta: precisamente está amaestrado para derramarla. En la guerra encuentra dos grandes alicientes: el saquear y violar a las mujeres de los venci­dos… La victoria para el soldado del pueblo es la adquisición de una libertad, de una reforma, el triunfo de un ideal santo y grande. La victoria, para el soldado de la tiranía, es la satisfacción momentánea de groseros apetitos para continuar después la vida hedionda de esos presidios que se llaman cuarteles.

Un brazo armado produce la muerte; pero si el brazo es de un soldado del pueblo, al dar la muerte hará vivir la libertad. En el caso contrario, si el brazo es de un soldado de la tiranía, al dar la muerte hará vivir el despotismo. La libertad y la tiranía no pueden coexistir: la vida de una implica la muerte de la otra. El orador dijo: “cuando el tirano respira, la libertad desfallece”.

Vosotros, soldados de la tiranía, escuchad: debajo de las culatas de los fusiles que el tirano os puso en las manos, un pueblo gigante ha despertado y quiere moverse. Ese pueblo está formado de hermanos vuestros. Allí están vuestros parientes y vuestros amigos de la infancia y de la juventud; allí están vuestras mismas familias que deben encon­trarse en la miseria porque una mano brutal os arrancó de su seno para encarcelarlos en el cuartel; allí deben estar vuestros hijos pidiendo pan; tal vez vuestras hermanas y vuestras esposas se hayan prostituido, ¡los seres que amabais más y que os hacían menos dura y menos amarga la amarga y dura vida del pobre! La anciana madre es posible que esté tendiendo la mano a los transeúntes en demanda de una limosna o que haya muerto de dolor, de hambre o de vergüenza. Tenéis en vuestras manos las armas que el tirano necesita para tener al pueblo en la miseria, en la ignorancia y en la abyección, y os convertís, por el capricho del tirano, en verdugo de vuestras propias familias. Meditad; pensad. ¿De qué lado están vuestros afectos? ¿La vida perniciosa del cuartel os ha degradado hasta el punto de amar a los que os han privado de la libertad y causan la desgracia de los vuestros y de odiar a los que sufren?

Sabedlo, esclavos de uniforme, parias de los cuarteles: vuestro puesto está en las filas del pueblo. No hagáis vosotros mismos fuertes a los que os hacen sufrir y hacen sufrir a vuestras familias y al pueblo vuestro hermano. La revolución se acerca; ya llega el movimiento preparado por vuestros hermanos para ser libres y felices y haceros a vosotros mismos felices y libres. ¿En qué lugar os corresponde estar? ¿Entre los que oprimen o entre los que luchan contra la opresión?

Tenéis armas en vuestras manos: uníos a los soldados del pueblo, pasaos con vuestras armas al lado de vuestros hermanos. En las filas del pueblo ganaréis un peso diario libre de gastos y seréis libres.

¡Escoged!

Revolución, núm. 7, 13 de julio de 1907