El Estrada Cabrera[1]mexicano

La bestia negra que tiene su guardia en Chapultepec ha dado un golpe en falso con el plagio de Manuel Sarabia: esta vez el bandido no quedará sin castigo. La facilidad con que había corrompido a algunos funcionarios americanos; la presteza con que se le entregaban los refugiados políticos por esos mismos funcionarios, y el silencio, el misterio, las tinieblas en que todos esos crímenes habían quedado sepultados, dieron alientos a la bestia inmunda, al aborto maldito que oprime nuestras nucas y nos hace desgraciados, para cometer un atentado más, un nuevo crimen: el del plagio de Manuel Sarabia.

Creyó el verdugo del pueblo mexicano que el oro que derramase para cometer el crimen sería suficiente para sellar los labios. No esperaba que el pueblo de Douglas, como un solo hombre, como una sola voluntad, se removiera indignado pidiendo el castigo de los malhechores, entre los cuales y como principal autor esta él, Porfirio Díaz. Ocurrió a este tiranuelo lo que a Estrada Cabrera con el asesinato de Lisandro Barrillas:[2] ha sido el primer condenado en la conciencia pública.

Ha llegado para Porfirio Díaz la hora de la explicación. El hipócrita que en sus periódicos denigraba a Estrada Cabrera, será denigrado a su vez, mejor dicho, ya ha comenzado a ser denigrado, ya se le maldice, ya se le execra. En su rostro aparecen ya los primeros escupitajos que le han lanzado los hombres honrados de todo el mundo; en su rostro odioso y negro por la infamia se ven las marcas de los primeros bofetones con que lo han castigado los hombres virtuosos de la Tierra. En esta nación, en Francia, en Inglaterra, en España, en Cuba, en todas partes ha comenzado a ser desnudado ese chacal disfrazado de oveja, y cuando esa obra de justicia comenzaba, la fiera, de un salto, se ha lanzado al precipicio cometiendo un nuevo crimen, ejecutando un atentado más, de los más vergonzosos, de los más repugnantes, de los que conmueven hasta a esos seres desgraciados que sólo se preocupan de su bienestar personal, hasta los indiferentes, esos moluscos impasibles que viven felices en la concha de su estupidez.

Estrada Cabrera asesinando a Barillas perdió tanto como Porfirio Díaz plagiando a Manuel Sarabia. El mismo escándalo que produjo en la República Mexicana el asesinato de Lisandro Barillas se ha producido en esta nación con el plagio de Manuel Sarabia, y tal vez más, porque aquí son los ciudadanos los que han protestado, los que han exigido una satisfacción pronta y completa a la justicia.

Gracias a la acción popular, el Cónsul de México en Douglas, el perro de la Dictadura, Antonio Maza,[3] fue puesto en la cárcel en compañía de los bandidos que con él fraguaron el plagio de acuerdo con Porfirio Díaz, autor intelectual del crimen que ha llenado de indignación al pueblo americano.

En importantes ciudades de esta nación se han celebrado reuniones de protesta contra el atentado porfirista; la prensa ha comentado el caso y condenado con energía a los autores, y, muy pronto, cuando se verifique el jurado de Antonio Maza y de los bandidos que cometieron el villano atentado, se hará pública la participación que en el crimen tuvieron Porfirio Díaz y otros altos funcionarios de la República Mexicana. Entonces veremos reproducirse las mismas negociaciones que se entablaron entre México y Guatemala con motivo del asesinato de Barillas: se pedirá la extradición del Gobernador de Sonora, el Gral. Torres,[4] que ha hecho el papel de José María Lima[5] en Guatemala, y Porfirio Díaz, nuevo Estrada Cabrera, se negará a entregar a su cómplice. Veremos envueltos en el sucio proceso a Ramón Corral, quizás también al inútil y embrutecido lacayo Ignacio Mariscal,[6] al esbirro Kosterlisky[7] y a muchos de los bandidos que nos oprimen y nos cubren de vergüenza con sus atentados salvajes.

Para el pueblo mexicano es una mancha de fango la que ha recibido en pleno rostro con el plagio de que fue víctima Manuel Sarabia. Los ciudadanos de esta nación se preguntan admirados cómo ha sido posible que un pueblo formado de hombres haya soportado por tanto tiempo la gavilla de ladrones que lo saquean y lo diezman. Estas gentes educadas en la libertad no comprenden que haya hombres que se dejen oprimir, y sólo conciben que puedan ser esclavos los hombres que no tengan brazos para tomar un fusil.

Los ciudadanos de Douglas, enérgicamente, como hombres libres que son, han pedido que se devuelva a Manuel Sarabia a los Estados Unidos, vivo, si todavía respira, o su cadáver, si ha sido asesinado por los esbirros de Porfirio Díaz.

El viejo bandolero, la hiena maldita que ensoberbecida por sus fáciles triunfos contra los luchadores liberales, se atrevió hasta a invadir con sus esbirros el territorio americano para verificar el plagio, confiando en que Teodoro Roosevelt, el Porfirio Díaz norteamericano, cubriría el atentado de su cómplice de opresión y disimularía el crimen nefando, se ha equivocado. En esta nación el pueblo no es el juguete de vulgares bandoleros; en esta nación el pueblo no es la bestia que se deja apalear por sus amos; el pueblo de esta nación no es el sufrido, el humilde, el dolorido pueblo de México; el pueblo de esta nación no permitirá que el cómplice de Díaz en la esclavitud de los mexicanos, Teodoro Roosevelt, se burle de la justicia en beneficio de su socio, de su camarada, del sombrío tirano en cuyo hocico hediondo agoniza la Patria desgarrada.

Aquí se hará justicia, pésele a Roosevelt; aquí se hará justicia, pésele a Díaz. El tirano de la Casa Blanca se morderá los codos, pero Manuel Sarabia tiene que ser devuelto a este país, porque el pueblo lo exige, porque el pueblo lo quiere, porque el pueblo americano no quiere ser cómplice de ese crimen cobarde fraguado en la sombra.

El cachorro Antonio Maza es el primer Cónsul de Porfirio Díaz que se sienta en el banquillo de los acusados. A ese malnacido, seguirán otros de la misma asquerosa ralea, otros cónsules miserables a quienes el Partido Liberal exigirá responsabilidades y los hará morder los hierros de los presidios americanos. Ha llegado el momento de caer sobre los mastines de Porfirio Díaz y de despedazar esa jauría de esbirros que el tirano de México ha echado sobre los revolucionarios refugiados en esta nación.

Y tú, bestia envejecida en el crimen, prepárate a caer. Tu reinado de sangre ha llegado a su omega. Miles de brazos esperan impacientes el momento de tomar el winchester y de lanzar al viento en son de reto estas palabras: ¡Tierra y Libertad!

En la práctica del mal has envejecido. Tu vida ha sido larga como la de los semovientes, y como la de éstos, estéril para el bien. Al arrastrarte, tu vientre escamoso ha desgarrado la justicia, y, todavía más, ha desgarrado la Patria. Justo es que caigas, monstruo viejo, o mejor, que subas, porque para los monstruos de endurecido corazón, caer es ascender: ¡subirás a la horca!

¿Amas la altura? Pues bien, la obtendrás: el cadalso es una cima.

Es inútil que en tu caída te agarres a ese esclavo enrojecido que se llama Teodoro Roosevelt: caerás, fatalmente caerás en un mar de saliva y de lodo.

Presintiendo tu caída, quieres vender la Baja California y querrás vender la Patria entera. ¡Mi reino, por un caballo! dijo un tirano como tú. Y tú gritas: ¡mi Patria, por la silla presidencial!

Quisiste convertirnos en cerdos, pero el honor es mago: nos ha transformado en leones.

¿Llevas la cuenta de los que has asesinado? ¿Sabes siquiera cuántas lágrimas has hecho derramar? ¿No te estremece el llanto del viento en las comisuras de las puertas como el rumor lejano de los lamentos de tus víctimas? ¿No sientes en tu frente de maldito el soplo de las fosas por ti abiertas?

¡Oh, ciencia injusta! ¿Por qué destruiste el infierno? ¡Ése era el lugar destinado a Porfirio Díaz!

Revolución, núm. 8, 20 de julio de 1907



[1] Manuel Estrada Cabrera (Quetzaltenango, Guatemala, 1857-ciudad de Guatemala, 1924). Dictador de Guatemala entre febrero de 1898 y abril de 1920. Su san­grienta dictadura se entronizó en el poder gracias al servicio que dio a la United Fruit Company, a la que convirtió en la principal fuerza económica de su país. Se opuso a la creación de una República Centroamericana con el apoyo de Porfirio Díaz, y enfrentó militarmente a los salvadoreños. Su siniestra figura inspiró la novela El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias. En 1910 el Congreso guatemalteco lo declaró enfermo mental y lo obligó a renunciar. Autor de la famosa frase “Aquí yo sólo soy el poder”.

[2] Lisandro Barrillas (Quetzaltenango, Guatemala, 1845-ciudad de México, 1907). Militar y político guatemalteco. Conservador. Presidente de su país entre 1885 y 1892, al que gobernó despóticamente, ordenó la matanza de Huehuetenango, en 1887. Fue opositor a Manuel Estrada Cabrera, quien lo obligó a exilarse en la ciudad de México en 1898, donde fue asesinado por dos enviados del dictador en abril de 1907. Cuando los asesinos fueron capturados, antes de ser fusilados denunciaron como autores intelectuales del crimen a militares del círculo cercano al dictador guatemalteco.

[3] Antonio Maza. Diplomático. Cónsul en Douglas, Ariz. entre 1905 y 1907. Organizó la persecución del grupo de liberales asentados en esta población y en la franja minera fronteriza donde trabajaban muchos mexicanos simpatizantes del PLM. Orquestó la vigilancia, represión y desmantelamiento del Club Libertad de Douglas y, en septiembre de 1907, supervisó la aprehensión y entrega a las autoridades mexicanas de varios de sus integrantes, como Lázaro Puente. Al año siguiente, en julio de 1907, fue uno de los artífices del secuestro de Manuel Sarabia y de su inmediata e ilegal entrega a la policía mexicana. Publicaba en Douglas el “papasal El Correo”, desde el que atacaba a Regeneración y al PLM. En sociedad con I.A. Gutiérrez, a El Melcochero, regenteaba “saloncitos de baile”, en los que se practicaba la prostitución.

[4] Luis E. Torres (1844-1935). Militar chihuahense. Combatiente contra la intervención francesa. Partidario del Plan de la Noria en 1871. Elegido gobernador constitucional para el periodo 1879-1881. Volvió a ocupar el gobierno estatal en 1883-1887, 1891, 1899-1903, 1907-1911. Extendió su influencia política a Sinaloa, Tepic y Baja California, con la colaboración de Ramón Corral, Rafael Izábal y Lorenzo Torres. Ejecutor de la campaña contra los yaquis en 1899. Promovió la deportación de los rebeldes a Yucatán. En 1911 se exiló en Los Ángeles, donde murió.

[5] José María Lima. Ministro de Guerra de Guatemala, autor intelectual del asesinato de Lisandro Barillas en la ciudad de México, en 1907.

[6] Ignacio Mariscal (1829-1910). Abogado oaxaqueño. Partidario del Plan de Ayutla. Diputado del Congreso Constituyente de 1856. Durante la guerra de los Tres Años se mantuvo al lado de Juárez. Ministro de la Suprema Corte de Justicia en vísperas de la intervención francesa. Secretario de la Legación mexicana en Washington (1863-1867). Secretario de Justicia e Instrucción pública del gabinete de Juárez. Ocupó diversos cargos diplomáticos y de procuración de justicia. Ministro de Relaciones Exteriores en varias ocasiones entre 1871 y 1911. Cultivó la poesía: Don Nicolás Bravo o clemencia mexicana (1895), Episodio en la vida de Juárez (1906) y Poesías (1911).

[7] Emilio Kosterlitzky (1872-1928). Militar de origen polaco. Teniente coronel del cuerpo de rurales durante la huelga minera de Cananea, en cuya represión colaboró activamente. En 1912 combatió a los orozquistas y al año siguiente reconoció al gobierno de Victoriano Huerta. Se enfrentó a las tropas de Obregón y fue derrotado. Retirado, murió en la ciudad de Los Ángeles, California.