Tierra y Libertad

De las aberraciones en que incurre el derecho de propiedad, es de las más odiosas, sin duda alguna, la que pone las tierras en posesión de unos cuantos afortunados.

Las leyes escritas sancionan la apropiación de tierras; pero como dice Montesquieu “la desigualdad natural y las leyes naturales son anteriores a la propiedad y las leyes escritas”, y, agregamos nosotros, deben prevalecer sobre las legislaciones artificiosas que ha forjado el egoísmo para favorecer a las castas privilegiadas, arrojando a la miseria y al abandono a la mayoría, a la inmensa mayoría de los seres humanos.

La Naturaleza no hace distingos; no formó este globo, que la avaricia ha convertido en infierno de los desheredados, para que fuera la “cosa” de un reducido número de explotadores. Formó este globo de inagotables riquezas, fecundo, prodigioso, magnificente, para que nadie careciera de lo necesario, para que en él la humanidad toda viviera feliz y satisfecha. La Naturaleza es igualitaria: leyes semejantes, precisas, invariables, rigen la vida universal de los astros, y de la misma manera, leyes semejantes, precisas, invariables, determinan el nacimiento de todos los hombres. No hay quien sea superior a los demás: todos los hombres nacen iguales, tienen idéntico origen y viven sujetos a las mismas leyes biológicas. ¿Por qué han de ser unos poderosos y otros miserables? La Tierra, obra de la Naturaleza, ¿por qué ha de ser el feudo de los mimados de la fortuna, en vez del patrimonio de la colectividad, de la humanidad entera?

El derecho a acaparar tierras individualmente, a adueñarse de lo que corresponde a la colectividad, es un atentado contra las leyes naturales, que están muy por encima de las leyes escritas que rigen a la sociedad actual.

Y ese atentado resulta más odioso si se observa que no es la laboriosidad o alguna otra virtud lo que determina el enriquecimiento de los hombres; al contrario, son pasiones bajas, el egoísmo, la avaricia, la rapacidad, las que generalmente conducen al solio de los próceres.

Uno de los mayores absurdos del régimen capitalista estriba en la injusta y desproporcionada división de las tierras. En México, por no hablar de otros países, esa división, tal como subsiste hoy, es una verdadera calamidad nacional.

El territorio mexicano está poseído, casi en su totalidad, por un grupo reducidísimo de terratenientes, quedando cortas extensiones en poder de los pequeños propietarios. La masa de la población, el proletariado tan numeroso como hambriento, no posee ni un palmo de terreno.

Si examinamos esta cuestión, encontraremos que la violencia y la corrupción oficial han contribuido principalmente a despojar a la colectividad de las tierras que por derecho natural le pertenecen. El Estado, el Gobierno, ha sido un aliado eficaz de los despojadores, de los acaparadores de tierras que, en virtud de su crimen, se convierten en grandes, en poderosísimos Señores de vidas y haciendas.

La conquista española nos trajo una irrupción de soldados aventureros y de nobles ambiciosos a quienes, mediante la influencia de que gozaban cerca del trono de España o cerca de los virreyes, les era fácil, sencillísimo, obtener títulos de propiedad sobre terrenos rústicos o urbanos, aunque éstos pertenecieran de antiguo a los indios. Desalojar a los indígenas de sus tierras era cosa trivial y corriente en tiempos de la dominación española, lo mismo que ahora.

Así se formaron grandes propiedades, muchas de las que, pasando de generación en generación, aún subsisten en poder de los descendientes de los despojadores primitivos.

Ya independiente, vino la interminable sucesión de guerras civiles que engendraron el caudillaje, tan ávido de riquezas como los dominadores ibéricos.

Cualesquier “caudillo” que se insurreccionaba y que alcanzaba el éxito en la aventura, una vez encaramado al Poder, se llamaba a sí mismo salvador de la Patria y en premio de sus meritorios servicios se adjudicaba terrenos y más terrenos.

Sus compañeros de armas también tenían parte en el botín y se improvisaban rancheros o hacendados.

Desde los tiempos del Presidente Bustamante[1] hasta las revoluciones de Díaz, los “caudillos” que luchaban por el medro personal, y no por la defensa de ideales, jamás perdieron la oportunidad de hacerse de un pedazo de la Patria.

Hubo “caudillos” que llegaron a poseer estados enteros.

En nuestra época tenemos ejemplos vivientes de esos voraces detentadores de tierras, siendo el principal Luis Terrazas,[2] amo y señor de Chihuahua y parte de Sonora.

 

Los “caudillos” no reconocieron límites a su ambición: Santa Anna fue dueño de haciendas incontables, lo mismo que Márquez, Miramón y Mejía.[3]

Santiago Vidaurri[4] se declaró propietario de gran porción de Nuevo León y Coahuila, y lo mismo hizo Manuel González[5] en Tamaulipas y Guanajuato, Pacheco[6] en Tamaulipas y cien más cuyos nombres callamos.

Habiéndose apoderado los “caudillos” y los favoritos del Gobierno de todas las tierras apetecibles, siendo ya difícil encontrar aunque sea un sobrante qué denunciar, los hombres de dinero y de influencia que quieren engrandecer su feudo entablan por cualquier pretexto pleitos con los propietarios pequeños e indefectiblemente triunfan en nuestros corrompidos tribunales.

Así, los terratenientes van absorbiendo rápidamente el territorio nacional que, puede asegurarse, está en manos de unos cuantos.

Pero tales propiedades son perfectamente ilegítimas y el pueblo tiene pleno derecho a apropiárselas y distribuirlas de una manera equitativa.

Esta solución justa y radical del problema agrario no es de nuestros días, es de un porvenir todavía remoto, bien lo sabemos. Estamos aún distantes de la época en que la colectividad tome posesión de las tierras y se evite así que, por medio de ellas, se explote al trabajador que las cultiva y que ve con cólera y desesperación que los productos pasan a los cofres de los propietarios holgazanes e insolentes.

Estamos muy lejos de abolir la explotación del hombre por el hombre, pero nuestro deber es avanzar hacia ese fin noble y fulgente.

No podemos instituir nuestra sociedad sobre la base de la igualdad económica porque nos falta educación; no podemos enarbolar como regla de conducta la sentencia de Proudhon: “la propiedad es el robo”; pero sí podemos contribuir al mejoramiento del proletariado y a ponerlo en aptitud de que más tarde destruya al monstruo de la explotación y se emancipe por completo.

No suena aún la hora de que la colectividad entre en posesión de todas las tierras; pero sí se puede hacer en México lo que ofrece el Programa del Partido Liberal: tomar las tierras que han dejado sin cultivo los grandes propietarios, confiscar los bienes de los funcionarios enriquecidos bajo la actual Dictadura y distribuirlos entre los pobres.

Y esas tierras y esos bienes son inmensos. Hay muchas tierras sin cultivar, y favoritos de la Dictadura, como Limantour[7], Terrazas, Corral, Torres, Cárdenas,[8] Molina,[9] Reyes, Dehesa[10] y muchos más, han formado fortunas colosales y son dueños de grandes extensiones de terreno.

El Partido Liberal no defiende principios de relumbrón: lucha por las libertades políticas y por la emancipación económica del pueblo. Quiere para los oprimidos reformas positivas, reformas prácticas. Al mismo tiempo que por la conquista de los derechos cívicos, se preocupa porque el trabajador obtenga mejores salarios y pueda hacerse de tierras.

Por eso nuestro Programa es una verdadera redención; por eso nuestro grito de combate será:

¡tierra y libertad!

Revolución, núm. 8, 20 de julio de 1907



[1] Anastasio Bustamante (1770-1853). Médico. Formó parte del ejército español que combatió a los independentistas. En 1821 fue nombrado miembro de la Regencia por parte del emperador Iturbide. Fue presidente de la república en tres ocasiones (1830-1832; 1837-1839; 1839-1841). Patrocinó el secuestro y asesinato del presidente Vicente Guerrero.

[2] Refiérese a Luis Terrazas (1829-1923). Militar, hacendado, ganadero y político chihuahuense. Participó en las campañas militares contra los apaches en su estado natal. Combatió en la guerra de Reforma y se opuso al imperio de Maximiliano. Tras la restauración de la República fue partidario de la reelección de Juárez y opositor del porfirismo, con el que pactó posteriormente. Figura prominente de la oligarquía regional, llegó a consolidar un inmenso emporio ganadero, y se desempeñó además como gobernador de Chihuahua en distintos momentos, senador de la República y gerente del Banco Minero de Chihuahua. Se le considera el patriarca del clan Terrazas-Creel, que rigió los destinos del estado a lo largo del régimen porfiriano.

[3] Refiérese a Leonardo Márquez (1820-1920), Miguel Miramón (1831-1867) y Tomás Mejía (1820-1867). Militares y políticos conservadores que combatieron a los liberales durante la Guerra de Reforma y apoyaron la intervención francesa. Los dos últimos fueron fusilados el 19 de junio de 1867, en el Cerro de las Campanas, junto a Maximiliano de Habsburgo, por órdenes de Benito Juárez.

[4] Santiago Vidaurri (Lampazos, N.L., 1808-ciudad de México, 1867). Militar y político, perseguidor de indios comanches. Fue gobernador de Nuevo León. En 1865 intentó crear la República de la Sierra Madre. Tras haber pertenecido al partido liberal, se enfrentó a Juárez con la pretensión de anexar Coahuila a Nuevo León y crear la república independiente del norte de México. Se pasó al bando imperial apoyó a Maximiliano, del que fue ministro de Hacienda. Fue capturado por Porfirio Díaz en la ciudad de México, donde se había ocultado tras la caída del Imperio, y fusilado en 1867.

[5] Probable referencia a Manuel González Cosío (1836-1913). Militar zacatecano. Liberal en la Guerra de Reforma, combatió la Intervención y el Imperio. Deportado a Francia luego de su arresto en Puebla (1865). A su regreso fue gobernador de Zacatecas (1871-1872), diputado y senador. Fue igualmente presidente municipal de la ciudad de México (1886-1891), secretario de Comunicaciones y de Obras Públicas (1891-1895), de Gobernación (1895-1903), de Fomento (1903-1905) y de Guerra y Marina hasta el final del régimen.

[6] Carlos Pacheco (San Nicolás, Chih., 1839-Orizaba, Ver., 1891). Militar y político porfirista. En la guerra de Reforma y la Intervención francesa combatió en el lado liberal. En 1876 se unió a la rebelión de Tuxtepec que dio origen al porfiriato. Fue gobernador de Chihuahua, el Distrito Federal, Morelos y Puebla, además de ocupar las secretarias de Guerra y de Fomento durante los sucesivos gobiernos de su mentor, Porfirio Díaz. Fue combatido por el grupo de los denominados Científicos.

[7] José Yves Limantour (1854-1935). Secretario de Hacienda a partir de 1893. Exponente emblemático del grupo de los científicos. Su política al frente de la secretaría se caracterizó por la atingencia y el apoyo decidido a la inversión extranjera. Encabezó en 1897 la conversión de la Deuda Extranjera y en 1902, emprendió la “mexicanización” de los ferrocarriles. Abandonó el cargo en 1911, año en que se exilió en París.

[8] Refiérerse a Miguel Cárdenas. Hacendado, abogado y político coahuilense. Partidario y protegido de Bernardo Reyes, gobernó su estado natal de 1894 a 1909. En las elecciones de 1905 Francisco I. Madero contendió contra él. A causa de su filiación reyista fue presionado por el gobierno central para renunciar a la gobernatura en 1909, tras lo cual se retiró de la política.

[9] Refiérese a Olegario Molina Solís (1843-1925). Hacendado y político yucateco. Combatió la Intervención francesa. Diputado al Congreso de la Unión durante la presidencia de Lerdo y fiscal del Tribunal Superior de Justicia. Fue gobernador de Yucatán de 1902 a 1907, año en que fue nombrado ministro de Fomento, Colonización e Industria; ocupó ese cargo hasta 1911. Se exilió en La Habana tras la caída de Porfirio Díaz. Cabeza de la oligarquía henequenera del estado de Yucatán.

[10] Teodoro A. Dehesa (1848-1936). Simpatizante de Porfirio Díaz, a quien ayudó a fugarse del país tras el fracaso del Plan de la Noria. En 1892 tomó posesión del gobierno de Veracruz. Tras la caída de Díaz, dejó el gobierno y se exilió en La Habana. Volvió a México durante la presidencia de Huerta, con quien tuvo fuertes desavenencias que lo orillaron a exiliarse de nuevo en 1915. Regresó definitivamente a México durante la presidencia de Álvaro Obregón.