No queremos la paz

Perder el amo, ver desaparecer el cómitre brutal que a gritos y a golpes se hace obedecer, es cosa que hace temblar a los hombres-bueyes, esas bestias sumisas incapaces de dar un paso si la pica no ha acariciado sus ancas. Por eso ciertas gentes ven con odio la revolución que se acerca, porque por ella perderán el amo, por ella serán libres, y la idea de no sentir más la mano de hierro que las acogota las hace estremecer. ¿Qué será de las masas —se preguntan— sin la voluntad disciplinaria que desde el Olimpo del Poder frena los impulsos de los impacientes y ahoga las aspiraciones de los rebeldes?

Esos hombres-bueyes forman legión, ¡pobres bestias que no pueden marchar si la espuela no les desgarra los hijares! Así como hay hombres que necesitan el latigazo del alcohol para ser valientes y marchar, del mismo modo hay hombres mulos que sin el acicate del déspota vagarían como piedras arrojadas al acaso.

La acción de los hombres enérgicos es neutralizada por la inercia de los mansos, de los sufridos, de los que extrañan sobre los lomos el peso del jinete y necesitan en los hocicos la humillación del freno.

¿No vemos en algunos periódicos hacer la apología de las toscas manos que estrangulan a los pueblos? ¿No se ha dicho en todos los tonos que el pueblo mexicano —pueblo de inquietos— necesita soldadones asesinos que lo tengan sometido? Son los hombres mulos los que propagan esa doctrina de serrallo con la naturalidad con que el ganado esparce sus deyecciones en las praderas. Para esos seres despreciables es una vergüenza la rebeldía y una virtud la sumisión; pretenden alcanzar el progreso tirando eternamente de la carreta que ocupan sus amos y sin salir de los infecundos caminos del orden y la paz.

¡El orden y la paz sobre todo! Gritan esos eunucos como balan y vuelven los ojos al cielo las ovejas destinadas al rastro. No sienten como Prometeo la necesidad de robar su lumbre al cielo, satisfechos con las brumas que envuelven sus espesos cerebros; inamovibles como ostras pegadas a la roca de la rutina, quietos como dioses viejos que duermen olvidados bajo el polvo de la indiferencia, de bruces en el estercolero donde el despotismo los tiene, beben sus lágrimas en silencio sin que de sus labios pestilentes broten las demoniacas imprecaciones de Job.

Y así marcha la humanidad llevando a cuestas la osada cruz de la traición fomentada por los hombres-bueyes. Sobre las conciencias pesa un cadáver que apesta: el de la rutina. Hay sed de aire puro: el del progreso. Se necesita luz: la de la libertad.

En el seno del amargo mar de la indiferencia, los revolucionarios se agitan. No son los hombres-bueyes que piden paz: ellos piden guerra; ellos saben que la vida se conquista desafiando la muerte y van derecho a ella.

Entre las multitudes compactas los rebeldes hacen prosélitos mostrando la verdad, la verdad desnuda: Afrodita con vestidos ya no es Venus. Y los cerebros, al digerir la verdad, se hacen rebeldes. La gran fuerza de la revolución que se aproxima es ésa: la verdad. La pluma de los escritos raspó el barniz que daba bella apariencia a la tiranía; la espada de los revolucionarios la matará. Siempre la predicación ha precedido a la acción. ¡Por algo persiguen tanto a los apóstoles los tiranos!

Los revolucionarios han demostrado que la paz enerva y corrompe, y no lo han demostrado con palabras sino con hechos. La paz significa quietud, y la quietud es la muerte. Del choque continuo de los intereses es de donde surge el progreso. El cosmos es un inmenso palenque donde las acciones y las reacciones se producen hasta lo infinito. Nada está quieto en el universo, y llevando la observación a las sociedades humanas encontramos confirmada esa gran verdad. Una sociedad que no evoluciona es una sociedad condenada a desaparecer podrida en su propia vileza. La enorme China, detenida en su evolución por la lepra del quietismo, ha ido perdiendo fracciones de su territorio como las personas atacadas del horrible mal van consumiéndose a pedazos. El Indostán, absorto en la contemplación de Brahama, apenas comienza a sentir el ultraje del sable británico que desde hace tantos años la ha venido desgarrando. España, petrificada en el pasado, perdió sus colonias, y gracias a la sangría de la guerra comprendió que era necesario marchar, y marcha llevando al frente las legiones libertarias hacia la República Social. Rusia, la madre dolorida de los mujiks taciturnos, fallecía bajo la férula del zarismo, perdiéndose sus lamentos angustiosos en la inmensidad de sus estepas, y se hubiera podrido al fin si el acicate de la guerra no enseña al pueblo que si la sangre ha de correr, debe ser en beneficio de la libertad.

México, en paz, es una nación destinada a morir. La paz de México no es la paz saludable del organismo sano; no es el producto del equilibrio de las fuerzas sociales, sino el resultado de la obediencia impuesta a todos por el capricho de un hombre, mejor dicho, de un bandido. La tranquilidad de México es la Varsovia, es la de la muerte. Es una paz adquirida al costo de la sumisión de todos, de la castración de todos: paz de harem digna de eunucos; vergonzosa para hombres. El pensamiento agoniza en los presidios; la justicia se prostituye en los estrados de la curia; los sostenedores del derecho mueren en las encru­cijadas o arrastran la vida del proscrito en las playas tan inhospitalarias como las de su Patria. Hay que respetar hasta la humillación. No hay ley: el sable es la ley. Los huesos de los rebeldes blanquean en todos los recodos desde California hasta Quintana Roo. El suelo está reblandecido por el sudor y las lágrimas de los esclavos. Las fábricas son presidios; las minas, lugares de tortura; las plantaciones, colonias penales donde el silbido del látigo acompaña al hipar de los siervos. La masa entera de una población de quince millones de habitantes vive en la miseria y en la ignorancia trabajando para un puñado de bribones: el cacique, el rico, el sacerdote, el militar, el gendarme.

Tal es el cuadro sombrío de nuestro México en paz; quienes no lo vean, serán ciegos. Un vaho mortal, como la respiración de un sepulcro, envuelve a los hombres y las cosas corrompiéndolo todo: es el aliento del Tirano.

Para confirmar nuestra degradación, ya sólo falta la conquista, que es el castigo de los pueblos que no saben rebelarse. Pero no, no sufriremos la conquista, antes nos rebelaremos.

Sacando fuerzas de nuestra debilidad, los rebeldes nos aprestamos a la lucha. Despreciando las peticiones de paz de los hombres-bueyes, los revolucionarios nos organizamos y pronto iniciaremos el grande incendio que, por sus principios, asombrará al mundo entero.

No queremos que los gobernantes sean nuestros amos, sino nuestros sirvientes.

Revolución, núm. 9, 27 de julio de 1907