Se desnuda a Porfirio Díaz

¿Cuánto tiempo logró sustraerse a las miradas del mundo esa llaga que lleva el nombre de Dictadura porfirista? ¿Quién, fuera de la Patria, había parado mientes en esa úlcera roedora que debilita las energías de la Nación Mexicana?

Por mucho tiempo, por seis angustiosos lustros, sólo nosotros, los mexicanos, supimos que éramos inmensamente desgraciados. Mientras agonizábamos bajo la planta del César, éste era glorificado, era ensalzado, era admirado en el extranjero. Hábil histrión, supo representar su comedia de salvador de un pueblo, y recibía palmas y laureles. El retrato de bandido audaz ensució las planas de todos los periódicos extranjeros. Los cónsules y los representantes diplomáticos compraban plumas, alquilaban cerebros, embaucaban al mundo entero. El pecho del chacal se vio al fin constelado de cruces, de medallas, de cintas, de insignias de toda clase. Sobre el bufete del monstruo llovían los títulos honoríficos, los diplomas académicos, universitarios, reales. De allende los mares, de allende las fronteras, un clamoreo de alabanzas para el verdugo llegaba a nuestros oídos haciendo más profunda nuestra tristeza. ¡Ni una mirada para las víctimas, todas las atenciones y todos los honores para el victimario!

El pueblo desfallecía entregado a su propio dolor. La mordaza le impedía hacer llegar sus gritos desgarradores más allá de los mares y las fronteras. Las palabras de los apóstoles morían sin eco en las sombras de los calabozos. Las manos dejaban caer las plumas bajo el filo de los puñales. El veneno agostaba vidas fecundas. El látigo de las fiebres y la fusta de los capataces abrían brecha en las compactas filas de los oradores, obreros, luchadores que marchaban hacia Yucatán y el Valle Nacional, las odiosas siberias mexicanas. Un silencio de muerte invadía los ámbitos de la República Mexicana, sólo turbado por los disparos de los esbirros que aplicaban la Ley Fuga.

Parecía que catorce millones de mexicanos estábamos condenados a morir en silencio, quietamente, contemplando la sonrisa triunfadora del crimen envuelto en nubes de incienso.

¿Iba a triunfar definitivamente la mentira? ¿El engaño de que se hacía víctima al mundo entero no podría ser descubierto al fin? ¿Hombres degradados como Reyes Spíndola y Juan Sánchez Azcona,[1] piratas de la prensa, gusanos nacidos para alimentarse en todas las llagas, hermafroditas de honor, huérfanos de vergüenza, deyecciones sociales, hombres de esa clase, afrenta de la humanidad, oprobio de su raza y de cuya vileza se han de sentir indignadas las cenizas de sus padres; hombres de tan baja estirpe moral seguirán ocultando la verdad con la mugre de sus sesos, con el fango de sus almas? ¿El Imparcial, El Popular,[2] El Diario, La Patria,[3] toda esa prensa de zahúrda, hervidero de bribones, almácigo de canallas que Porfirio Díaz paga con el dinero que le arranca al pueblo, acabarían por ahogar la verdad bajo el peso de la mentira?

Hábil como pocos, hipócrita como ninguno, Porfirio Díaz logró ocultar la verdad durante treinta años. Los muertos no hablan, se dijo, y mató a todos los que hablaban. Unos, murieron a puñaladas, a balazos otros. Para los de hocico blando fabricó candados de oro. ¿Qué podría saberse en el exterior de lo que ocurría en México?

En el extranjero se veía al Dictador enorme, envuelto en una aureola de gloria. Brillaba el grajo con las plumas robadas a los pavos. Deslumbraba como un sol la estopa impregnada de resina. El simio disfrazado de hombre adoptaba las actitudes de un dios. Pero la llaga se hizo vieja y comenzó a heder. No obstante, los oropeles brillaban, brillaban hasta cegar. Cargado de afeites como un payaso, el Dictador podía engañar aún.

Y en el interior continuaba la enorme sangría. El ruido de los cascabeles ahogaba el estertor de un pueblo moribundo. En treinta años murieron sacrificados a la paz más hombres que en treinta años de guerra. ¡En treinta años de paz la población de México no ha podido duplicarse! ¡Recojan este dato aterrador los sociólogos del mundo!

El fraude, al fin, fue descubierto. La llaga hedía más y más cada vez. El aroma del incienso no bastaba a disimular la pestilencia de la Dictadura, y el hedor franqueó las fronteras, cruzó los mares, salvó los montes y ríos y precipicios y llegó a extranjeras playas algo así como el tufo de un sepulcro.

Las conciencias honradas se indignaron. ¿Cómo en este siglo de in­discutible progreso podía alentar tal barbarie? ¿Cómo fue que se ausentara la civilización de ese desventurado país? ¿Es posible que las sociedades humanas puedan regresar a la sociedad de la piedra?

Y la llaga continuó hediendo, hediendo más cada vez.

Los pensadores de la tierra, engolfados en sus nobles abstracciones, no se habían dado cuenta de tanta miseria; pero la llaga seguía hediendo y su hedor se hizo insoportable. Entonces se abrieron los ojos, inquie­tos, como cuando se adivina el peligro, y las miradas se clavaron en México y se hizo la luz y todos retrocedieron espantados ante el espectáculo que se ofreció a la universal vergüenza.

¡Rusia es libre, Rusia es un paraíso comparado con México!

Rusia tiene un Domingo Rojo; México tiene cien, tiene mil. Rusia tiene una Siberia; México tiene dos.

Contra la Autocracia rusa está el Trabajo organizado. Contra la Autocracia mexicana, el Trabajo, dividido, aplastado por las hecatombes, es una fuerza negativa.

 

En Rusia hay periódicos que atacan la Autocracia; ¿qué periódicos de México pueden hacer lo que hacen esos periódicos de la clásica tierra de la tiranía?

En Rusia no hay Ley Fuga, los revolucionarios recorren todo el país predicando sus doctrinas, se reúnen en clubes, deliberan, obran. ¿En México pueden reunirse, no ya revolucionarios, sino simples y pacíficos ciudadanos para tratar asuntos públicos; para formar uniones obreras?

Se ha hecho la luz. En Europa como en Estados Unidos se desnuda al tirano. Al golpe de la crítica caen las lentejuelas como las escamas de un pez, permitiendo ver la sombría armazón de ese castillo de naipes que se había dado en llamar el progreso de México. Sorprendidas en su cubil, las fieras aúllan de furor. Del hocico del César hotentote, como de un albañal, salen volando con sus alas membranosas las injurias.

No os detengáis en vuestra obra civilizadora ¡oh, escritores honrados! Desnudad la horrible bestia, mostradla alma (sic), al mundo como el símbolo de todas las impurezas, de todas las infamias. Catorce millones de esclavos os lo agradecerán.

Revolución, núm. 11, 10 de agosto de 1907



[1] Juan Sánchez Azcona (1876-1938). Periodista y político capitalino. Hijo del diplomático Juan Sánchez Azcona, realizó estudios de ciencias políticas en París, donde conoció a Francisco I. Madero. Colaborador de El Imparcial, El Mundo y El Partido Liberal, entre otros. Diputado federal en 1904 y 1908. Director de El Diario, que mantuvo una relación ambivalente con el gobierno de Porfirio Díaz. En 1907, junto con Rafael Reyes Spíndola, se ocupó de neutralizar la propaganda internacional contra el régimen que efectuaban desde los Estados Unidos los dirigentes del PLM. Afiliado a la causa antirreeleccionista, colaboró en la redacción del Plan de San Luis y se desempeñó como representante de Madero en Washington. Fundador de los periódicos Nueva Era y México Nuevo. Tras el golpe de Estado de Huerta se unió al constitucionalismo, al triunfo del cual fue nombrado representante del nuevo gobierno en Europa. A causa de su oposición a la reelección de Álvaro Obregón, se exilió en La Habana. Retornó a México a comienzos de la década de 1930.

[2] El Popular, “Diario político poco-serio, independiente y de caricaturas”, México, D.F. (1897-1904, 1906-1908). Director: Francisco Montes de Oca, quien también editaba el vespertino Argos, dedicado a noticias humorísticas y ficticias.

[3] La Patria, “Diario político, científico, literario, comercial y de anuncios”, México, D.F. (1877-1912). Director: Ireneo Paz. Entre sus colaboradores estuvieron Ignacio Manuel Altamirano, Vicente Riva Palacio, José María Vigil y Luis G. Urbina. En su suplemento La patria Ilustrada, publicó numerosas caricaturas José Guadalupe Posada; ahí empezó a hacer sus famosas calaveras catrinas en 1889. La Patria fue una publicación fiel a Porfirio Díaz hasta 1910, cuando desaprobó la candidatura a la vicepresidencia de Ramón Corral. El periódico dejó de publicarse en ese año a petición expresa de Díaz.