El pensamiento revolucionario

Conteniendo la respiración nos inclinamos a recoger un harapo: no es posible acercarse a ciertos objetos sin llevarse la mano a las narices. Ese harapo es la prensa de alquiler, la que por más o menos dinero se hace cargo de la defensa de los opresores, en cuyas filas milita contra el pueblo oprimido.

Los tiranos tienen presidios, tienen jueces, tienen soldados y gendarmes, tienen cadalsos para tener sometidos materialmente a los hombres; pero eso no basta: hay algo que escapa a la opresión material, algo que no puede guardarse detrás de los hierros de las cárceles, algo intangible que el esbirro no puede tomar del cuello y llevarlo a la presencia de ningún juez, que el verdugo no puede decapitar, ni el gendarme aprehender, ni el soldado fusilar: es el pensamiento, para el que no hay cárceles, ni flagelos, ni tumbas; el pensamiento inmortal que vive aunque el tirano decrete su muerte, que vuela aunque se pretenda cortarle las alas.

 

El tirano decreta las tinieblas: los entusiasmos se apegan, la tristeza hace más negras las sombras; pero el pensamiento vive y aletea, y brilla embelleciendo las almas.

No es una perla prisionera en una concha, no es la pepita de oro oculta entre las arenas: el pensamiento es luz, luz de sol. Anatematizado y proscrito, no deja de brillar. Va a todas partes: acaricia al prisionero en su celda; relampaguea en la plaza pública por encima de las cabezas delirantes; en los negros tugurios, pone lumbre en las frentes de los parias como el beso de un astro.

Poderoso como un dios, el pensamiento hace marchar pueblos, troza continentes, doma los mares, esclaviza al rayo, y audaz y libre y rebelde no se postra en los dinteles del cielo, penetra en él, destrona ídolos y muestra a las intensas multitudes la verdad.

El pensamiento hace temblar a los tiranos. Encadenados los pueblos, el pensamiento es libre aún. No queda prisionero en el calabozo con el apóstol; no muere en el cadalso con el héroe ni agoniza en el tormento con el mártir. El pensamiento rebelde no murió con Hidalgo en Chihuahua, ni quedó calcinado en las cenizas de Giordano Bruno, ni atado al clavo del que fue suspendido el Licenciado Verdad.[1] La gleba se arrastra y muerde la tierra; pero el pensamiento tiene alas y no toca el suelo.

No pudiendo matar el pensamiento, los tiranos alquilan plumas que lo denigren, brillantes unas, sucias y grises las más. Contra la verdad esgrime la tiranía la mentira, y una legión de granujas zumban como moscas queriendo cubrir el sol.

Porfirio Díaz, como cualquier tirano, tuvo que alquilar plumas. El pensamiento no murió con los periodistas asesinados, ni quedó prisionero con los escritores presos, ni murió ahogado en la sangre de las hecatombes. El 24 de junio, en Veracruz,[2] murieron varios rebeldes, pero el pensamiento no cayó bajo el machete de Luis Mier y Terán.[3] En Cananea y en Río Blanco murieron muchos rebeldes, pero el pensamiento salió ileso de las fauces de los cosacos Kosterlisky y Rosalino Martínez.[4] En Urus, en Belem, en Oaxaca, en Orizaba, en Mérida, en muchas cárceles —esas tumbas de seres humanos— hay muchos pensadores, y sin embargo, el pensamiento alienta por todas partes, todos los cerebros piensan en la revolución.

La prensa de alquiler cumplió su misión y la sigue cumpliendo. Misión baja y odiosa. Es la misión de la tapadera que oculta la inmundicia. La humanidad se avergüenza de que haya hombres capaces de desempeñar tan vil oficio. Por eso, conteniendo la respiración, nos inclinamos a recoger ese harapo, y, venciendo difícilmente la repugnancia que inspira, pasamos a examinarlo.

Hay en todas las sociedades desgraciados que, sin talento, sin vo­luntad, sin honor, y, sobre todo, sin deseos de trabajar honestamente para ganarse el pan de un modo que no avergüence, no se detienen ante ninguna humillación: pasan por todas; no retroceden ante ningún pantano: en todos se encharcan. Esos vencidos son los que en las ciudades viven a costa del vicio de sus mujeres; esos mentecatos venderían a sus madres, si por ellas recibieran un mendrugo o una copa de aguardiente. Pues bien, entre esa gente recluta Porfirio Díaz a sus esbirros y a sus “periodistas” —los hombres honrados se negarían a defenderle—, y de ese modo, hombres que por su ineptitud y su baja moralidad estaban condenados a desaparecer, logran vivir, y algunos de ellos pueden hacerse ricos.

Formada por tales hombres la prensa de alquiler, las personas honradas la desprecian; pero hay muchas personas que a pesar de ser honradas, no tienen el criterio necesario para apreciar en lo que valen las afirmaciones de la prensa gobiernista, y es entre personas donde esa prensa hace adeptos y se ahogaría la verdad bajo el peso de la mentira, si no fuera evidente la tiranía que impera en México.

Más que a sus bayonetas, el Dictador debe la existencia de su despotismo a la sombría labor de la prensa gobiernista. El pueblo yace en la miseria, sufre la injusticia de los caciques, tiene que dar sus hijos al tirano para que sirvan de soldados, y sus esposas y sus hijas a los amos y a las autoridades. Bajo el peso de tanta vergüenza el pueblo sufre y tiene que marchar al extranjero en busca de pan y de garantías.

Esas verdades constan a todos, a todos los mexicanos nos avergüenzan, menos a los periódicos del Gobierno. A ocultar esas tristes verdades se dedicó la prensa gobiernista para la cual es paternal un Gobierno que procura tener en la miseria al mexicano para que no se dignifique ni se rebele. La ocultación de la verdad fue general, pero al fin volvió a brillar, y hoy, cuando en todo el mundo la prensa honrada ha tomado la defensa de los oprimidos mexicanos, la prensa gobiernista trata aún de ocultar la verdad y de embaucar a los imbéciles.

El pensamiento no pudo morir. Vive a pesar de las matanzas y a pesar de las cárceles. Resistió la ira del Gobierno y la calumnia de la prensa vendida. Alienta en el cerebro de todos los hombres inteligentes y ha prendido en el pecho de los hombres honrados ansias formidables de libertad y de justicia que pronto estallarán en toda la República Mexicana, formando la magna revolución que asombrará al mundo por sus emancipadores principios y sus redentoras reformas.

Mientras pasa el tiempo, la idea revolucionaria se robustece. Sólo los ciegos del entendimiento no pueden comprenderla, o, mejor, no quieren aceptarlo, porque para ellos el tirano y el amo son seres superiores contra quienes los simples mortales no pueden rebelarse; pero los que somos irrespetuosos, los que sabemos que el tiempo y el amo son nuestros iguales, los que no acatamos una orden por el solo hecho de venir de arriba, los indisciplinables, los rebeldes, en suma, cada día templamos nuestros propósitos, y vemos que, a nuestro ejemplo, nuevos revolucionarios se aprestan a la lucha, esa lucha que tanto asusta a los cobardes y por eso la condenan, que tanto temen los déspotas y por eso ofrecen dinero por la cabeza de los leaders.

Revolución, núm. 13, 31 de agosto de 1907



[1] Francisco Primo Verdad (Jalisco, 1760-ciudad de México, 1808). Abogado, criollo. Precursor de la Independencia de México. Síndico del Ayuntamiento de México. Por sostener la tesis de que la soberanía reside esencialmente en el pueblo, fue atacado por los peninsulares y calificado de hereje por la Inquisición. La mañana del 4 de octubre 1808 su cuerpo fue hallado colgado en la celda del Arzobispado de México, donde había sido recluido por orden del virrey Pedro Garibay. Su asesinato dio pie al episodio “El licenciado Verdad” del famoso Libro Rojo, de Vicente Riva Palacio.

[2] Respondiendo a la famosa orden de “mátalos en caliente”, emitida por Porfirio Díaz, el 24 de junio de 1879, el gobernador de Veracruz, Luis Mier y Terán, ordenó el fusilamiento de los levantados del vapor Libertad, que pretendían el regreso a la presidencia de Sebastián Lerdo de Tejada.

[3] Luis Mier y Terán (Guanajuato, Gto., 1835–Orizaba, Ver., 1891). Combatió del lado liebral en la Guerra de Reforma y durante la intervención francesa. Secundó a Porfirio Díaz en el Plan de la Noria y el levantamiento de Tuxtepec, por lo que fue ascendido a general de división por Porfirio Díaz, quien además lo nombró gobernador de Veracruz. Fue el ejecutor de la famosa orden “mátalos en caliente”, aplicada a rebeldes lerdistas en 1879. Al año siguiente renunció al cargo por motivos de salud. Algunos historiadores afirman que estaba severamente afectado de sus facultades mentales.

[4] Rosalino Martínez (Juchitán, Oax., 1847-ciudad de México, 1907). Militar porfirista. Luchó contra el Imperio. Encabezó las guerras contra el pueblo maya en 1868 y en 1899-1900. En 1907 dirigió el rompimiento militar de la huelga de Río Blanco y la matanza obrera del 7 de enero. Fue secretario de Guerra y Marina de Porfirio Díaz.