“Laboremos”

“¿Qué queréis para el pueblo ruso?” Fue preguntado a un demócrata radical, miembro de la primera Duma,[1] cuando esta memorable asamblea estaba deliberando sobre los destinos del imperio moscovita. “Todo”, contestó sin titubear el interpelado, encerrando en esa respuesta de sabio laconismo el bello ideal de la humanidad abnegada y pensante.

Todo para el pueblo: la liberación, el bienestar, el ejercicio de los humanos derechos, sin coacciones arbitrarias de la Autoridad ni tiránicas restricciones legales; la emancipación económica; la supresión de la miseria, suprimiendo a los detentadores del Capital; el ennoblecimiento de la especie, acabando con los amos; el derecho a vivir, el derecho a ser felices, el derecho a gozar de las riquezas de que la naturaleza dotó a este globo fecundo y magnificente que sería para el hombre morada hospitalaria y de dichas inefables, si la avaricia y la maldad no hubieran robado para unos cuantos lo que es patrimonio de todos, lo que a todos pertenece.

Todo para el pueblo, hasta hacer imposible la existencia de las clases privilegiadas, de los explotadores que, violando las leyes naturales y los principios de justicia más rudimentarios, se elevan sobre los demás y los postergan, y como inmensos vampiros insaciables e incansables en sus funciones absorbentes, se posesionan dondequiera de las fuentes de la vida determinan con su egoísmo la miseria universal y son la causa sombría y funesta de que los seres humanos vivamos en la escasez y la desesperación, como hordas hambrientas, condenadas al dolor, que habitáramos un planeta agotado donde el principio fecundante se debilitara notablemente, donde la Naturaleza se manifestara pobre y agonizante y la miseria, con todos sus horrores, se hiciera sentir como un signo de la desolación y la muerte.

Y la situación angustiada del pueblo resulta más injusta si se considera que es el fruto artificial de la codicia de los potentados; si se considera que está en notable contraste con los recursos inagotables de nuestro suelo rico y prodigioso.

El proletariado, como una consecuencia de la rapacidad capitalista, es uno de los borrones más repugnantes de esta civilización de que nos vanagloriamos y la que aún no ha podido abolir la explotación del hombre por el hombre.

Deplorable es que nuestra organización social adolezca de vicios hondos y de difícil extirpación; deplorable que hayamos quedado rezagados en la implantación de reformas que nos acerquen a un Estado menos cruel y menos antirracional. En el orden económico, el obrero, como en los nebulosos tiempos del feudalismo, es un esclavo sujeto al capricho del amo y sin derecho a disfrutar del fruto de su trabajo; en el orden político, las masas carecen de libertades efectivas y son los potentados, los directores, quienes imponen las autoridades y expiden leyes a su antojo y en beneficio de su casta, cuyos privilegios a todo trance defienden y protegen.

El saber humano ha realizado admirables conquistas; la ciencia nos asombra con descubrimientos portentosos; en el campo de las ideas como en el de las especulaciones científicas, se escucha victorioso el himno del progreso y, sin embargo, eludiendo a éste, las instituciones sociales no se modifican en relación con los adelantos de la época, permanecen estacionarias, inconmovibles, como petrificadas, como un signo negativo de la evolución.

Comparados con nuestros sorprendentes progresos en las ciencias físicas y sus aplicaciones prácticas (dice Alfredo Wallace),[2] nuestro sistema de gobierno, nuestra justicia administrativa, nuestra educación nacional, y toda nuestra organización social y moral, han quedado en estado de barbarie.

En efecto, vivimos socialmente en estado de barbarie. Los grandes especuladores de la Bolsa pueden arreglar una guerra internacional en la que perezcan millares de seres humanos con el único fin de hacer que determinados bonos suban o bajen de valor; los industriales, para conquistar mercado a sus manufacturas, pueden arrojar un país contra otro país. Para disputarse los mercados de extremo oriente, chocaron Rusia y Japón, pereciendo en la sangrienta campaña más de medio millón de combatientes quienes nada tenían que ganar ni perder con que los traficantes —que no fueron a la guerra— rusos o japoneses obtuvieran la primacía en el comercio oriental. Ciertos millonarios norteamericanos que se interesaban en monopolizar el azúcar y el café lanzaron a Estados Unidos sobre España. Los Estados Unidos, también por fines meramente comerciales, se posesionaron de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Panamá, ofendiendo gravemente a esos países débiles en sus sentimientos de libertad y violando sin sonrojo los más rudimentarios principios de justicia.

Vivimos en estado de barbarie. Nicolás II se hace llamar padre de sus súbditos y hordas frenéticas de sus feroces cosacos asesinan a los mujiks en sus aldeas y a los obreros en las calles de las ciudades.

Porfirio Díaz, la más feroz de las hienas que devoran pueblos, encarcela damas virtuosas como la señorita Modesta Abascal,[3] persigue y asesina hasta en el extranjero a periodistas independientes, ordena a la soldadesca que dispare sobre huelguistas indefensos, y en las prisiones de Belem, Orizaba y San Juan de Ulúa, retiene por centenares a miembros dignos del Partido Liberal que no han cometido otro delito que despertar con su altivez temores seniles en el alma entenebrecida del pusilánime Dictador.

Vivimos en estado de barbarie y es bueno penetrarnos de la verdadera situación para que los que tengamos vergüenza y seamos reacios al miedo, formemos legiones y hagamos apostolado heroico y osado de nuestra consagración a la lucha emancipadora que es una lucha santa en pro de la civilización y la libertad.

Tiempo es de que, con esfuerzo perseverante y recio, reivindique­mos nuestras pasadas debilidades, nuestros pasados temores, nuestros pasados oprobios. Si culpables somos de que nuestras instituciones, en pugna con los principios de evolución, se hayan estancado y degenerado, en tanto que todo a nuestro alrededor avanza y perfecciona, justo es que las impulsemos, las saquemos de su atraso y obremos el prodigio de ponerlas en armonía con los adelantos de la época.

Confiemos en los resultados de la acción viril y pujante; tengamos fe en la lucha de los hombres, ajenos a las decepciones, indómitos y tenaces.

Sobre la tumba del filósofo de nobles concepciones, sus admiradores grabaron esta inscripción: espera como una profecía de que la verdad habría de fulgir y la justicia triunfar.

Sobre el estancamiento letal de las instituciones, inscribamos también ¡Espera!, como una bella promesa a los humanos infortunios; pero no el ¡Espera! místico que tiene fe en favores providenciales, en milagros providenciales; sino el ¡Espera! bélico de los luchadores audaces que preparan el porvenir con la fuerza de sus voluntades, que hacen el porvenir con el fuego de su labor fecunda y creadora.

Laboremos para esperar, laboremos los que queramos “todo” para el pueblo.

Laborar es vivir.

Laborar es vencer.

¡Laboremos!

Revolución, núm. 13, 31 de agosto de 1907



[1] Palabra rusa que designa a una asamblea representativa.

[2] Alfred Russell Wallace (Usk, Gales, 1823–Broadstone, Ingalterra, 1913). Explorador, geógrafo, antropólogo y biólogo. Desarrolló importantes aportes a la teoría de la evolución de las especies y, con base en sus propias investigaciones en el Amazonas y el archipiélago malayo, postuló al mismo tiempo que Darwin la idea de la selección natural. Es considerado el padre de la “biogeografía”. Además de sus aportes científicos, Wallace fue un activista social crítico y uno de los primeros pensadores en señalar los efectos perniciosos de la actividad humana sobre el medio ambiente.

[3] Modesta Abascal. Costurera. Ciudad de México. (1906-1922). Correo y propagandista de la JOPLM en su ciudad natal y parte del Estado de México. Dio refugio, entre otros, a Antonio de Pío Araujo durante su viaje de propaganda (1907). Su casa fue asaltada por la policía y ella fue remitida a la cárcel de Belém “confundida con mujeres de mala conducta”, donde permaneció por dos meses. Tras su liberación, por iniciativa propia, se empleó como trabajadora doméstica en casa del vicepresidente y secretario de Gobernación, Ramón Corral, en 1908. Planeó, infructuosamente, el secuestro e intercambio de dicho personaje por los liberales presos en San Juan de Ulúa. El 19 de enero de 1913, el enviado del PLM ante Emiliano Zapata, José Guerra, se entrevistó con ella. Al parecer, Zapata tuvo conocimiento de Regeneración a través de ella. Mantuvo correspondencia con RFM hasta mediados de 1922.