El sepulcro de los tiranos lo abre la tiranía

La dictadura respiró un momento, el pródigo derroche del oro mexicano pareció darle el triunfo definitivo sobre el Partido Liberal; así lo creyó la tiranía de aduladores y cómplices. Un golpe de mano preparado en las tinieblas entregó a tres de los principales miembros de la Junta de Saint Louis a la furia cobarde de los esbirros. El telégrafo comunicó a Porfirio Díaz el resultado de la emboscada, y el torpe tirano, cuyo tacto político ha consistido en derrochar el tesoro nacional para alquilar plumas y puñales, que todo es uno, cuando lo manejan degradados malhechores, muchos de ellos salidos de presidio a cambio de servicios de carácter político prestados en correrías vandálicas, a la Borgia se sintió aliviado de un peso enorme, el del terror; por un momento su alma deforme acarició una satisfacción, la de la boa que siente entre sus anillos las palpitaciones agónicas de la víctima que va a servirle de banquete; la mente pusilánime del liberticida, poco antes poblada de espectros justicieros y amenazadores, ha de haber experimentado la misma beatífica alegría de Torquemada,[1] cuando saboreaba el tormento de una virgen; su cerebro turbio y revuelto ha de haber concebido un basto programa de atrocidades; batió palmas, y con él los eunucos, los histriones, los jenízaros, los prevaricadores, los plagiarios, y los rufianes, la turba entera de su corte vana y ridícula, criminal y necia, los cuadrumanos del periodismo treparon al trapecio de la desvergüenza para hacer muecas a la razón; algunos reclamaron para su frente envilecida el honor (?) de la paternidad del último atentado; se arrastraron sedientos de ignominia, hambrientos de infamia, anhelantes de compartir con el César el oprobio y la maldición del universo. Todos los bandidos que temen la justicia popular, los brillantes y los oscuros, los altos y los bajos, desde el tigelino ministro hasta el “bravo” harapiento, se sintieron con su jefe, fuertes, omnipotentes en su maldad, impunes en sus fechorías: no se levantaría más ninguna voz enérgica y acosadora; ningún brazo sostendría el estandarte rebelde. Los buitres estiraron su descarriado cuello; los lobos, los chacales y las zorras aullaron de alegría, con el hocico en dirección a Los Ángeles olfatearon un festín próximo; los marranos gruñeron de gozo y zambulleron su cuerpo grasoso en el deleite del fango. La libertad, que alboreaba en el cielo de la Patria, volvía al seno de la noche, un Josué grotesco había hecho algo más que detener el astro: lo confinaba al reino del imposible para terminar la matanza de los derechos del hombre, el degollamiento del patriotismo y la violación de la dignidad nacional. Para todos los viles, la Revolución nacida del seno dolorido de la esclavitud y amamantada en los pechos de la proscripción, estaba muerta o moribunda sucumbiendo sus Readers, sus adeptos y simpatizadores; la legión de parias, de idiotas que abría los brazos al sol del porvenir, huirían espantados o se someterían temblando al ver la mano todopoderosa del Crimen acogotando a la honradez rebelde, en la misma tierra de Lincoln. El caballo triunfador de Atila arrancaría con sus cascos salvajes hasta el último retoño de la yerba insurrección: en lo sucesivo no habría nadie bastante audaz, o loco para encararse al omnipotente despotismo, el oro empleado en sobornar conciencias y alquilar “condottieras” rendiría una ganancia soberbia; quedaba asegurado el dominio absoluto sobre una tierra grande, rica y condicionada habitada por millones de esclavos, todavía capaces de producir riquezas.

La resistencia de los liberales y por consecuencia, el fracaso probable de la primera parte del plan

(Continuará)

Revolución, núm. 14, 14 de septiembre de 1907



[1] Juan de Torquemada (Valladolid, España, 1420-Ávila, España, 1498) Fraile dominico. El más famoso de los inquisidores españoles. Durante su mandato, el Santo Oficio quemó en la hoguera a más de 10 mil personas y condenó a penas infamantes a cerca de 30 mil más. Torquemada fue el confesor de la reina Isabel la Católica, y autor del Edicto de Granada, que proscribió a los judíos del reino de España en 1492