El sepulcro de los tiranos lo abre la tiranía (continúa)

tenebroso del gobierno de México no sorprendió ni a él, ni a sus agentes: se había pensado en ello, por eso sonrió Creel[1] al saberlo, y para su coleto repetiría, tal vez, las palabras de Maza “tanto por el honor de las autoridades americanas”. Pero, en todos los edificios que levanta la maldad hay siempre un punto falso que se escapa a la vista de sus arquitectos y por ese punto empieza la ruina algunas veces, antes de terminar la obra. “El género humano, considerado en masa, es un hombre honrado”, dice Víctor Hugo, y esta gran verdad ha sido desconocida por todos los tiranos: para ellos, la opinión pública que acusa la conciencia universal que purga, y el brazo de los pueblos o la pluma de la historia, que ejecutan, no han existido sino hasta el terrible momento en que ven trocados sus doradas sangrientas en los fúnebres paños de una capilla y sus cóleras soberanas, en la explosión de una bomba; o bien hasta que son llevados de la cadena de sus infamias, de pueblo en pueblo, como bestias repugnantes, recogiendo puntapiés y maldiciones. En esta vez como en otras muchas, la política de Porfirio Díaz dio un traspié y sus burdos y cochinos manejos salieron a recibir la rechifla y la reprobación: envió la diplomacia en ayuda de los esbirros para obtener una derrota más ruidosa: en vano se presenta derrochadora la solícita e interesada cortesana; se cree hábil, se considera astuta porque se desliza por pasadizos oscuros, y como la avaricia y la “grasa” la han dejado sorda, no percibe el ruido de los cascabeles que lleva atados al rabo denunciando su marcha. Lo hemos dicho ya, la grasa ha embotado el tacto de esa gata y todo le parece blando y fácil de comer, como una bola de manteca.

Lo que en un principio pareció a los rufianes el simple movimiento de la curiosidad, les tiene ahora desengañados plenamente de dos cosas: de que Porfirio Díaz no inspira miedo, y sí asco y desprecio en dondequiera que sus hechos son conocidos, y de que la justicia brilla más bella, más grande y sublime en medio de los verdugos y dentro de las rejas de los calabozos que las oropeladas figuras de los tiranos en el recinto de sus ricos palacios. Todos los déspotas, aún los más despreciables, han tenido su corte de aduladores y cortesanas que les inciensen y les sirven de alfombra, mientras dura su poder, mientras tienen oro con que enriquecerles; los próceros reciben ovaciones del interés, de la bajeza, del miedo y de la conveniencia, pero nunca del honor, de la dignidad y el cariño: los liberales mexicanos, presos aquí por los corchetes del Dictador, han recibido el espontáneo abrazo del cariño fraternal del pueblo, el aplauso ruidoso de la admiración y las tiernas flores de la gratitud; todo, en el momento en que sus enemigos parecían vencer. El beso de la gloria acariciando sus frentes altivas e indómitas compensa sus afanes y les lleva a la prisión lo que no compra el oro de todos los magnates, lo que no conquistan las armas malditas de todos los liberticidas, ni atrapan los lazos astutos de los traidores y los hipócritas: la tranquilidad inmutable de la verdadera grandeza. La verdad gusta siempre de aparecer cuando más terriblemente se la niega y se la ultraja: cuando la noche de la mentira se extiende sobre la tierra y hace tropezar a los hombres unos con otros sin distinguirse; cuando reina la sombra de tal modo que se marcha a tientas, tornando a veces un ratero por Juez, un salvador por un asesino y viceversa; cuando no se sabe cuál es la senda de la prevaricación y cuál el camino de la justicia; entonces, aparece radiante como un sol y confunde a los protervos y da a los objetos su real apariencia: por eso es que unos descamisados cargados de crímenes, de desprestigio y de burlas, según el decir de los turiferarios del poder, perseguidos furiosamente por un ejército de dogos mercenarios, odiados por todos, locos por añadidura y con las cabezas puestas a precio por un “gobierno justiciero, amado hasta la veneración, y temido de propios y extranjeros”, reciben del pueblo honrado, del pueblo libre, del pueblo justo, demostración más sincera de simpatía y adhesión hacia su causa calumniada. La verdad, cuando se muestra, hunde a los mendaces y levanta a los que le rinden culto a pesar de las acechanzas: sólo ella y la justicia son capaces de sembrar de flores el camino de un reo-apóstol, cuando marcha a la oscuridad del presidio con las manos encadenadas; sólo una profunda convicción en la conciencia del pueblo puede llevar a su boca el ¡viva! atronador para los luchadores caídos y el ¡muera! formidable para los tiranos arrogantes con su poder.

No desesperamos de ver salir de los tribunales americanos a los representantes de Porfirio Díaz, con el rostro cruzado por el fuete de la ley; no renunciamos al triunfo de la inocencia. La ruina de la Dictadura es cierta y próxima, aunque la diosa Themis se convierta Dánae; aunque nuestros hermanos perezcan, el Partido Liberal vencerá: los miembros de la Junta Central, libres o condenados por los jueces, están absueltos por la Historia; son amados por millares de compatriotas que ejecutarían lo que ellos no puedan terminar. La revolución no ha perdido sus jefes: un partido que lucha por ideales redentores, y no por personalidades determinadas, no se domina ni se aniquila segando una cabeza, o mil: mañana surgirá más potente, habrá cobrado bríos a la vista de la Bastilla; el pueblo que quiere quebrar sus cadenas, tiene jefes, intangibles para los opresores; en todos los tiempos y en todos los suelos, los tiranos han buscado inútilmente los cuellos de esos jefes de las multitudes, cuya voz vibrante se escucha implacable en todas partes sin encontrarse en ninguna; ¡son los jefes que no se inmutan ante las cuatro cabezas enjauladas de Granaditas, ni retroceden al tocar la llama que abrazó la mano de Scevela,[2] ni enmudecen ante la copa de Sócrates! Porfirio Díaz abre su tumba con impaciencia febril, le parece que no tiene tiempo de hacerla lo bastante profunda; causa risa ver cómo el “jeremiaco” Dictador enciende los cirios de la belfa en torno de su ataúd; no quiere morir en la oscuridad; como Enobarbo,[3] es un trágico grotesco, como él, necesita el verbo, ¡quiere cantar su propio panegírico! ¡Qué gran bandolero va a perder la tierra! Cuando la tiranía acabe de abrir su fosa, el pueblo no hará más que empujarlo a la sima.

Revolución, núm. 15, 21 de septiembre de 1907



[1] Enrique Clay Creel (1854-1931). Empresario y hacendado oriundo de la capital chihuahuense. Miembro del llamado clan Terrazas, encabezado por su suegro, el general Luis Terrazas. Socio principal del Banco Minero. Después de ocupar diversos puestos públicos, fue gobernador de Chihuahua de 1904 a abril de 1910. Embajador de México en los Estados Unidos de 1907 a 1910. Secretario de Relaciones Exteriores de mayo de 1910 a marzo del año siguiente. Condujo la persecución de los miembros del PLM en tierra norteamericana por medio de los cónsules mexicanos, la contratación de detectives privados y el cohecho de autoridades judiciales.

[2] Referencia a Cayo Mucio Scévola. Patricio romano, que a decir de Tito Livio (Décadas), exclamó, ante la guardia del rey etrusco Lars Porsena, mientras su brazo era quemado en un brasero: “poca cosa es el cuerpo, para quien aspira a la gloria”.

[3] Refiérese a Lucio Domicio Enobarbo, nombre de nacimiento del emperador romano Nerón.