Netzahualpilli
Reforma, Libertad y Justicia, Austin, Texas, E. U. A., núm. 2, 15 de junio de 1908

Trabajadores Armaos

La última huelga —la de los ferrocarrileros— y su estruendoso fracaso1 ha venido a advertir una vez más que las huelgas pacíficas son impotentes para llevar a los obreros al triunfo.

Contra el trabajador mexicano operan con todo su vigor, el dinero del rico, la influencia y las fuerzas del Gobierno, y, lo que es peor todavía, la resistencia estúpida, ciega, suicida, de un gran número de los trabajadores mismos, a tomar parte en la pugna contra el ensoberbecido Capital.

El trabajador consciente, tiene, pues, tres principales enemigos: el rico, el Gobierno y el trabajador inconsciente, el SCAB, como se le llama es Estados Unidos, el ESQUIROL, como se le titula en España.

En tales condiciones, la lucha es desigual y el resultado está siempre a favor de la clase opresora, y los triunfos de la clase opresora producen el lamentable efecto de apagar los entusiasmos, de estrangular la esperanza, de matar las ilusiones de los trabajadores que acarician el ensueño generoso de la emancipación de su clase. El desencanto que generan en el pecho de los obreros los fáciles triunfos de la casta dominadora, da origen a la sumisión incondicional a los que oprimen y explotan, puesto que se considera inútil todo esfuerzo que lleve consigo el intento de librar de la miseria y de la humillación a la clase productora.

Pero los trabajadores no deben perder la esperanza. Deben considerar como naturales, como lógicas sus derrotas, ¡ay! a menudo amasadas con su sangre. Hasta ahora los trabajadores, para luchar, se han cruzado de brazos —¡candoroso género de lucha!— esperando que sus amos los llamasen para darles lo que pedían. La huelga pacífica no significa otra cosa que cruzarse de brazos, y, con los brazos cruzados, sólo se va a la derrota. Sí, obreros, la huelga pacífica es la derrota, es la vergüenza después de la derrota, es la cadena que os tiene atados al potro del capitalismo. Os declaráis en huelga, y, si por algún milagro no hay SCABS, no hay ESQUIROLES, permanecéis con los brazos cruzados un día, una semana, tal vez un mes, o quizá varios meses, tanto tiempo cuanto vuestros estómagos permitan que vuestra dignidad sea inflexible; pero llega un momento en que el hambre ahoga vuestros escrúpulos, se presenta el instante en que vuestra compañera, vuestros hijos y con frecuencia vuestros ancianos padres, desfallecen y agonizan a vuestra vista, por falta de alimento, por falta de vestido, por falta de unas rajas de leña para desentumecer los cuerpos. Vuestras familias lloran de hambre y de desesperación y vosotros veis esas lágrimas de los seres que adoráis. ¿Qué hacéis entonces? Con los ojos empañados por el llanto que os provoca el dolor de los vuestros y con los puños apretados por la indignación que os causa la necesidad en que os encontráis de humillaros al patrón llamáis a las puertas del lugar donde regaláis vuestras fuerzas y confesáis vuestra derrota, derrota que estaba prevista desde el momento en que, para no turbar el orden, os cruzásteis de brazos en frente de vuestros poderosos enemigos. Menos mal si sólo eso os ocurre, pero, en general se os obliga a entrar al trabajo fusilándolos en masa. ¡No olvidéis Cananea, recordad Río Blanco!

Con frecuencia también ¡oh niños barbados! nombráis una comisión que vaya a hablar por vuestros intereses el bandido que ha parido vientre de mujer, al rufián Porfirio Díaz. Este monstruo recibe con desabrimiento vuestra comisión, y después de regañaros como a chiquillos, os espanta con el cuartel, con la Ley Fuga, con el Valle Nacional, Quintana Roo, y Tres Marías si no sois obedientes al Dios Patrón. Con el rabo entre las piernas salen de los salones presidenciales vuestros comisionados a llevaros siempre la misma noticia: "el señor Presidente recomienda que tengamos paciencia, que es hasta patriótico dejarse cortar la lana por las ricas empresas extranjeras, que reclamar un centavo más de salario o un minuto menos de trabajo, es acto de rebeldía, y que está dispuesto a hacernos guardar el orden de una manera enérgica si nos atrevemos a levantar un ladrillo y quebrarlo en el rostro de cualquier rural".

Con la táctica de los brazos cruzados sólo se obtienen vergonzosas derrotas. Es preciso, es urgente, variar de táctica. A la resistencia pasiva debe sustituirla la acción revolucionaria. Los brazos, en lugar de cruzarse deben empuñar una arma. Si ha de verterse sangre, que se vierta en plena lucha.

Tened presente, obreros, que al declararos en huelga, seréis vencidos por el hambre, por las tropas del Gobierno y por los esquiroles, quebradores de huelgas; pues, bien, ya que el hambre es un enemigo terrible, decretadla contra vuestros amos cuando os declaréis en huelga, haciendo pedazos las máquinas, desplomando las minas, quemando los sembrados. Y cuando hagáis dos o tres escarmientos, de esa clase, veréis cómo bastará una indicación vuestra para que se os atienda, pues de lo contrario, en vuestras manos está el remedio: destruir la fábrica, desplomar la mina, arrasar la hacienda, y, con vuestras armas resistir a balazos el empuje de los cosacos.

Trabajadores: armaos, sin pérdida de tiempo porque la Revolución no tarda en estallar. La Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano, aunque perseguida, no ha descansado, y muy pronto se iniciará el movimiento justiciero que abrirá una amplia vía a la evolución de la raza mexicana.

Va a llegar por fin el momento en que, si sois hombres, conquistaréis para siempre el derecho de ser felices y de ser respetados.

– – – – NOTAS – – – –

1 Se refiere a la huelga promovida y dirigida por la Gran Liga de Ferrocarrileros en San Luis Potosí, en 1908; tomaron parte en ella alrededor de tres mil trabajadores inconformes con la discriminación contra los obreros sindicalizados. Por la presión ejercida por el gobernador José María Espinosa y Cuevas y  el propio Porfirio Díaz sobre el presidente de la Gran Liga Félix C. Vera, la huelga se levantó y los participantes en ella fueron despedidos.