Netzahualpilli
Reforma, Libertad y Justicia, Austin, Texas, E. U. A., núm. 2, 15 de junio de 1908

Los reptiles

El filósofo se asombra en presencia de ciertos ejemplares de la especie humana. La forma del cuerpo corresponde al tipo animal llamado hombre; el interior es un abismo, y, para sondear ese abismo hay que taparse las narices, porque huele mal. Son los hombres-reptiles; hombres por la configuración del cuerpo, reptiles por su idiosincrasia. Parece como que la evolución en estos espantosos engendros se ha hecho a medias, pues mientras el cuerpo ha alcanzado la última forma de la evolución animal, la forma humana, el alma ha quedado rezagada en las primeras etapas ancestrales.

Los hombres-reptiles abundan. Entre ellos se reclutan los traidores, los espías, los delatores, y esta canalla logra a veces, arrastrándose por tortuosas veredas, llegar a alturas verdaderamente prodigiosas, pudiendo ser Senadores, Magistrados, Ministros y Jefes de Estado.

Tenemos a la vista tres ejemplares de hombres-reptiles que pueden servir de tipo a los hombres estudiosos para una clasificación especial. Estos tres tipos son: Porfirio Díaz, Teodoro Roosevelt y Carlos Bonaparte1, tres individuos de distinta raza; pero de idénticos instintos. Su mentalidad es verdaderamente reptilesca: mezquina, estrecha, dominada por el instinto. El deseo de dominar, de imponerse, de hacerse temer, es un deseo esencialmente bestial; es la pasión que hace temible al tigre en sus dominios florestales; es el coraje que eriza la crin de la hiena, soberana de las cálidas arenas; es la rabia que hace silbar al crótalo. En el mundo bestial, ser temido significa dominio, y, en último análisis, la afirmación de la personalidad, el triunfo en la brutal lucha por la existencia. Por eso entre los animales, aun los más inofensivos, hay detalles que los hacen o repugnantes, para que ningún animal de otra especie los ataque, o feroces, para intimidar a las otras especies. La brutalidad, la violencia, la crueldad, la perfidia imperan en las especies animales más temibles, y es a esas cualidades a las que deben su victoria en la azarosa lucha por la vida.

Si algún inteligente psicólogo se tomare el trabajo —santo y meritorio ciertamente— de llevar la luz del análisis a esos lóbregos pozos que constituyen el alma de Díaz, Roosevelt y Bonaparte, encontraría que mientras más bajase, más lejos se encontraría del fondo, y la mejor linterna, es decir, el cerebro más nutrido de ciencia y más rico en fósforo, sería impotente para descubrir la conciencia en aquellas tinieblas infinitas. El instinto, un ciego y brutal instinto, vaga como una nube negra en aquella negrura. Y es a ese instinto ciego, a ese instinto bestial al que deben esos hombres su triunfo en la lucha por la vida, habiendo empleado la táctica animal de combate en la pugna humana: se hicieron temibles y se impusieron.

Se equivocaría lamentablemente quien dijera que Díaz, Roosevelt y Bonaparte llegaron a la altura en que se encuentran sobre dos naciones, empujados por los resortes de su fuerte cerebralidad. Su cerebralidad es nula, no es ni siquiera una cerebralidad standard, y, quien quiera convencerse de la verdad de este aserto, no tiene más trabajo que hacer memoria de los actos públicos de esos reptiles, mejor dicho, de esos hombres-reptiles. Díaz sólo ha logrado imponerse por el cuidado que pone en que nunca se oree de su sable la sangre del pueblo. Roosevelt ha conseguido lo mismo untando los sesos del trabajador americano y las piltrafas de las naciones débiles en su big stick. Bonaparte ha llegado a ser el deus ex machina de la política rooseveltiana resucitando a Dracón2.

Como se ve, esos raros engendros han debido su triunfo al instinto. En las tinieblas de la prehistoria hubieran podido disputar brazo a brazo, o mejor, garra a garra, una hedionda pierna de mamut al oso y aun a la hiena de las cavernas.
Pues bien, estos res reptiles perecían aplastados por los que andan de pie, y, dando dentelladas a diestra y siniestra, aplicando las escamas de sus vientres lívidos a todas las rendijas, consiguieron trepar y dejar muy abajo a hombres, a verdaderos hombres que pretendían escalar la altura batiendo las condorinas alas del pensamiento.

Ya en la altura, clavaron sus bestiales ojillos, irritada la pupila, en las masas que se agitaban abajo, muy abajo. Muchas águilas, rotas las alas en el cobarde ataque de los reptiles, pugnaban todavía por remontarse; pero los guijarros de las órdenes draconianas caían de la altura rematando al audaz y viril y generoso pensamiento, cuando no se hacía uso del big stick o del sable ensangrentado. Así fue como Díaz, Roosevelt y Bonaparte se hicieron dueños de la cima.

En la sombra creada por ellos se olfatearon y se reconocieron. ¿Recordáis lo que refiere Mr. Creelman3 sobre la extraordinaria movilidad de la nariz de Díaz4, verdadera nariz bestial adaptada para el olfato? ¿Habéis parado mientes en el gesto animal de Roosevelt cuando ríe, al desnudo los poderosos maxilares, palpitante y lleno de babaza el prognatismo ancestral? ¿No os habéis quedado perplejos sin atinar si es de hombre o es de iguanodonte el estúpido rostro de Bonaparte?

Los reptiles se reconocieron y se estrecharon en medio de las sombras estremecidas por el contubernio del Crimen. La Virtud se suicidó para evitar el estupro pero los monstruos violan su cadáver. El Valor, castrado, se dejó poner la cadena y así fue como dos pueblos, el americano y el mexicano, se convirtieron en feudatarios de tres bandidos.

– – – NOTAS – – –

1 Charles Joseph  Bonaparte. (1851-1921). Procurador General de los Estados Unidos del 17 de diciembre de 1906 a 5 de marzo de 1909, bajo la presidencia de Teodoro Roosevelt.

2 Dracón. Político ateniense del siglo VII a. de C. Caracterizado por la exagerada severidad de las leyes que promulgó a raíz del triunfo de la rebelión contra los Eupátridas, en el 601 a. de C.

3 James Creelman (1859-1915). Periodista y abogado canadiense radicado en Nueva York; simpatizante del Partido Republicano. A lo largo de los ochentas del XIX, colaboró en  los periódicos Church and State (órgano de la iglesia episcopal), Brooklyn EagleThe New York Herald y Pearson´s Magazine.

4 Dice Creelman en la descripción fisonómica que sirve de proemio a la entrevista, según la traducción de El Imparcial: “Ojos castaño-oscuros que leen en el fondo del alma del interlocutor, a veces con inefables destellos de bondad, y a veces con aguda y rápida mirada. Ojos entonces de amenaza terrible que cambian entonces a su expresión habitual, en la que se cree adivinar la bondad, la confianza y hasta la alegría. Amplia y bien proporcionada nariz, cuyas ventanillas se dilatan con las emociones intensas.” (El Imparcial, 3 de marzo, 1908).