La cuestión agraria.

Dice El País, diario católico de la ciudad de México, en su edición del 26 de agosto:

“Además, aunque Zapata cumpliera, sus hordas no lo obedecerán, porque ellas no van más que tras el bandolerismo, el saqueo, la anarquía.

“Vivamente deseamos errar en este punto; pero los hechos no tardarán en demostrar que la generosa como paternal gestión de don Francisco Madero ha fracasado; que él quiso amparar revolucionarios que no son sino ácratas, que al fin y al cabo, la fuerza tendrá que imponer allí el imperio de las leyes.

“No desconocemos la cuestión agraria de Morelos que es la misma en toda la República, y de tal cuestión nos ocuparemos próximamente. Pero desde luego afirmamos que jamás ha sido ni será el crimen el instrumento de la justicia, jamás el camino por donde ella regrese al seno de una República acribillada en sus pulmones y su corazón por el puñal de la injusticia, arma que no soltó ni un instante la mano abominable de la dictadura.

“Entretanto fuerza es repetirlo: deseamos con toda el alma ser nosotros y no el señor Madero quienes se hayan equivocado.

“Por desgracia tenemos la convicción de que el salvador de Navarro no puede ni debe ser el salvador de Zapata.”

Este evangélico desahogo del periódico clerical se debe al hecho de que a pesar de haber ido Madero al Estado de Morelos a convencer a Emiliano Zapata sobre la necesidad de licenciar las fuerzas revolucionarias, sólo 270 hombres accedieron a deponer las armas; pero aun en eso hubo una burla a Madero en particular y a la Autoridad en general, pues las armas que recogió el gobierno eran fusiles inservibles, pistolas viejas, machetes sin filo, cuchillos que parecen sierras, y así por el estilo.

El resto de las fuerzas de Zapata, 4,000 hombres, está convenientemente repartidos en todo el Estado, y aunque el despotismo ha enviado 15,000 hombres, cientos de cañones y de ametralladoras, trenes blindados, etc., etc., los rebeldes tienen la ventaja de contar con la universal simpatía de los pobres que son los que se están beneficiando con la Revolución, pues muchas de las tierras ya han sido cultivadas y las poblaciones expropiadoras están esperando la recolección de las cosechas. Los soldados maderistas y los federales, no cuentan con simpatías, se les niega el agua, no se les dan pasturas para sus caballos, se les indican malos caminos para que caigan en emboscadas o pierdan la pista de los revolucionarios, y los proletarios los matan a puñaladas cuando encuentran oportunidad de hacerlo.

Las fuerzas de Zapata, al llegar a las poblaciones y a las haciendas, lo ponen todo en manos de los desheredados que se visten y comen bien por primera vez en su vida; los burgueses son ahorcados, las autoridades pasadas por las armas, los archivos de los ayuntamientos y de los juzgados reducidos a cenizas, los clérigos vapuleados y expulsados, y, en cuanto a las tierras, son éstas invadidas por nuestros hermanos de miseria, quienes con entusiasmo las labran acompañados de mujeres resueltas, y todos, hombres y mujeres, esperan emocionados la cosecha que se aproxima y que es ya suya: ¡no más para los malditos ricos!

Es natural que los simpáticos revolucionarios de Morelos cuenten con el decidido apoyo de todos lo pobres del Estado, y es natural, también, que los verdaderos ladrones, esto es, los burgueses, llamen a esos libertadores, bandidos, asesinos; pero la historia escrita por proletarios llamará héroes a esos hombres intrépidos que arriesgan su vida por el bienestar de los pobres.

Nos alegramos de que reconozca El País que la cuestión agraria en Morelos es la misma en toda la República. Madero mismo, espantado, acaba de declarar que con el desarme de Zapata y los suyos, no se resuelve la cuestión agraria. Y en efecto ¿cómo podrá el gobierno desalojar de la tierras conquistadas a esos agricultores guerreros que las trabajan con el fusil terciado?

Crimen, llama El País a la expropiación efectuada por los desheredados; crimen, también llaman al hecho de pasar por las armas a autoridades y a burgueses. Crimen llamamos los revolucionarios al hecho de que los ricos tengan todo para ellos, dejando en la miseria y en la ignorancia al resto de la humanidad.

Si los revolucionarios no pasasen por las armas a los burgueses y a las autoridades, dejarían detrás de ellos al enemigo que más tarde tendría que herirlos por la espalda. Los revolucionarios no matan por el placer de matar, entiéndalo bien los asustadizos, sino por necesidad. Dejar libres a los burgueses y a las autoridades es sencillamente dejar intacto el germen de la contrarrevolución de la burguesía. Las medidas radicales de los revolucionarios mexicanos tienen razón de ser: no se trata de un movimiento político para poner a un hombre en lugar de otro en la silla presidencial, sino de un movimiento económico que tiene que destruir hasta los cimientos del sistema político y social actual para formar una nueva sociedad en que toda criatura humana tenga derecho a gozar de todas las ventajas que ofrece la civilización actual, y para llegar al fin que deseamos los mexicanos, la ley y su ejecutora, la Autoridad, son estorbos que es necesario destruir.

La burguesía pide la cabeza de Zapata y el exterminio de todos los revolucionarios de Morelos. Madero haría eso de buena gana; pero en menos de veinticuatro horas la población entera del Estado de Morelos caería como un río desbordado sobre la ciudad de México, donde hay refugiados miles de burgueses, y éstos y Madero y e la Barra se verían en pocos minutos suspendidos de los balcones de las casas y de los postes del telégrafo.

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 53, 2 de septiembre de 1911.