La intervención americana

Otra vez está suspendida sobre el cuello del pueblo mexicano la espada de los Estados Unidos. ¡El pueblo mexicano es ingobernable!, dicen todos los aventureros que quieren hacerse de millones explotando el trabajo de los mexicanos y las riquezas naturales de México.

Madero ha prometido a los americanos entregarles la libertad de los mexicanos, así como las tierras, los bosques, las minas, las aguas, todo México, y, naturalmente, los americanos están de parte de Madero.

El pueblo mexicano está tomando para sí las riquezas naturales, y esto, unido a la efervescencia revolucionaria que se observa en México, ha hecho que los negociantes americanos pongan el grito en el cielo y proclamen que México debe ser de los Estados Unidos a cualquier precio.

Las promesas de un bandido.

Débil Madero en el interior, como lo fue Díaz, quiere sostenerse en el poder apoyado por el gobierno americano. Para ello, ha sido necesario que Madero pactase con la burguesía de este país la esclavitud de México, ¡Y el pacto está hecho! ¡Qué es para la conciencia de un malvado el sufrimiento, la desesperación y la sangre de quince millones de habitantes? ¿No vendió, primero, la Revolución por veinte millones de pesos? Quiere reinar el miserable y ha estado amarrando con cadenas de oro, los puños de todos aquellos que pudieran levantar una bandera revolucionaria; ha estado llenando de oro los hocicos de cuantos pudieran, en un momento dado, lanzar un grito de protesta; ha estado arrancando el corazón a todos aquellos que, cualquier día, pudieran desvainar el puñal de Brutus.

El capital necesita paz.

Las promesas de Madero hechas a los negociantes americanos no pueden realizarse sino dentro de la paz burguesa, la paz de las bayonetas, la paz del presidio, la paz garantizada por el juez y por el verdugo.

El Capital necesita paz para obtener ganancias, y los capitalistas americanos ven con el coraje del usurero que no puede introducir las uñas en los bolsillos del prójimo, que la paz es una cosa muy lejana todavía. Madero es impotente para someter todos los elementos que se le oponen. Quiere hacerla de Dictador, de hombre fuerte, de puño de hierro, y resulta ser una cáscara de nuez flotando sin rumbo en un mar encrespado, y en su desesperación, o mejor, en su despecho, pide al coloso del Norte lo que el pueblo mexicano le niega: su apoyo. ¡Lo mismo que Díaz!

¡La Revolución!

El pueblo no se rebela por el placer de rebelarse; el revolucionario no arranca la vida de sus enemigos por darse la satisfacción de presenciar espectáculos de sangre.  El revolucionario incendia; pero no como el emperador romano por el deseo de saborear los matices de las llamas y seguir con la vista el rumbo, que según el viento, toman las negras espirales de humo.

El pueblo mexicano está en armas porque necesita jugar el todo por el todo para salvarse y salvar a las generaciones futuras de la esclavitud económica, de la que nacen todas las tiranías. Madero ni ningún hombre podrán dar al pueblo lo que necesita: Pan. Se puede decretar la libertad de palabra, la libertad de reunión, la libertad de conciencia, etc., etc., ¿pero quién podrá decretar la abolición de la miseria? ¡Nadie! Nadie, porque sería un decreto del que se reirían los ricos. Abolición de la miseria significa abolición del derecho que tienen los ricos de retener en su poder la tierra, la maquinaria de producción y los medios de transportación, y, todo eso, no lo soltará el rico por “la buena”, sino por la fuerza.

¡La Expropiación!

El pueblo mexicano, con una sensatez que le honra, ha llegado a comprender que su salvación, esto es, la muerte de la miseria y la conquista de la libertad no depende de la estabilidad de un gobierno, sino del hecho puro y simple de poner audazmente la mano sobre lo que retiene el rico y hacer propiedad de todos lo que era propiedad de unos cuantos.

Se trata del ejercicio de un derecho.

Al levantarse en armas el pueblo mexicano, no hace más que ejercitar un derecho legítimo: el de rebelión contra todo lo que oprime, contra todo lo que hace sufrir, contra todo lo que se opone a su desarrollo y progreso. ¿Qué derecho tiene el gobierno americano a intervenir en asuntos que no son los suyos?

Ya no es una amenaza aislada salida de cualquier periódico patriotero mexicano, sino una amenaza colectiva de la prensa burguesa de este país que habla sin reservas de la “necesidad de que el gobierno americano intervenga en los asuntos de México, a fin de que establezca ahí un protectorado que durará hasta que el pueblo mexicano sepa gobernarse”.

¿Y en nombre de qué se trata de cometer ese crimen? ¿En nombre de la civilización? Si así fuera, se dejaría al pueblo mexicano en la absoluta libertad para llevar hasta su fin una Revolución que no ha tenido como base la ambición de Madero, de Reyes, de Vázquez Gómez ni de nadie, sino las pésimas condiciones políticas y económicas que prevalecen en México y que han hecho que el pueblo se rebele contra los opresores del gobierno y los tiranos del dinero.

Ahí está la cuestión.

Y como hay en México invertidos mil millones de capital americano, y hay, además, miles y miles de millones más, listos para ser invertidos, pues Madero ha ofrecido toda clase de ventajas a los capitalistas de este país, las boas de las finanzas, los lagartos del dinero, los buitres del billete de banco y de las trampas financieras, necesitan que cuanto antes se haga la paz, sin importarles los sufrimientos, los dolores, las angustias, las desesperaciones de quince millones de pobres, de desheredados, de oprimidos que no quieren que la sangre hasta aquí derramada, sólo sirva para tener un nuevo amo en el poder que garantice a los vampiros del dinero la explotación pacífica de la raza mexicana.

Por los intereses de unos cuantos.

Se trata, pues, de llevar la guerra a México para salvar los intereses de los extranjeros, intereses que han crecido allí, gracias a las condescendencias y a las complicidades que los gobiernos han tenido con toda clase de aventureros que, con el pretexto de desarrollar las riquezas de México, echaron anclas en las fértiles playas de aquel hermoso país. Por eso es que la burguesía americana azuza al gobierno para que intervenga en los asuntos mexicanos. Tenemos ansias de libertad y de bienestar; ya no queremos ser esclavos; queremos ser libres de una manera efectiva, y, como por ello la Revolución se prolonga, pues una verdadera revolución no se termina en un año, los explotadores del pueblo mexicano empujan al gobierno americano a echarse sobre seres humanos que luchan y se sacrifican por su mejoramiento y adelanto.

Los gobiernos europeos.

Según los despachos telegráficos de esta semana, los gobiernos europeos se han dirigido al gobierno americano para que éste sea el gato que meta la mano en la lumbre de México. Parece, por los mismos despachos, que ya se estudia en Washington la manera de enviar tropas a México para ayudar a Madero. Por lo pronto, el gobierno de este país muestra su parcialidad, su amistad para con Madero, persiguiendo a los que en uno o en otro bando revolucionario fomentamos la oposición y la rebeldía contra las condiciones existentes en México. Mañana… tal vez estarán ya las fuerzas americanas en la ciudad de México, recibidas con palmas, con flores, con papeles de colores, con música, por el traidor más odioso que ha puesto su pie en el cuello de los mexicanos: Francisco I. Madero.

Todos unidos

Si esto sucede, mexicanos, unámonos como un solo hombre. ¡Alerta! Y vosotros, trabajadores de todo el mundo, haced un esfuerzo para impedir que la plutocracia de este país ahogue en sangre el movimiento grandioso de vuestros hermanos de México. Despertad, desheredados de toda la tierra. Nuestra lucha es la vuestra. Si se pierde esta primera batalla por la libertad económica, vosotros seréis los culpables y pagaréis vuestra indiferencia con el remache de vuestras cadenas.

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 65, noviembre 25, 1911.