¡Bandidos!

Este es el nombre que nos dan las personas de orden, ¿por qué? Por que a la vez que enseñamos a nuestros hermanos de miseria que todo lo que existe debe ser para todos, los invitamos a que tomen posesión de todo ello.

¿Quién hizo la tierra? ¿La hicieron los señores de levita y de guantes que dicen que es suya? No; la tierra es un bien natural común a toda criatura viviente. ¿Quién hizo las casas, las telas, todo lo que hace confortable la vida? ¿Fueron los señores que vemos viviendo en ricos palacios y hospedándose en lujosos hoteles? No; todo eso salió de las manos de pobres personas que se amontonan en cuchitriles, que se pudren en los presidios, que se marchitan en los burdeles y que mueren en los hospitales, en mitad en la vía, en el patíbulo, en cualquier parte…

¡Bandidos! Bandidos, los que queremos que no haya bandidos.

No, señores burgueses; los bandidos son vosotros que sin ningún derecho os habéis apoderado de los bienes naturales que no habéis fabricado y de los productos del trabajo del hombre para el que no habéis soltado una gota de sudor.

Bandidos vosotros, señores burgueses, que legalmente, porque la Ley es la alcahueta de vuestras rapacidades, os tomáis la mayor parte de lo producido por los trabajadores sin el  peligro de veros encerrados en un presidio. ¡Ah! Entre bandido y bandido, yo prefiero al que, puñal en mano y ánimo resuelto sale de cualquier matorro del camino gritando: ¡la bolsa o la vida!; yo prefiero a éste, insisto, al bandido que sentado al lado de su escritorio, fríamente, reposadamente, serenamente chupa la sangre de sus trabajadores.

Y, para el primer bandido, para el que asalta y corre los peligros de su audaz aventura, hay la prisión o el fusilamiento; para el bandido de guante blanco, hay el respeto, el honor, la dicha.

Así, pasan las cosas bajo el presente sistema de suprema injusticia social. Para las personas honradas y de orden, robar no es crimen si el robo es cuantioso; pero sí lo es, si el robo es“ratero”. Un banquero, un comerciante pueden hacer combinaciones que lleven el hambre y la tristeza a cientos de miles de hogares; pero eso pasa como hábil operación financiera. Un hombre hambriento toma de una tienda una pieza de pan: ese hombre es un ladrón.

La Autoridad, más alcahueta que la Ley misma porque es su ejecutora, sostiene todo eso. ¡Muera la Autoridad!

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 67, diciembre 9, 1911.