Margarita Ortega

No es desconocido a los lectores de Regeneración el nombre de Margarita Ortega,[1] la víctima del odio de Madero y sus secuaces, y la víctima, también, de los manejos de los mandatarios de este país que se han puesto resueltamente de parte del nuevo verdugo de los habitantes de México, como estuvieron de parte de Porfirio Díaz.

Margarita Ortega ha estado siendo constantemente amagada por los llamados inspectores de inmigración. La compañera residía en Calexico, California, pero a instancia de Francisco I. Madero, fue arrancada de su hogar y deportada a México, donde cayó en las garras de Rodolfo Gallegos, el más terrible enemigo de la clase trabajadora, y, que por  su traición al Partido Liberal Mexicano, tiene el cargo de Subprefecto de Mexicali. Margarita estuvo a punto de ser enviada a Ensenada, para ser fusilada, pues las autoridades maderistas han resultado más sanguinarias que las porfiristas; pero la entereza de la víctima hizo cambiar a los tiranos que se concretaron a desterrarla de Mexicali, sufriendo en su peregrinación, en compañía de su hija Rosaura Gortari, penalidades que solamente la energía, de esas mujeres extraordinarias pudo resistir, pues tuvieron que atravesar un extenso desierto donde no hay vida, donde sólo hay arenas más ardientes todavía que el sol, sin una gota de agua, solas, alentadas únicamente por sus grandes ideales y sus hermosos sueños de una humanidad mejor, de una humanidad más  justa, más sabia, más humana.

Agonizando llegaron a Yuma, Arizona, nuestras heróicas compañeras, y desde ese momento, sin darles respiro, sin atender a sus debilidad física agravada con privaciones y las fatigas de una marcha que muy pocos hombres se arriesgan a efectuar, los llamados inspectores de inmigración comenzaron a hostilizarlas, hasta que por fin, pasando por sobre el derecho de asilo que en todo el país civilizado tienen los perseguidos por la tiranía, esos inspectores han acabado por expulsar de Yuma a la infatigable compañera, por el delito de enseñar a los que no saben el derecho que asiste al trabajador de obtener producto íntegro de su trabajo.

Invitamos a todos nuestros hermanos en ideales y aspiraciones, a que formulen una enérgica protesta contra las arbitrariedades y las injusticias que el Gobierno de William H. Taft, está cometiendo contra personas honradas y luchadoras que no han cometido otro crimen que desear ardientemente ver al trabajador mexicano libre de cadenas de toda especie.

Las protestas deben ser enviadas a William Howard Taft, Washington, D.C.

No hay que dejar pasar en silencio esos atropellos; no hay que consentir en la parcialidad con que el Gobierno obra cuando se trata de perjudicar a los revolucionarios mexicanos. Demostremos, con nuestra energía, que ni Taft ni nadie nos hace desistir de nuestro propósito de quitar de las manos de los burgueses la riqueza con la cual nos esclavizan a los pobres. Neguemos a este gobierno el derecho de poner trabas a los trabajos de los revolucionarios y dar toda clase de facilidades a los verdugos de México. La Revolución Mexicana es una cuestión de vida o muerte para los mexicanos, porque no se trata de llevar a ningún hombre a la Presidencia de la República sino de la toma inmediata de la tierra y de los útiles de trabajo para el beneficio de todos y no de unos cuantos. Se trata de abolir el hambre, de abolir la tiranía. El grito de la Revolución es ¡Tierra y Libertad! Y ningún gobierno tiene el derecho de intervenir, de ninguna manera, en los asuntos de un pueblo que está demostrando que lo que quiere es Pan y no monigotes que se declaren sus amos y señores.

¿Que se perjudican los intereses de los americanos que explotan industrias en México? ¿Y qué nos  importa a los mexicanos? ¿Los llamamos los pobres a que fueran a explotarnos? Que se las entiendan  con Díaz y Madero y sus favoritos que son los que los han llevado a México y los siguen invitando a que vayan a explotar a nuestros hermanos; pero no con los que desconocemos el derecho de la burguesía de explotar el trabajo humano.

Así, pues, compañeros, a protestar todos, a gritar, a remover mar y tierra, a atronar los espacios con nuestros gritos de coraje. No queremos que a los revolucionarios se nos trate como a bandidos, no queremos que a los rebeldes que luchamos contra los criminales del gobierno y del clero, se nos trate como a criminales, mientras los verdaderos bandidos, los asesinos que quieren consolidar la paz para sentarse a comer tranquilamente el producto del sudor de los pobres, son tratados con toda clase de consideraciones y se ponen a su servicio los soldados de este país, para que hagan servicio de patrullas en la frontera, y los polizontes y máquina judicial, también de este país, para que arresten, torturen, persigan y condenen a todos los que no hemos nacido para llevar en nuestros cuellos ningún yugo.

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 69, diciembre 23, 1911.



[1] Véase supra RFM “¡Basta!”, Regeneración, núm. 54, septiembre 9, 1911.