Los embaucadores de Chihuahua

 

La pandilla de bandidos que ha sentado sus reales en el estado de Chihuahua y que prospera al calor del dinero que generosamente les brindan los Creel, los Terrazas, todos los que hasta aquí han quitado la tierra a los campesinos reduciendo a éstos a la condición de peones, y los que en estas fábricas han extremado la explotación al obrero; esa pandilla ya tiene su organillo, y se titula nada menos que La Bandera Roja.

La Bandera Roja, que es la enseña de los desheredados de todo el mundo, ha adquirido inmenso prestigio en México, gracias a la constancia y a la bizarría de los nuestros, y los embaucadores tratan de engañar a la gente haciendo creer que luchan por lo mismo que nosotros luchamos.

Tengo a la vista tres números del periodiquillo chihuahueño que, para ser conocido, basta citar algunas de sus declaraciones. Dice en su número uno: “La Bandera Roja como órgano del Centro Liberal de Chihuahua, tiene el deber de velar, hasta donde las fuerzas le alcancen, por la estricta observancia de la Constitución de 1857 y de las Leyes de Reforma”.

Con sólo eso basta para arrojar al cesto de los papeles inútiles a cualquier periódico; pero no lo haré con esta La Bandera Roja de nuevo cuño, precisamente porque se llama La Bandera Roja, porque al llevar ese nombre siembra la confusión en las mentes de personas que no están acostumbradas a pensar; porque no quiero guardar silencio ante las farsas de los políticos que toman nombres queridos por los desheredados para desviar a éstos del camino recto que deben seguir para conquistar Pan, Tierra y Libertad para todos. Desde el momento en que esa “Bandera Roja” declara que va a velar por la estricta observancia de la Constitución de 1857, los desheredados debemos hacer pedazos ese papel y estar en guardia contra los jefecillos del movimiento de Chihuahua. Se trata, según se ve, de vigilar el exacto cumplimiento de la Constitución de 1857, que es la ley suprema de la República Mexicana, la ley que ampara el privilegio de los capitalistas, la ley que hace fuerte a la Autoridad, la ley tiránica que, so pretexto de salvaguardar las garantías del ciudadano, deja a éste a merced de la voracidad de la burguesía desde el momento en que reconoce el derecho de propiedad privada.

Más adelante dice La Bandera Roja: “Pondrá (dicho periódico) muy especial cuidado en la efectividad del sufragio y en la No-Reelección del Presidente de la República y de los Gobernadores de los Estados”.

Nosotros sabemos que el sufragio es una de tantas mentiras con que se engaña a los pueblos. Por medio de ella, se pretende hacer creer al pueblo que él es el soberano; que él, el pueblo, tiene el poder de nombrarse gobernantes y deshacerse de ellos; que él, el pueblo, es el amo y el gobernante el sirviente, cuando, en realidad, es un puñado de políticos de profesión los que arreglan las llamadas elecciones; son ellos, los políticos, los que escogen a los candidatos, que son a veces personas perfectamente desconocidas para el pueblo, pero que están perfectamente de acuerdo con los políticos para proteger los intereses de la burguesía. Después, los políticos no tienen otra cosa que hacer que publicar con profusión los nombres de los candidatos, y el pobre pueblo, el eterno niño, firma boletas en las que están los nombres de esos candidatos. Eso es lo que se llama sufragio efectivo, ¡y eso es lo que desvela al periódico a que me vengo refiriendo!

Afortunadamente somos ya muchos los que sabemos que Gobierno significa tiranía y que es una estupidez echarse encima gobernantes.

Veamos otra declaración de La Bandera Roja: “Se hará lo posible por que se aligeren de contribuciones los artículos de primera necesidad”.

La salvación no está en aligerar de contribuciones a los artículos de primera necesidad, sino en abolir toda contribución; en hacer propiedad de todos las tierras, las aguas, los montes, las casas, las minas, las fábricas, los talleres, los medios de transportación, para que cada quien se dedique al trabajo que mejor le acomode y cada quien tenga el derecho de consumir según sus necesidades. Las contribuciones, señores embaucadores, sirven solamente para mantener a tanto sinvergüenza que desde el Presidente de la República hasta el último polizonte o empleado forman lo que se llama Gobierno, la máquina opresora que impide que el proletariado arranque de las manos de la burguesía todo lo que ésta tiene acaparado.

Sigue declarando La Bandera Roja: “Haremos cuanto esté a nuestro alcance para conquistar la tan deseada armonía de los derechos recíprocos del capitalista y el trabajador, que se hallan en constante colisión”.

Así hablan los peores enemigos de la clase trabajadora, así hablan todos los farsantes. ¿Qué derechos recíprocos son esos que hay entre el capitalista y el trabajador? Ningunos, a no ser que le concedamos al capitalista el derecho de retener para sí la riqueza social, que es el producto del trabajo acumulado de miles de generaciones de trabajadores y que, por lo mismo, debe ser propiedad común de todos los seres humanos, o la tierra que no fue hecha por nadie y a la que todos tenemos derecho por ser nuestra madre común.

Mexicanos, abrid los ojos. Los pobres no deseamos la armonía entre el capitalista y el trabajador, sencillamente porque sabemos ya que el capitalista es un ladrón que se apropia lo que debe ser de todos; porque sabemos que no puede haber armonía entre el despojado y el que despoja. Para los pobres, el capitalista es el lobo. ¿Puede haber armonía entre el lobo y el cordero? No; no puede haberla, y es [de] desearse que no la haya, porque significaría sumisión del pobre a las explotaciones del rico y esa sumisión prolongaría por más tiempo la miseria de los de abajo. ¡Guerra a muerte debe haber entre las dos clases sociales hasta que desaparezca la clase rica, la clase holgazana y criminal y quede formada la sociedad tan solo de una clase: la de los productores, esto es, la de los trabajadores. Entonces habrá armonía, porque serán los miembros de la sociedad propietarios y trabajadores al mismo tiempo, desde el momento en que la tierra y la maquinaria de producción sean propiedad común.

Sigamos examinando las declaraciones del papelucho: “Igualmente haremos para contribuir con nuestro óbolo a fin de que resuelva el difícil problema agrario dentro del orden y de la justicia”.

Como son burgueses los caballos que la hacen de jefes de la revuelta vazquista­científico­orozquista, cuando hablan de orden, debe entenderse que se refieren al orden burgués, al orden “legal”, al orden que garantiza la Constitución de 1857, al orden que es desorden, porque tiene por base la esclavitud de los de abajo para que los de arriba sean libres y felices. Ese es el orden burgués, y dentro de ese orden pretenden los canallas Alanís,[1] Salazar, Campa, Orozco, Vázquez Gómez y demás resolver el problema agrario, que no tiene otra solución que la toma de posesión de la tierra, por el hierro y por el fuego por parte de los proletarios, como lo están haciendo los que no se dejan embaucar por farsantes.

Mexicanos: para evitar confusiones, manifestamos el 5 de octubre del año pasado que no fueran reconocidos como compañeros más que los rebeldes que tuvieran como base de su acción revolucionaria la expropiación de todos los bienes que detentan los ricos. Los jefes chihuahueños son enemigos de la expropiación; quieren que todo se arregle amistosamente entre capitalistas y trabajadores, como si fueran hermanos; quieren el imperio de la ley, la alcahueta de la burguesía; quieren que las masas desheredadas se aprieten el estómago hasta que señores de levita y de sorbete se sienten en los bancos del Congreso a fabricar leyes benéficas a los trabajadores. ¡Basta ya de engaños, señores de levita! ¡No queremos leyes fabricadas ni por hombres de levita ni por hombres de blusa! ¡No queremos diputados, senadores, jueces, gobernantes ni nada que huela a imposición y explotación!

Masas desheredadas: leed nuestro Manifiesto de 23 de Septiembre de 1911 y comparad lo que decimos con lo que os dicen vuestros falsos amigos. Nosotros, los libertarios, no os ofrecemos hacer vuestra felicidad “después del triunfo”, sino que os invitamos a que, desconociendo jefes, pisoteando leyes, aplastando instituciones vetustas, toméis posesión de la tierra y de la maquinaria de producción. Esa toma de posesión de todo lo que detentan los ricos es el triunfo y no la subida al poder de un nuevo bandido.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 88, 4 de mayo de 1912



[1] Lázaro S. Alanís (¿?-1923). Originario de Casa Grandes, Chihuahua. Participó con el grado de coronel en la expedición armada a Las Vacas, Coahuila, del 26 de junio de 1908, donde resultó herido. A lo largo del siguiente año, junto con Jesús M. Rangel, hizo labor proselitista en las cercanías de San Angelo, Texas. Convocado por Praxedis G. Guerrero, se trasladó a El Paso en noviembre de 1910 y participó, junto con Prisciliano G. Silva, José Inés Salazar, Antonio Rojas, Máximo Castillo, Emilio P. Campa y, a decir de las memorias de Jesús M. Rangel, Gildardo Magaña, en las reuniones preparativas de la siguiente insurrección. Días después, Alanís, al mando de un grupo de cerca de 40 hombres, entró a territorio mexicano y operó en coordinación con las fuerzas maderistas. Sin embargo, para principios de marzo las relaciones entre ambos grupos se tensaron. Junto con Luis A. García, Tomás Loza, Inés Salazar, Lucio Ortiz, Ramón Rivera, Leonides Zapata, José C. Padua, Santiago Pacheco y Félix González, “representantes de las fuerzas revolucionarias del PLM”, envió un oficio dirigido a Francisco I. Madero, manifestando que, “en vista del desprecio con que eran tratados en las filas se veían obligados a retirar su concurso si no se declaraba la legalidad del partido y en lo militar, se les consideraba en igualdad de circunstancias”. El 6 de abril fue herido y derrotado en el intento de toma de Casas Grandes junto con las tropas maderistas. Días después entró a dicha población y realizó labores de proselitismo en favor del PLM. El 13 de abril, a raíz de una disputa en torno a provisiones tomadas en esa población con la anuencia disimulada del proveedor general, Luis A. García, las relaciones de las tropas liberales con Madero se tensaron aún más y llegaron al rompimiento dos días más tarde cuando, junto con Luis A. García, José Inés Salazar, Leonides Zapata y Tomás Loza, Alanís solicitó su separación a Madero, alegando “la poca voluntad” que se había mostrado con todos ellos. Al escrito de los líderes, Madero contestó, entre otras cosas:

El hecho de haberse puesto ustedes el distintivo rojo y habérselo puesto a sus soldados, lo considero desde luego un acto de rebelión contra mi gobierno, pues si el partido liberal ó mejor dicho socialista de que ustedes forman parte, lo reconozco como un partido político militante y tanto a él como a sus miembros les respeto sus derechos, por ningún motivo puedo reconocerles el derecho de beligerancia en la actual lucha y menos a ustedes que eran oficiales de mi ejército y habían reconocido a mi gobierno.

Los jefes liberales que suscribieron el escrito fueron desarmados y encarcelados por conducto de Pascual Orozco y Francisco Villa, acusados de insubordinación. Sin embargo, al ser trasladados a la cárcel municipal de Ciudad Guerrero, Alanís y Salazar se fugaron en estación Mata Ortiz y los cuatro restantes lo hicieron pocos días después, en Ciudad Guerrero. A partir de ese momento Alanís actuó en coordinación con Salazar, quien para fines de mayo de 1911 contaba con un ejército de 700 hombres que operaba en la región de Casas Grandes y Galeana. Tras la renuncia de Porfirio Díaz, el antiguo liberal y ya entonces, general maderista, José de la Luz Blanco salió en su persecución. A pesar de que, para esos momentos, la mayoría de las tropas liberales de la región había creado un ejército independiente de otras banderías, conocido como Los Colorados, y que finalmente habría de integrarse al ejército orozquista, Alanís con­ tinuó manteniendo vínculos con la JOPLM, pues se le imputaba la distribución del Manifiesto del 23 de Septiembre entre dichas tropas. Por intermedio de Abraham González y Antonio I. Villarreal, tanto Alanís como Luis García buscaron negociar su pacificación con el gobierno interino de Francisco L. de la Barra, y fueron enviados a la capital del país donde fueron retenidos. De regreso a Casas Grandes, Chihuahua, Alanís administró una cantina, la que, considerada centro de conspiración, fue atacada por las fuerzas federales. Poco tiempo después se reintegró a las fuerzas orozquistas, y fue uno de los firmantes del Pacto de la Empacadora. En 1913 reconoció al gobierno de Huerta, mismo que le otorgó el grado de general. Al caer el régimen emigró a los Estados Unidos. En 1916 prestó sus servicios en las fuerzas del general Jacinto B. Treviño, con quien combatió a Francisco Villa. En 1920 se unió al Plan de Agua Prieta, ratificándosele el grado de general. Tres años después, comprometido con la rebelión delahuertista, fue fusilado por órdenes de Arnulfo Gómez.