Joseph Mikolasek[1]

 

La Autoridad, se dice, sirve para que no nos matemos los unos a los otros, para impedir que el fuerte abuse del débil, para que no retrocedamos al salvajismo… y no sé para qué cosas más. ¡Vil mentira! La Autoridad sirve para garantizar a los burgueses el tranquilo disfrute del oro que han acumulado haciendo que el pobre se deslome en los duros trabajos de la mina; en las malsanas tareas del taller, de la fundición y de la fábrica; en la enervante faena del jornalero de la vía férrea del campo. ¿La prueba? ¡Ahí está la Autoridad de San Diego, California!

El sindicato de trabajadores conocido con el nombre de Industrial Workers of the World (Trabajadores Industriales del Mundo) trata de hacer progresar su organización y para ello hace uso de una de las garantías constitucionales de este país: la libertad de palabra. Pero aquí, como en todas partes, para el pobre no hay más que cargas, obligaciones, deberes, mientras para los ricos quedan todas las libertades y todos los derechos. La libertad política  es una mentira aquí también, porque falta la base de todas las libertades: la libertad económica.

Los IWW luchan para obtener la libertad económica, y es natural que su propaganda tienda a clavar en la mente de los desheredados la consciencia de clases; es natural que su propaganda vaya directamente dirigida contra el actual sistema basado en la desigualdad. Esto, forzosamente, disgusta a los burgueses, cuya digestión es perturbada por el clamoreo cada vez más intenso de los que tienen hambre y quieren que concluya la explotación del hombre por el hombre para que al fin todo ser humano tenga su asiento en el gran banquete de la vida.

La burguesía de los Estados Unidos ha declarado, pues, guerra a muerte a los IWW, y, naturalmente, cuenta con la ayuda de la Autoridad.

Los IWW han tenido que sostener y están sosteniendo una lucha titánica, en este siglo y en este país, por conquistar para ellos lo que ya está conquistado y que sólo aprovecha a la burguesía: la libertad de palabra. San Diego, California, ha sido el teatro de su actividad en estas últimas semanas. Fuertemente unida la burguesía de San Diego, y apoyada por la Autoridad, se comenzó por arrastrar a la cárcel a cuanto orador subía al cajón para hacer uso de la palabra en pro del proletariado, hasta que ya no hubo lugar donde encerrar a esos bravos luchadores. De varios estados de la Unión Americana acudieron centenares y centenares de miembros de la IWW a San Diego para ocupar los puestos de los que iban siendo arrestados. Entonces la Autoridad recurrió a medios vergonzosos para derrotar a los sindicalistas: los bomberos lanzaban gruesos chorros de agua sobre los oradores, sin fijarse en que muchas mujeres, ancianos y niños eran igualmente objeto de ese salvaje tratamiento. De esa manera disolvían los mítines, cuando no cargaban los esbirros sobre los sindicalistas para disolver el mitin a golpes. Pero como, a pesar de todo, los IWW no abandonaron su empresa, entonces se les arrestó por centenares, y, de una manera completamente arbitraria, se les condujo a pie y haciéndoles sufrir toda clase de humillaciones y de ultrajes hacia los límites del condado de San Diego, y se les forzó a internarse a otros condados bajo la amenaza de fusilarlos si volvían a San Diego. La agitación por la libertad de palabra siguió, a pesar de tan villanos atentados. Las golpizas y los malos tratamientos a los IWW, así como los arrestos, han continuado hasta culminar con el alevoso asesinato que, se dice, unos detectives cometieron en la persona de Joseph Mikolasek. Este compañero, según se nos informa, lleno de fe en el triunfo de la santa causa de los desheredados, abordó el cajón para hacer uso de la palabra. Como una avalancha cayó sobre él un enjambre de esbirros, golpeándolo de la manera más infame en presencia de un montón de borregos que, por su actitud de bestias de atajo, de mulos incapaces de comprender el alcance que aquel atentado tendría sobre la libertad de todos, porque permanecer cruzados de brazos en presencia de una injusticia es tanto como dar alientos a los tiranos para que cometan otras y otras más; merecían mejor la paliza que en aquellos momentos quebrantaba los huesos de un digno apóstol de la redención del proletariado mundial.

Se nos dice que, medio muerto, Mikolasek se encaminó hacia el edificio de la Local socialista de San Diego, del que salió poco después, viéndose agredido por dos detectives que disparaban sus pistolas sobre él. La víctima echó una rápida mirada a su alrededor, y encontrando una hacha, echó mano de ella y se arrojó sobre uno de sus agresores, a quien le partió el hombro, pero acribillado a balazos como estaba ya, cayó al suelo y murió seis horas después.

El cadáver del noble luchador fue recogido por los IWW de Los Ángeles, y, el último lunes, una imponente procesión, con la carroza que llevaba el cuerpo del mártir a la cabeza, recorrió las calles de la ciudad, desde 781 South San Pedro St., hasta el crematorio de Rosedale Cemetery.

Esta procesión, que hará época en el movimiento revolucionario de los Estados Unidos, estaba formada por compañeros y compañeras de muchas nacionalidades: franceses, mexicanos, alemanes, italianos, sudamericanos, judíos, bohemios, rusos, americanos, polacos, eslavos, etcétera, etcétera. Fue una verdadera manifestación internacional de protesta contra el crimen de la policía de San Diego. 101 mujeres de diferentes razas y más de mil hombres formaban el cortejo fúnebre. No hubo listones negros. Todos, hombres y mujeres, llevaban un distintivo rojo. Los mexicanos llevaban la Bandera Roja con el lema Tierra y Libertad; los IWW llevaban su estandarte rojo con la igualmente otra Bandera Roja. Las mujeres iban a la vanguardia, severas, la resolución reflejada en sus semblantes, lanzando miradas de odio a los esbirros. Las notas de la Marsellesa anarquista vibraban en el espacio caldeado por un sol africano, estremeciendo los corazones de aquella brava comitiva que, cumpliendo con un deber de solidaridad, manifestaba su protesta por el crimen de que había sido víctima un hermano de miseria y de dolor.

En algunas banderas podían leerse las siguientes inscripciones “Nuestro silencio en la tumba será más poderoso que la voz que apagáis”; “No tuvo otra cosa que dar más que su vida, la que dio generosamente”; “Con la supresión de la libertad de palabra, nuestras libertades se han ido”; “Nuestro compañero, quien fue asesinado en San Diego en la lucha por la libertad de palabra”; “Los defensores de la libertad están siendo encarcelados y asesinados. Los enemigos del pueblo, aún están libres”, y algunas otras.

De tiempo en tiempo, imbéciles patrioteros preguntaban a los manifestantes por qué razón no usaban la bandera de las barras y de las estrellas, a lo que contestaban con dignidad: ¡al infierno esa bandera!

¡Nuestra Bandera es la Roja, la de los desheredados de todo el mundo!, y continuaba su marcha la simpática procesión de hombres y de mujeres de casi todas las razas del mundo, fraternizando como buenos proletarios unidos en la común indignación contra la explotación capitalista y la tiranía de la Autoridad.

Entonando himnos rebeldes que confortaban, que hacían soñar en una sociedad mejor, sin esbirros, sin jueces, sin diputados, sin carceleros ni verdugos, llegó la procesión al cementerio. Varios oradores hablaron en inglés, bohemio y español. El camarada asesinado era bohemio. La camarada Irene Smith, nerviosa, indignada, dominando con su voz la sala, gritaba ardorosa y valiente:

Se nos mata porque no hemos tenido el arrojo de los mexicanos. Hemos agotado todos los medios pacíficos para organizarnos en unión industrial de trabajadores, y se nos apalea, se hace burla de nosotros, se nos asesina; y esta tiranía sólo podrá existir, mientras no empuñemos las armas y nos crucemos al pecho las cananas bien repletas de parque.

La oradora hizo elogio de los revolucionarios mexicanos que luchan por Tierra y Libertad.

El camarada Odilón Luna[2] habló en español para los mexicanos:

Éste es nuestro hermano [dijo] porque aunque no era de nuestra raza, era un trabajador, pertenecía a nuestra clase, sudó en provecho de nuestro enemigo común: la burguesía. No vengo ciertamente a llorar ni a manifestar sentimiento o dolor. La muerte de este hermano de cadenas no me entristece: ¡me indigna! No vengo a derramar lágrimas ni a sollozar: ¡vengo a rugir! La cólera no vibra como cuerda delicada: ¡truena! ¡Truena como la tempestad! Y cólera es la que siento al ver los despojos de un proletario que no cometió otro crimen que el de educar a sus hermanos para, unidos todos los hambrientos, acabar con la desigualdad entre la especie humana.

Habló todavía más nuestro camarada Odilón Luna protestando contra los crímenes del Capital y de la Autoridad.

Terminados los discursos, fue introducido al horno crematorio el cadáver del mártir Mikolasek.

He aquí, mexicanos, para lo que sirve la Autoridad: para dejar sin vida a los proletarios cuando quieren organizarse para librarse de las garras de la explotación capitalista. Mikolasek, el noble proletario, ha muerto. Su vida fue una vida de trabajo. Vivió para que la burguesía viviera de su sudor y de su infortunio; murió en beneficio de la burguesía. Así es que, cuando vivió, amasó con sus manos y con su inteligencia el oro que derrochan los ricos en sus vicios, y muerto, impotente para continuar la guerra contra el capitalismo, beneficia igualmente a la ladrona burguesía. La burguesía, pues, saca provecho lo mismo de la vida que de la muerte de los proletarios rebeldes. ¡Maldita sea la burguesía!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 90, 18 de mayo de 1912

 



[1] Joseph Mikolasek. Agitador obrero bohemio. Arribó a los Estados Unidos hacia 1900. Miembro de los IWW norteamericanos. Activo orador, se vinculó con la causa del PLM alrededor de 1911, haciendo propaganda en contra de la supresión de la libertad de palabra en Los Ángeles y San Diego. Su brutal asesinato alimentó la polémica entre los IWW y el Partido Socialista, en la que los sindicalistas revolucionarios recriminaban la tibieza del partido y de los sindicatos moderados en sus tácticas de lucha contra las autoridades y los capitalistas californianos.

[2] Odilón Luna. Los Ángeles (1911-1917). Firmó la protesta por la detención de R y EFM, Anselmo L. Figueroa y Librado Rivera el 14 de junio de 1911. En este año publicó varios textos en Regeneración, como “Atrás payasos”, en el que fustigaba a “supuestos libertarios” como Juan Sarabia. En noviembre escribió un artículo recordando el sacrificio de Praxedis G. Guerrero. Participó como orador en los funerales de Joseph Mikolasek, militante de los IWW asesinado por la policía de San Diego en mayo de 1912. El funeral fue motivo de una gran manifestación por las calles de Los Ángeles. En el acto, Luna pronunció el siguiente discurso. En noviembre de ese año participó en el Centro de Estudios Racionales de Los Ángeles. Escribió poemas, como el dedicado a Francisco Ferrer Guardia en noviembre de 1912 (“No fue vana tu obra a los obreros, esos que veías sufrir con hambre tanta, /porque ahora ya miran altaneros/ y a los tiranos, su altivez espanta. Moriste convencido de los frutos/ que tu obra sublime había de dar,/ y no te equivocaste ve los lutos/ de tantos que siguen tu obra colosal”). Miembro fundador de la Junta Consultiva de la Casa del Obrero Internacional de Los Ángeles. En mayo de 1913 fue nombrado secretario del grupo Regeneración Los Rebeldes, de Los Ángeles, que se instaló el día 6 del citado mes. Su compañera María Martínez murió atropellada por un tranvía en Los Ángeles en octubre de 1913. Para febrero de 1914, Luna era secretario del Centro de Estudios Racionales de Los Ángeles y como tal denunció a Rafael Romero Palacios por traidor. Luna envió diversas colaboraciones a la prensa libertaria: cuentos que publicó en Fuerza Consciente de San Francisco y poemas, como Épica Azteca, que apareció en Fiat Lux de la Habana, Cuba. Con la entrada de los Estados Unidos en la guerra contra Alemania se desató al interior del país la persecución contra comunistas, socialistas, sindicalistas, anarquistas, pacifistas y todo tipo de opositores a la guerra. Odilón Luna y Raúl Palma fueron aprehendidos en mayo de 1917 en Los Ángeles. Estando preso, Luna entró en conflicto con el grupo editor de Regeneración, al que acusó de mal manejo en los fondos que se reunían para su defensa, pese a que esos eran manejados por el Comité Latino de la Liga Internacional para la Defensa de los Trabajadores. El conflicto se hizo particularmente áspero, las partes intercambiaron insultos y Regeneración acusó a Luna de traicionar los principios anarquistas, en particular por haber declarado ante las autoridades de migración norteamericanas no ser anarquista cuando, según Enrique Flores Magón, “un anarquista nunca, ni ante el pelotón de ejecución, niega sus convicciones”.